OPINIÓN

Cristina Plazas Michelsen

El regreso de la esperanza

Los gobernantes no tienen que ser modelos de perfección —nadie lo es—, pero inevitablemente marcan pautas.
9 de agosto de 2026 a las 10:20 a. m.

Hay momentos en la vida de una nación en los que un cambio de gobierno no solo representa un giro en las políticas públicas, sino la restauración de algo mucho más íntimo y profundo: la esperanza. La reciente posesión presidencial me devolvió esa sensación que creía extraviada: la certeza de que se están rescatando valores, símbolos y formas que fueron sistemáticamente ignorados y desmantelados durante los últimos cuatro años.

Uno de esos valores fundamentales es la familia. Allí, en el hogar, comienza a construirse una sociedad: aprendemos a querer, a cuidar, a respetar y a reconocer la dignidad del otro. Esa construcción empieza desde la infancia, y por eso fue tan importante que los niños ocuparan un lugar central en el discurso. Garantizar que crezcan seguros, protegidos y amados debería ser una prioridad absoluta de cualquier sociedad, porque el único proceso de paz verdaderamente sostenible nace cuando un niño crece sintiéndose amado y seguro; cuando aprende que la violencia nunca resuelve nada y cuando una mujer puede vivir sin miedo. Esa es la base sobre la cual se construye todo lo demás.

Los gobernantes no tienen que ser modelos de perfección —nadie lo es—, pero inevitablemente marcan pautas. Sus palabras, sus comportamientos y hasta sus gestos envían mensajes a la sociedad. Gobernar también es dar ejemplo.

Me gustó, además, volver a ver la espiritualidad presente en un momento trascendental para el país. La presencia de un sacerdote, un rabino y un pastor en una posesión no contradice nuestro Estado laico; es el reflejo de una sociedad plural, en la que millones de personas encuentran en Dios una guía para sus vidas, sin imposiciones, pero sin tener que esconder su fe. Qué importante es ver a un mandatario que invoca la sabiduría divina para servir a todos por igual, incluidos quienes piensan distinto.

La emoción también estuvo en el reconocimiento a nuestros héroes de la patria. Nuestra tropa necesitaba volver a sentirse querida y respaldada por un Estado que durante cuatro años minimizó el sacrificio diario de sus soldados y policías. Honrar a quienes arriesgan la vida por nosotros es también sanar al país desde la gratitud.

Y, finalmente, volví a ver algo que celebré profundamente: la dignidad presidencial. Las formas importan porque comunican. Cuidar el protocolo, la solemnidad y el vestuario no es frivolidad ni vanidad: comunica que estamos ante un acontecimiento de enorme trascendencia para la nación. Pensar en grande para Colombia exige también honrar sus símbolos y la investidura que los representa. Nos acostumbramos durante cuatro años a ver cómo se maltrataba ese espacio, como si el cargo fuera un asunto menor. Recuperar esa majestad nos recuerda que no todos los momentos son iguales y que tratar con altura aquello que pertenece a todos es, en el fondo, una forma de elevar nuestra propia ambición de país.

Los símbolos por sí solos no resuelven los problemas urgentes del país, claro que no. Pero la cultura, la espiritualidad y el respeto también construyen sociedad y elevan la manera en que entendemos el servicio público.

Hoy vuelve esa esperanza: la de saber que reconstruir un país también comienza por rescatar sus valores.