OPINIÓN

Cristina Plazas Michelsen

La adicción que nadie quiso ver

La evidencia ya habló. Ahora la responsabilidad es de los padres, las madres y los cuidadores.
26 de julio de 2026 a las 9:40 a. m.

Hace casi diez años, siendo directora del ICBF, sostuve que los menores de edad no deberían tener un celular inteligente antes de los 14 años. Muchos dijeron que era una locura.

Recuerdo la avalancha de críticas: que estaba exagerando, que peleaba contra el progreso y que era imposible criar a los hijos alejados de las pantallas.

Hoy son psicólogos, neurocientíficos, pediatras y educadores quienes están dando la alarma. Incluso muchos de los creadores de esta tecnología fueron extraordinariamente restrictivos en sus propios hogares. Steve Jobs, por ejemplo, limitó drásticamente el uso de dispositivos porque conocía el enorme poder adictivo de estas herramientas.

Por eso quiero recomendar un libro que considero indispensable para cualquier padre, madre o cuidador: La generación ansiosa, del psicólogo social Jonathan Haidt.

En este libro, el autor plantea una idea tan sencilla como poderosa: estamos sustituyendo la infancia. Estamos reemplazando las experiencias que el cerebro infantil necesita para desarrollarse —jugar, explorar, aburrirse, resolver conflictos, asumir pequeños riesgos y construir amistades cara a cara— por experiencias digitales que no cumplen esa función e, incluso, pueden interferir con el desarrollo emocional, social y cognitivo de los niños, niñas y adolescentes.

Él mismo resume esa idea con una frase que se ha vuelto célebre: “Sobreprotegimos a los menores de edad en el mundo real y los dejamos completamente desprotegidos en el mundo digital”.

A muchos padres les aterroriza que sus hijos jueguen solos en el parque, anden en bicicleta lejos de casa o regresen del colegio sin supervisión. Irónicamente, son los mismos que les entregan un dispositivo con acceso prácticamente ilimitado a un universo donde conviven abusadores sexuales, redes de trata de personas, acosadores, pornografía, violencia y toda clase de delincuentes que saben perfectamente cómo acercarse a un niño.

Y no, no es una exageración.

Un prestigioso colegio de Bogotá advirtió en su momento a su comunidad sobre múltiples casos de grooming, en los que adultos engañaban, manipulaban, extorsionaban y hostigaban digitalmente a sus estudiantes. Ese caso demuestra que el peligro no distingue barrios, estratos ni colegios. Está a una pantalla de distancia.

Las redes sociales y los entornos digitales también están contribuyendo al deterioro de la salud mental de muchos niños, niñas y adolescentes. Basta abrir cualquier plataforma para ver cómo una adolescente pasa horas buscando filtros que alteran sus facciones o midiendo su valor personal según la cantidad de personas que validaron una fotografía con un corazón.

¿Qué mensaje reciben las niñas y los adolescentes? ¿Cómo se protege a una menor de edad de la anorexia o la bulimia cuando consume de manera compulsiva ideales estéticos imposibles —o avatares corporales perfeccionados por inteligencia artificial en entornos virtuales— sintiendo que esa es la única medida de aceptación?

Le pregunto a los padres de familia y los cuidadores: ¿cuántos conocen realmente los controles parentales de los dispositivos que usan los menores de edad? ¿Cuántos saben qué aplicaciones descargan, qué mundos virtuales frecuentan, con quién hablan o cuánto tiempo permanecen conectados? Hoy ya no podemos decir que no sabíamos. Los riesgos están documentados, las alertas vienen de la ciencia y los casos se repiten una y otra vez. Ignorarlos también es una decisión.

Si hoy conocemos los riesgos, ¿por qué se sigue permitiendo que los menores de edad accedan cada vez más temprano a pantallas con acceso prácticamente ilimitado a las redes sociales?

La respuesta es incómoda.

Porque muchas veces los adultos también son adictos a las pantallas. La tecnología terminó convertida en el gran “pacificador” automático de muchos hogares: el dispositivo que se enciende en el restaurante para que la familia pueda almorzar en silencio, la tableta que aparece para evitar una pataleta en el supermercado o el teléfono que se entrega en la sala de espera para apagar cualquier rastro de aburrimiento. Es mucho más fácil calmar a un niño con un aparato que enseñarle a transitar la frustración.

Pero criar nunca ha sido escoger el camino fácil.

Cuando un adulto decide poner límites debe entender algo fundamental: los niños volverán a comportarse como niños. Se aburrirán, protestarán, harán pataletas. ¿Y saben qué? Eso es exactamente lo que debe pasar.

Quienes pertenecemos a mi generación crecimos sin que nadie organizara cada minuto de nuestro tiempo. Nos inventábamos juegos, montábamos bicicleta, pasábamos horas con los amigos, resolvíamos los conflictos cara a cara y aprendíamos a convivir sin un algoritmo diciéndonos qué hacer. Así desarrollábamos autonomía, creatividad, capacidad para resolver problemas y habilidades sociales.

Pero el problema no termina ahí. Muchos jóvenes están construyendo su identidad desde la comparación permanente con los demás, y no desde quienes realmente son.

No estoy proponiendo demonizar la tecnología. Sería un error. Lo que propongo es que los adultos vuelvan a ejercer su papel.

El mundo ya empezó a reaccionar. Australia prohibió el acceso de los menores de edad a las redes sociales. Francia endureció las restricciones para el acceso de la infancia a estas plataformas y reforzó la prohibición del uso de celulares en los colegios. Suecia está regresando a los libros impresos en las aulas. En Colombia este debate también llegó al Congreso. Bienvenido sea. No porque una ley vaya a resolver el problema, sino porque por fin estamos entendiendo la magnitud de uno de los mayores desafíos para esta generación.

La evidencia ya habló. Ahora la responsabilidad es de los padres, las madres y los cuidadores.