OPINIÓN

Sofy Casas

Inicia la era del Tigre

Escribo esto convencida de algo que pocas veces siento frente a un cambio de gobierno en Colombia. Que este sí va a cumplir.
9 de agosto de 2026 a las 10:00 a. m.

“Cesó la horrible noche” es un verso que cantamos en los estadios sin pensar mucho en lo que dice. La madrugada del 7 de agosto se salió del himno y se metió en la calle. Se volvió tendencia en redes. Hubo pólvora en Medellín. Alguien pidió que las emisoras sacaran del baúl esa canción de fin de año, la de “faltan cinco pa’ las doce”. El país despidió el gobierno anterior como quien tacha del calendario un año que se sintió eterno.

En Cali no se dejó nada al azar. Once mil hombres custodiaron la ciudad. Cinco mil trescientos solo para el auditorio de la Universidad Santiago de Cali, decorado con diez mil flores blancas. El presidente Abelardo de la Espriella llegó con su esposa Ana Lucía Pineda y sus cuatro hijos, juró ante el titular del Senado, Honorio Henríquez, y se fue directo al Batallón Pichincha a honrar a la tropa y a dar su primer discurso ya en el cargo. El lugar ya era un mensaje. Antes de anunciar nada, estaba diciendo qué clase de gobierno venía.

Lo dijo sin rodeos. La seguridad ocupó el centro del discurso. Anunció fumigación con herbicidas que, según él, no afectan la salud ni el medioambiente. Prometió que la coca le dará paso al café, al cacao y al coco. Fue tajante: el Estado será contundente contra el crimen. Con los grupos armados no habrá negociación, solo dos caminos: someterse a la ley o enfrentar la fuerza del Estado. Citó a Churchill para hablar de victoria a toda costa y a Álvaro Gómez Hurtado para recordar que la violencia nunca ha resuelto nada en este país. Es la ruptura que muchos veníamos pidiendo desde hace años con la lógica fallida de la “paz total”.

Lo que más me convenció, sin embargo, no fue la parte dura del discurso, sino los límites que él mismo se puso. Como todo un demócrata, cerró de una vez la puerta a cualquier constituyente, apoyado en una cita de Jefferson, y prometió entregar el poder en cuatro años sin prórrogas ni excusas. Habló con respeto de la Rama Judicial y prometió no señalar jueces. Dejó ver su desconfianza hacia la JEP, a la que respetará sin dejar de vigilarla. Ahí está la prueba de que no llega un mesías disfrazado de presidente. Llega alguien que se puso límites a sí mismo antes de que se los pidieran.

En lo económico, repitió lo que ya conocíamos de campaña. Congelar el gasto público, eliminar el impuesto al patrimonio, una reforma tributaria pensada para simplificar y no para asfixiar, independencia para el Banco de la República y la promesa de rescatar a Ecopetrol, que fue depredada en el nefasto gobierno de Gustavo Petro. Sumó protección del erario con inteligencia artificial y blockchain, con la extinción de dominio exprés como su bandera anticorrupción.

Por otra parte, hubo un anuncio que merece un párrafo propio y no una mención de pasada: el de la salud. De la Espriella fue enfático en que recibe un sistema deteriorado por años de decisiones equivocadas, un modelo que prometió transformación y solo dejó desabastecimiento, EPS intervenidas y pacientes esperando citas que nunca llegan. Prometió recuperarlo, no como frase de cierre, sino como una de las tareas centrales de su gobierno, junto con la educación. Ahí es donde más se va a medir la patria milagro, no en un auditorio lleno de banderas, sino en la fila de una droguería o en una sala de urgencias. Y por lo que mostró ese primer discurso, es un compromiso que se tomó en serio.

Afuera del país, el mensaje también quedó claro. El abrazo con el presidente Javier Milei gritando los dos “el Tigre” al mismo tiempo. El entusiasmo del mandatario Daniel Noboa. Las palabras del canciller israelí sobre una nueva era en las relaciones bilaterales. Colombia vuelve a alinearse con sus aliados naturales después de años de distancia diplomática que nos dejaron aislados justo cuando más necesitábamos socios.

Lo más positivo de todo esto es que la patria milagro es una marca que este gobierno construyó desde la campaña y que ahora se convierte en promesa de gestión. Detrás de ese triunfo no hubo improvisación ni golpe de suerte: hubo una estrategia de comunicación política de años, construida por el estratega Carlos Suárez, fundador de Estrategia y Poder, que transformó una marca personal en un proyecto de país capaz de ganar en las urnas y, sobre todo, capaz de cumplir. Suárez entendió las emociones del electorado antes que nadie, y esa misma lectura certera es la que ahora respalda la ejecución: un movimiento que en apenas doce meses pasó de no existir a gobernar con método. Me le quito el sombrero.

Ese método tiene un valor que quiero subrayar como periodista. En un continente donde tantos líderes fuertes terminan queriendo perpetuarse en el poder, la palabra dada por De la Espriella desde el Batallón Pichincha manda una señal clara hacia afuera: la de un país que vuelve a ser predecible para quien quiera invertir en él y confiable para quien quiera sentarse a negociar con él. Es lo que convierte a esta administración en una apuesta democrática de verdad y no en una promesa mesiánica.

Por eso la frase con la que arrancó esta columna es tan contundente y clara. “Cesó la horrible noche” fue lo primero que escribió De la Espriella al amanecer del 7 de agosto, antes de llegar a Cali, y fue también lo último que quedó flotando cuando terminó de hablar frente a los uniformados. Entre esas dos veces que se repitió la frase pasó todo lo que hoy define a su gobierno: la seguridad prometida, la salud que se compromete a reconstruir, la economía que quiere ordenar y un país al que le pidió, sin rodeos, que volviera a creer.

La noche cesó, y con ella se fue la costumbre de resignarse. Empieza ahora la parte donde ese amanecer se sostiene, decisión tras decisión, y todo en este primer discurso apunta a que así será. La patria milagro no la construye un presidente solo; la construye un país que decidió dejar de conformarse junto a un gobierno que llegó con el método y la determinación para cumplirlo.

Colombia quiere volver a ser gobernable, volver a tener autoridad, volver a creer que el Estado responde, y ese es el rumbo que quedó trazado desde ese primer discurso en Cali. El milagro ya echó a andar. Y yo, como muchos colombianos, decidí creer que esta vez sí llega a puerto.

Mis mejores deseos al presidente Abelardo. La patria milagro será el país que nos merecemos.