¿En qué momento nos convencimos de que la vida era una competencia olímpica sin ceremonia de inauguración? Creo que ocurrió hace relativamente poco, cuando empezamos a medir el éxito en seguidores, el amor en fotografías, la felicidad en destinos turísticos y la inteligencia en frases motivacionales escritas sobre un atardecer que ni siquiera vimos porque estábamos ocupados buscando el mejor filtro.
Durante siglos se habló de la envidia como uno de los grandes defectos humanos y, sí, existe. Ahí sigue, puntual, sin perder vigencia. Pero, en lo personal, creo que el siglo XXI encontró una forma mucho más elegante de disfrazarla, como a tantas otras cosas, y ahora le llamamos comparación. Suena menos incómodo, más sofisticado y hasta parece inofensivo y, aunque queramos ocultarlo bajo cualquier eufemismo, pandito por demás, lo cierto es que la comparación dejó de ser un accidente humano para convertirse en una epidemia.
Vivimos haciendo auditorías de vidas ajenas, mientras la nuestra permanece cerrada por falta de mantenimiento y así, como quien se pone unas gafas de sol, el día en que dejamos de preguntarnos quiénes somos para empezar a preguntarnos quiénes deberíamos ser, aparecieron en el horizonte los primeros síntomas de, tal vez, una de las enfermedades más sofisticadas que ha inventado el siglo XXI, porque no produce fiebre, no aparece en los exámenes de sangre y, sin embargo, destruye vidas enteras sin hacer ruido.
Sí, la comparación. Hoy en día no es difícil toparse con personas brillantes, profundamente decepcionadas de sí mismas, sencillamente porque su sentido de vida se ancló en un muelle en el que, al parecer, alguien, allá afuera, en algún lugar, está viviendo algo mejor. Y todo indica que descifró el manual secreto de la felicidad.
Qué gracioso verlo ahora y verlo así, porque ha sido de la misma manera desde que el ser humano es ser humano. Siempre hay y habrá alguien que esté mejor que uno y alguien que esté peor que uno, solo que las redes sociales perfeccionaron el mecanismo de la insatisfacción, la desdicha y el resentimiento.
Entonces, ya no mostramos la vida, mostramos la versión editada de la vida. El desayuno dejó de ser desayuno para convertirse en contenido. El viaje dejó de ser viaje para convertirse en prueba. La pareja dejó de ser pareja para convertirse en campaña publicitaria y nosotros, espectadores obedientes, terminamos comparando nuestra realidad con el tráiler de la película de otro.
Lo más perverso es que dejamos de vivir para observarnos vivir y que hasta la espontaneidad hoy necesita tres cámaras, un aro de luz y dos horas de edición. ¡Qué ironía tan moderna!...
Y, bueno, aquí es donde entra mi preocupación, una preocupación que desencaja más que cualquier algoritmo: el verbo “debería”, que reapareció en nuestras vidas después de la covid-19 como una suplantación de la realidad. Un verbo que se introdujo en la sociedad como un invasor silencioso, que coloniza la identidad de cada habitante del planeta y que nos ha convencido de que nuestra vida está equivocada porque, simplemente, no coincide con un molde que, por cierto, jamás elegimos.
En medio de una deslumbrante ceguera, creemos que siempre será mejor la vida del otro. Pero no hay que tragar entero. Lo que queremos es dejar de sentir que nuestra vida no alcanza porque, honestamente, nadie sabe cuánto está pagando el otro por aquello que exhibe.
¡Debería haber ganado más dinero! ¡Debería haberme casado! ¡Debería haberme divorciado! ¡Debería viajar más! ¡Debería sentirme plena!… Debería tener esto o aquello, debería ser mío, ojo, sin el proceso de por medio, porque lo que queremos es el aplauso. No hay que llegar a engaños y, entonces, esa palabreja termina por ser menos una acción y más una cadena perpetua.
Opino que el verdadero problema ni siquiera son las redes con su avasalladora cantidad de información. Creo que el punto en el que perdimos nuestro sentido crítico fue cuando ignoramos la capacidad de habitar nuestra propia existencia porque, en pleno 2026, hacerlo es como estar condenados al fracaso, mientras que a la aceptación se le disfrazó de resignación, cuando aceptar es dejar de pelear con la realidad para empezar a construir desde ella; es rendirse ante la majestad de la vida, aprender, escuchar, caminar y crecer.
Aceptar no es conformarse. Es reconciliarse con las decisiones acertadas y también con las equivocadas. Con los caminos que elegimos y con los que jamás recorreremos. Para vivir hay que aceptar, especialmente cuando la perfección es uno de los negocios más rentables que ha inventado la sociedad. Nos venden una meta imposible y luego nos ofrecen miles de productos y caminos para intentar alcanzarla.
Por eso, insisto, resulta necesario revaluar el verbo “debería” desde la óptica de un nuevo mundo, porque, sin duda, para poder liberarnos de este yugo que a todos nos toca, “DEBERÍAMOS” entender que la verdadera libertad comienza el día en que dejamos de preguntarnos por qué no somos alguien más y empezamos a descubrir quiénes somos realmente.
No hay dos historias iguales. No hay dos procesos iguales. No hay dos tiempos iguales. Nuestra vida, con todas sus imperfecciones, no está equivocada; tal vez esto no suena grandilocuente, no da muchos likes, pero está ocurriendo y eso cambia completamente la conversación. Seguramente Dios, el universo, los planetas o la vida misma nunca nos pregunten por qué no fuimos como alguien más. La pregunta incómoda, al final, será otra: ¿qué hiciste con la única vida que sí era tuya?
