OPINIÓN

Alberto Donadio

Una mujer enamorada

Silvia se casó en primeras nupcias a los 21 años, tuvo dos hijos y estuvo muy mal casada durante 17 años. Todavía en los años sesenta, casi todas las mujeres, como fue el caso de Silvia, se veían presionadas a casarse a los 20 años, pues de lo contrario, se decía, se quedaban para vestir santos.
19 de septiembre de 2026 a las 7:01 a. m.

Este año, el 20 de septiembre cae en domingo, igual que hace 17 años, cuando en el año 2009 falleció Silvia Galvis. Con licencia de los lectores, quisiera copiar un breve texto que Silvia escribió a poco de conocernos en 1983 y que su secretaria encontró en el escritorio tiempo después a raíz de una mudanza de oficina. Lo conocí después de su muerte.

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La última noche que pasé contigo

“Cómo son las cosas de la vida. Cómo es la vida de las cosas. Ay, cosita linda, mamá. Cómo son las cosas de la vida, cuando son tuyas. Son maravillosas. Son días sin fin y sin comienzo. Lo mismo es la noche. Eres deliciosamente cotidiana. La cotidianidad de lo inesperado, pero siempre esperado. La esperanza de que suceda lo que es inesperado pero siempre esperado. La esperanza de que suceda lo que es inesperado, pero que tenemos la esperanza de que suceda porque es lo único que nos salvará. Nos salvará sin saber para qué. A veces pensaba que eras una aparición; mejor dicho, eres una aparición que se puede tocar. Empecé contigo, como el que no quiere la cosa y la cosa queriendo. No sé cómo terminaré. Voy queriendo la cosa y la cosa queriéndome. No hay nada eterno. La noche de anoche, la última que pasé contigo, fue una noche tibia. Afuera llovía. Tú hablabas de comprar un calentador de ambiente y de traer un despertador. Hicimos lo que hicimos. Mi alma se expandió por el mundo y el alma del mundo ocupó la nada que había dejado lo que se fue para ti. Ese instante en que en él perdí mi alma y gané la tuya, es el amanecer de la resurrección que me das tú, cotidianamente”.

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También quisiera recordar a Silvia con un fragmento de su diario. Es de 1986. Silvia se casó en primeras nupcias a los 21 años, tuvo dos hijos y estuvo muy mal casada durante 17 años. Todavía en los años sesenta, casi todas las mujeres, como fue el caso de Silvia, se veían presionadas a casarse a los 20 años, pues de lo contrario, se decía, se quedaban para vestir santos. No se esperaba que fueran a la universidad, y no pocas terminaban en matrimonios con beodos consuetudinarios, sin posibilidad de separarse o divorciarse. El fragmento reza: “La vida sigue igual, pero yo no logro la tranquilidad ni la paz interior que tanto he buscado. De alguna manera, el sentimiento de culpa saca las uñas y me hace daño cada vez que puede. En términos psicológicos, se explicaría como una lucha entre la mujer ancestral y la mujer nueva. La ancestral, con toda su carga de culpas, víctima de la presión social y de todo un largo proceso de socialización que la preparó para ser víctima y culpable de todo cuanto falla en la vida de la familia, esa mujer ancestral se opone a que surja y crezca la mujer nueva, más fresca, espontánea, libre de culpas absurdas, dispuesta a romper el esquema de la mujer víctima, a aceptarse a sí misma, a quererse a sí misma sin remordimientos, sin tener que justificarse por el hecho de tener su propio mundo, su propia vida. Fueron demasiados años con ese lastre, con ese acondicionamiento cultural como para poder romperlo en un año. Porque un año apenas es lo que llevo de vida realmente independiente. El resto del tiempo, aunque separada, continuaba actuando como si debiera excusas, justificaciones de cada uno de mis actos. Poco a poco voy reforzando mi derecho a una vida tranquila al lado de mis niños. Son mi apoyo y, al mismo tiempo, mi razón de ser. La relación con Alberto es también muy honda. Me ha dado mucho afecto y apoyo. Me devolvió la confianza en mí misma. Me hizo recuperar mi autoestima, que andaba agonizante. Es una persona muy especial, sensible, solidario, inmensamente afectuoso. Para mí, esas demostraciones de afecto tan espontáneas, tan desprevenidas, fueron un descubrimiento maravilloso en mi vida. Yo estaba acostumbrándome a la idea de que el rechazo y el aislamiento eran mi única e inevitable realidad. Cuando supe que la vida podía ser diferente, que podría tener abundancia cuando siempre había conocido la escasez, fue que me di perfecta cuenta de lo infeliz que había sido en mi vida de pareja. Los días pasan rápido. Mi máximo interés es que los niños sean felices, por lo menos mientras estén conmigo. Quiero prepararlos para que sustenten sus vidas en el amor, en la generosidad, en la certeza de que la felicidad viene cuando uno la hace venir y lucha por conservarla”.