OPINIÓN

Jorge Enrique Vélez

La Consulta de la oposición

Bajo el liderazgo del candidato elegido, junto con otras figuras que participen en la primera vuelta, podrá construirse una alianza amplia que permita alcanzar ese objetivo común.
25 de febrero de 2026, 12:33 p. m.

Hace algunos meses, cuando comenzaba la campaña presidencial en Colombia, se hablaba de cerca de cien precandidatos. En medio de ese panorama surgía una pregunta recurrente: ¿cuándo lograrán unirse, especialmente quienes hacen parte de la oposición al actual Gobierno?

Para muchos, el presidente Gustavo Petro ha tenido clara su apuesta política, señalando a Iván Cepeda como figura de continuidad. Mientras tanto, la oposición ha buscado distintos caminos para consolidar un candidato único. Se propusieron encuestas, acuerdos de concertación y, finalmente, una gran consulta. Vale recordar la frase del expresidente Álvaro Uribe: “Desde Abelardo hasta Fajardo”, reflejando la intención de unir diversos sectores.

Aunque no todas las iniciativas prosperaron, la propuesta de una Gran Consulta fue tomando fuerza pese a las críticas iniciales. Muchos cuestionaron su viabilidad, pero esas dudas forman parte natural de cualquier proceso democrático.

Hoy, a pocas semanas del 8 de marzo, se vislumbra un escenario de amplia participación. La llamada Gran Consulta por Colombia se ha fortalecido por dos razones principales.

La primera es el trabajo conjunto de figuras como Vicky Dávila, David Luna, Paloma Valencia, Juan Manuel Galán, Mauricio Cárdenas, Juan Daniel Oviedo, Aníbal Gaviria, Enrique Peñalosa y Juan Carlos Pinzón, quienes han planteado como prioridad un objetivo común: fortalecer la democracia y ofrecer un rumbo distinto al país.

La segunda razón es el compromiso de que, tras el 8 de marzo, surgirá un solo candidato que represente no únicamente a esos aspirantes, sino a una mayoría de colombianos que no desean la continuidad del actual Gobierno.

En paralelo, existen otras consultas lideradas por Roy Barreras y Claudia López, quienes, según sus críticos, no pueden desligarse completamente de su participación directa o indirecta en el Gobierno actual, aun cuando intenten presentarse como independientes.

Resulta llamativo que algunos ciudadanos se nieguen a votar en la consulta de la oposición. Algunos lo hacen por razones políticas respetables; otros, por desinformación. Olvidan que el 8 de marzo no se elegirá presidente, sino Congreso, instancia clave para ejercer control político y respaldar al próximo mandatario.

La consulta no solo definirá un candidato único, sino que puede convertirse en el primer paso hacia una victoria posterior. Será una demostración de fuerza democrática que marcará el rumbo electoral. Por eso existen razones para que obtenga una votación significativa, convocando a ese amplio sector que hoy se identifica como oposición.

Estoy convencido de que el 9 de marzo comenzará una nueva etapa. Con el candidato elegido y con figuras como Abelardo de la Espriella, se iniciará una campaña definitiva para conquistar la Presidencia. Quienes participen en la consulta tendrán la responsabilidad de respaldar la mejor opción para ocupar la Casa de Nariño.

La campaña debería estar marcada por el respeto y la altura democrática. Más allá de los nombres, el propósito común es fortalecer las instituciones y consolidar la democracia.

Algunos dirán que no votarán porque su candidato preferido no participa. Sin embargo, vale la pena recordar lo ocurrido en Venezuela durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

Allí, una oposición dividida terminó facilitando la consolidación de un proyecto político que derivó en un régimen autoritario. Desde 1999, con la Asamblea Constituyente, comenzaron fracturas que se repitieron en momentos clave como la crisis de 2002 y el referendo de 2004. La falta de unidad debilitó cualquier posibilidad de contrapeso efectivo. Solo cuando distintos sectores entendieron que la unión era indispensable lograron articular una alternativa común.

La lección es clara: la división prolonga los proyectos que se pretenden derrotar; la unidad crea posibilidades reales de cambio.

Colombia no puede recorrer ese mismo camino. Un resultado contundente en la consulta sería una señal de cohesión y fortaleza democrática. Representaría el inicio de una etapa necesaria para enfrentar las presidenciales con una candidatura sólida y competitiva. Votar el 8 de marzo no implica solo escoger un líder, sino también consolidar mayorías en el Congreso que sirvan de contrapeso institucional.

En este contexto, algunos sectores consideran que Iván Cepeda representa la continuidad del proyecto político actual. Señalan que cuenta con una base electoral organizada y un discurso coherente con sectores ideológicos de izquierda. Sus críticos advierten que su eventual llegada a la Presidencia podría impulsar reformas estructurales profundas, incluso una nueva asamblea constituyente, lo que implicaría cambios sustanciales en el modelo institucional.

Más allá de las posiciones individuales, el debate central gira en torno a la unidad. Para quienes se identifican como oposición, la fragmentación debilita sus opciones; una estrategia conjunta, en cambio, aumenta las probabilidades de éxito en segunda vuelta y permite convocar a una mayoría amplia.

En definitiva, la decisión del 8 de marzo es un primer paso dentro de una ruta electoral más extensa, donde la cohesión, la estrategia y la participación serán determinantes para definir el futuro político del país.

La oposición tiene en la Gran Consulta por Colombia una oportunidad para unirse alrededor de un propósito común: garantizar estabilidad institucional y bienestar para las actuales y futuras generaciones.

Votar en la consulta no es un acto de división, sino un paso hacia la unidad. Es la oportunidad de demostrar que ese amplio sector de colombianos constituye una fuerza sólida y decisiva.

El 9 de marzo debe marcar el inicio de una nueva etapa. El objetivo será consolidar una estrategia clara para ganar la Presidencia. Si se alcanzan mayorías en el Congreso, el siguiente paso será superar diferencias y trabajar en torno a un propósito superior: conquistar la Presidencia con un proyecto capaz de convocar a la mayoría.

Bajo el liderazgo del candidato elegido, junto con otras figuras que participen en la primera vuelta, podrá construirse una alianza amplia que permita alcanzar ese objetivo común.

Unidos es posible. Las circunstancias definirán si el triunfo llega en primera o en segunda vuelta, pero lo esencial será mantener la cohesión y el compromiso.

Trabajemos juntos por un mejor futuro para Colombia.