El presidente está sacando a la luz, especialmente en la periferia del país, situaciones en las que la corrupción y la alianza con delincuentes han progresado impunemente. Los casos en Cúcuta, en el Catatumbo y Arauca, así como en San Andrés, causan angustia.
Parecería, sin embargo, que estamos en una coyuntura muy especial.
Colombia es el Estado con mayor jurisdicción marítima en el mar Caribe. En el Caribe occidental, la Corte Internacional de Justicia no solo confirmó nuestra soberanía sobre todas las islas y cayos del archipiélago de San Andrés, pretendidos hasta hace poco por cuatro Estados, sino que Colombia quedó con más de 100.000 kilómetros de espacios marítimos y Nicaragua bloqueada en sus pretensiones. En el Caribe oriental tenemos una enorme jurisdicción respaldada por tratados con Jamaica, República Dominicana y Haití.
Sin embargo, el Caribe es ahora escenario no solamente del narcotráfico, sino de la piratería, el contrabando y de otros delitos. Casi que es ‘un mar de nadie’, a pesar de los bombardeos estadounidenses.
En esas condiciones, Colombia podría ahora asumir el liderazgo para concertar, con la cooperación de Estados Unidos, una acción coordinada con todos los ribereños, sin importar su tendencia política, para enfrentar esa situación y hacer del área una zona de paz, como en algún momento se pensó. No hay que olvidar que Trump se irá y que Colombia se queda.
Entretanto, en nuestra vecina Venezuela, no obstante ‘la extracción’ de Maduro, sigue la omnipresencia del Cartel de los Soles y todavía se fraguan allá acciones terroristas y sigue siendo el refugio ideal de delincuentes procedentes de Colombia.
Según ha expresado el ministro de Hacienda, estamos condenados a importar el 40 % del gas de Venezuela a un alto precio, mientras que la reducción de la exploración y explotación de petróleo y de gas, que seguirán siendo durante mucho tiempo las fuentes fundamentales de energía, va en contravía de las urgencias por las que atravesamos.
Desde 1954 tenemos como telón de fondo en las relaciones con Venezuela la delimitación marítima en el golfo de Venezuela y de las zonas adyacentes en el Caribe oriental. A esa desafortunada situación nos acostumbramos y no puede continuar indefinidamente, tanto más cuanto en el golfo existen importantes yacimientos de petróleo y de gas natural. Es indispensable una solución en beneficio de los dos países.
Pero un acuerdo sobre delimitación debe ser parte de una integración a gran escala, diferente de la siniestra zona de Maduro y Petro. Podría incluir la explotación de hidrocarburos; el manejo de las cuencas hidrográficas comunes, incluidas las del Orinoco y el Catatumbo; la integración eléctrica; las inversiones; el comercio; la navegación y, naturalmente, la seguridad en momentos en que la delincuencia es transnacional.
Puede ser ciencia ficción, pero si De la Espriella lograra algo así en ambos escenarios, sin duda pasaría a la historia.
