En Colombia nos han hecho creer toda la vida que quien trabaja duro, se esfuerza y tiene suficiente disciplina puede llegar tan lejos como se lo proponga. Que el éxito es cuestión de voluntad y que, si alguien no ha logrado salir adelante, seguramente es porque no se ha esforzado lo suficiente.
Pero hay algo de esa idea que nunca me ha terminado de convencer: si el esfuerzo fuera suficiente para salir de la pobreza, ¿cómo explicamos que en un país de gente tan trabajadora haya tantas personas que pasan toda su vida intentando progresar sin conseguirlo?
Y es que, si algo tenemos los colombianos, es berraquera. Somos personas trabajadoras, echadas para adelante, de las que madrugan, se rebuscan la vida y encuentran la manera de seguir incluso cuando las circunstancias parecen estar en su contra. Conozco pocas sociedades con tanto talante y tantas ganas de salir adelante como la nuestra.
Sin embargo, hay una contradicción que me resulta profundamente dolorosa: en un país donde tantos se levantan antes que el sol, hay quienes pasan toda su vida esperando que algún día amanezca para ellos.
La creencia de que ‘el pobre es pobre porque quiere’ ignora profundamente las condiciones de nuestra sociedad. No todos tenemos las mismas oportunidades y, sobre todo, no todos partimos del mismo punto.
Colombia es un país profundamente desigual, tanto social como económicamente. Según el Dane, en 2025 nuestro coeficiente de Gini fue de 0,531, en una escala donde cero representa igualdad perfecta y uno, desigualdad máxima. Es cierto que mejoramos frente al 0,551 registrado en 2024, y sería injusto desconocerlo. La pobreza monetaria también disminuyó hasta ubicarse en el 28 %. Pero estas cifras nos recuerdan que todavía existe una distancia enorme entre quienes cuentan con recursos para construir su futuro y quienes apenas consiguen lo necesario para sostener su presente.
Y lo más curioso, aunque también lo más preocupante, es que dos personas pueden esforzarse de manera semejante, trabajar con la misma dedicación y tener las mismas ganas de salir adelante, pero mientras una logra mejorar considerablemente su situación económica, la otra puede permanecer prácticamente en el mismo punto de partida.
Debo aclarar que la desigualdad y la pobreza son fenómenos complejos, en los que intervienen factores económicos, sociales, educativos, territoriales e incluso culturales. Sería ingenuo pretender explicarlos a través de una sola causa. Por eso, quiero concentrarme en cuestionar una creencia que considero especialmente equivocada: asumir que el esfuerzo y el trabajo duro producen los mismos resultados, independientemente de las condiciones en las que vive cada persona.
He de admitir que hace relativamente poco logré entender a cabalidad la complejidad de este problema. Como muchos, vengo de un contexto social en el que el esfuerzo suele representar avance. Y no me malinterpreten: sigo creyendo firmemente en el valor del trabajo, la disciplina y la dedicación. Yo misma le debo muchísimo al esfuerzo que he puesto en mis estudios, mis proyectos y las metas que me he propuesto alcanzar.
He de admitir que hace relativamente poco logré entender a cabalidad la complejidad de este problema. Como muchos, vengo de un contexto social en el que el esfuerzo suele representar avance. Y no me malinterpreten: sigo creyendo firmemente en el valor del trabajo, la disciplina y la dedicación. Yo misma le debo muchísimo al esfuerzo que he puesto en mis estudios, mis proyectos y las metas que me he propuesto alcanzar.
En nuestro país les decimos a los jóvenes que estudien, que emprendan, que trabajen, que ahorren y que construyan una vida mejor. Y no son malos consejos. También vemos a miles de adultos que, después de años de trabajo, siguen intentando formar un patrimonio que les permita tener algo de tranquilidad económica.
Pero ¿qué tan fácil es avanzar económicamente en un país como Colombia? ¿Qué tan fácil es lograr la movilidad social?
Para explicarlo, quiero recurrir a dos historias hipotéticas que permiten comprender cómo las condiciones económicas pueden influir en las oportunidades de una persona.
Doña Rosa es una mujer cabeza de familia de tres hijos que vive en Bogotá y trabaja vendiendo arepas. Se encuentra en la informalidad, por lo que no cuenta con la estabilidad de un salario fijo ni cotiza regularmente para una pensión. Rosa no pudo terminar su bachillerato porque desde muy pequeña tuvo que comenzar a trabajar para ayudar a sus padres a sostener la economía de su hogar. Sin embargo, se puso la diez para trabajar y buscarse una vida mejor.
Actualmente, se levanta todos los días a las cuatro de la mañana. Prepara las arepas que va a vender, organiza su negocio y alista a sus hijos para que vayan al colegio, con la esperanza de que ellos puedan tener las oportunidades educativas que ella no tuvo. Desde muy temprano comienza su jornada laboral y regresa a casa cuando ya está oscureciendo, cansada, pero todavía con las responsabilidades de su familia esperándola.
Al día siguiente vuelve a empezar. Sin embargo, después de pagar el arriendo, los servicios, el mercado, el transporte y los gastos de sus hijos, prácticamente no le queda nada. No tiene cómo comprar mejores equipos para su negocio, ampliar su producción o ahorrar lo suficiente para enfrentar una emergencia sin endeudarse. Todo lo que gana tiene un destino antes de llegar a sus manos.
Ahora, en la otra cara de la moneda, tenemos a Carlos.
Carlos también nació en Bogotá, pero creció en una familia de clase media que pudo pagarle un buen colegio y una universidad de prestigio. Durante su juventud, su principal preocupación fue prepararse para tener un buen futuro, pues sus padres tenían cómo proveer sus necesidades.
Cuando se graduó, consiguió un buen empleo en una multinacional, donde recibía un buen salario. Sus ingresos le permitían sostenerse y, además, ahorrar una que otra platica.
Con el tiempo, su negocio prosperó y Carlos logró construir un patrimonio superior al que tenían sus padres.
¿Significa eso que Carlos no merece lo que consiguió? En absoluto. Su disciplina, sus decisiones y su trabajo seguramente fueron determinantes. Sería injusto restarle mérito por haber contado con mejores oportunidades.
Pero también sería injusto concluir que Rosa permanece en su situación porque no se ha esforzado lo suficiente.
La diferencia entre Rosa y Carlos no radica necesariamente en su esfuerzo, sino en las condiciones en las que se encontraba cada uno. Mientras Carlos podía destinar parte de sus ingresos a construir patrimonio, Rosa necesitaba prácticamente todo lo que ganaba para sostener a su familia.
Mientras Carlos pudo construir sus sueños sobre los esfuerzos de sus padres, Rosa ha tenido que sacrificar los suyos para intentar que sus hijos puedan cumplir los que ella nunca alcanzó.
Y esto no es algo que me esté inventando. La economía ha estudiado este fenómeno a través de diferentes teorías, entre ellas una que personalmente me parece fascinante: la trampa de la pobreza.
Una de sus representaciones teóricas utiliza una curva en forma de S para ilustrar cómo, bajo determinadas condiciones, las personas que se encuentran por debajo de cierto nivel de recursos pueden tener dificultades para acumular el capital necesario para aumentar sus ingresos.
Esto no significa que todas las personas que nacen en condiciones de pobreza estén condenadas a permanecer allí, ni que quienes cuentan con mejores oportunidades tengan el éxito garantizado. Significa que, bajo determinadas circunstancias, la falta de recursos puede convertirse en un obstáculo para generar los recursos que permitirían superar esa misma situación.
Pero imaginemos algo más.
Esto no significa que todas las personas que nacen en condiciones de pobreza estén condenadas a permanecer allí, ni que quienes cuentan con mejores oportunidades tengan el éxito garantizado. Significa que, bajo determinadas circunstancias, la falta de recursos puede convertirse en un obstáculo para generar los recursos que permitirían superar esa misma situación.
¿Qué pasaría si Rosa, en lugar de vivir en Bogotá, estuviera en una zona rural rezagada, donde además tuviera dificultades para transportar sus productos, acceder a educación de calidad, conseguir financiación o incluso conectarse a internet?
¿Y si a esas dificultades se sumara la presión de grupos armados al margen de la ley? ¿Si sus hijos tuvieran que abandonar sus estudios o vivieran con el miedo de que fueran reclutados por organizaciones armadas?
Hay rincones de Colombia donde los niños aprenden a reconocer el miedo mucho antes de conocer las oportunidades.
En esas condiciones, salir adelante implicaría superar obstáculos que van mucho más allá de la voluntad de trabajar.
Por eso, hablar de mérito sin hablar de oportunidades es contar apenas una parte de la historia.
Nos gusta celebrar a quien salió de la pobreza y consiguió construir una empresa, pagar una universidad o comprar su primera casa. Y tenemos razones para hacerlo. Son historias admirables que merecen reconocimiento. Pero también deberíamos preguntarnos cuántas personas igualmente capaces y trabajadoras no han tenido las condiciones necesarias para recorrer ese mismo camino.
No podemos convertir las historias extraordinarias de superación en la prueba de que las barreras no existen.
Creo que cuando entendamos esto podremos comenzar a tener una discusión mucho más profunda sobre lo que debe hacer el Estado para contribuir a eliminar las barreras socioeconómicas que enfrentan tantos colombianos.
¿En qué deberíamos invertir? ¿Cómo podemos mejorar las oportunidades educativas y laborales? ¿De qué manera facilitamos que una persona como Rosa pueda acceder a financiación, fortalecer su negocio y construir un patrimonio? ¿Cómo logramos que las circunstancias en las que nace una persona no condicionen de manera tan determinante las posibilidades de su futuro?
No creo que la solución sea afirmar que el Estado debe resolver por completo la vida de cada ciudadano. Sería desconocer el valor de la autonomía, el trabajo y la responsabilidad individual. Tampoco se trata únicamente de aumentar las ayudas económicas o pretender que todos obtengamos los mismos resultados.
Necesitamos una educación que abra oportunidades, condiciones para emprender y trabajar formalmente, y un Estado capaz de garantizar seguridad incluso en los territorios más olvidados.
Porque no basta con decirle a Rosa que emprenda si no existen mecanismos para que pueda financiar su negocio. No basta con decirles a sus hijos que estudien si la calidad de su educación limita sus oportunidades futuras. Y no podemos hablar seriamente de movilidad social en territorios donde la violencia amenaza incluso la posibilidad de construir un proyecto de vida.
A mí me gustaría vivir en una Colombia en la que las historias de personas que logran superar la pobreza no sean extraordinarias. Una Colombia donde mejorar las condiciones de vida de una generación a otra no sea una hazaña que debamos celebrar como algo excepcional, sino una posibilidad real para quienes trabajan por conseguirlo.
Quisiera aprovechar estas líneas para recomendarles un documental que, por coincidencia, tuve la oportunidad de ver para una clase en la universidad: El juego de la vida. Confieso que no esperaba que una actividad académica me dejara reflexionando tanto sobre las realidades que viven muchas familias colombianas. Me hizo pensar especialmente en las mujeres que sostienen solas sus hogares, en los jóvenes que deben asumir responsabilidades demasiado pronto y en cómo las dificultades económicas pueden acompañar a una familia durante generaciones. Creo que es un documental que merece ser visto por muchos más colombianos, porque a veces hablamos de pobreza desde las cifras, las teorías y nuestras propias experiencias, sin detenernos lo suficiente a comprender las vidas de quienes la enfrentan.
Así que no, el pobre no es pobre porque quiere. Al menos, no podemos convertir esa afirmación en una explicación general de la pobreza de millones de colombianos.
Porque si algo debería incomodarnos es que, en un país que se enorgullece tanto de su gente trabajadora, haya personas que se levanten antes de que salga el sol, trabajen hasta el cansancio y regresen a sus casas sin la tranquilidad de saber si mañana estarán mejor.
Ojalá algún día en Colombia nacer pobre no signifique tener que dedicar toda una vida a demostrar que se merece dejar de serlo.
