
Opinión
La línea sutil entre el autoestima y el ego que define nuestras decisiones
A menudo confundimos el origen de nuestras decisiones. Creemos que actuamos con firmeza, cuando en realidad lo hacemos desde la necesidad de ser vistos. La diferencia entre autoestima y ego puede parecer mínima, pero sus efectos son completamente distintos.
Hay una línea fina, casi imperceptible, entre la autoestima y el ego. Esa diferencia sutil puede transformar una decisión en una oportunidad o en un tropiezo, y marcar el rumbo de una empresa o el destino íntimo de una vida.
He sido testigo, una y otra vez, de cómo decisiones que parecían estratégicas y racionales en realidad respondían a un impulso emocional más profundo: la necesidad de validación. Ahí es cuando el ego entra en juego.
El ego busca impresionar, mientras que la autoestima construye con sentido. El primero reacciona con prisa y anhela ser admirado. La segunda responde con calma, actúa desde la serenidad de saberse suficiente, se sostiene en la coherencia y no en la aprobación externa.
Una mujer que decide desde la autoestima no necesita demostrar su valor. Se conoce, se respeta y confía en lo que sabe. No teme equivocarse, porque entiende el error como aprendizaje y no como un golpe a su identidad. Puede decir ‘no sé’ sin perder autoridad, pedir ayuda sin sentir que cede poder, cambiar de opinión sin debilitarse, porque su fuerza proviene de su autenticidad.
El ego, en cambio, no tolera grietas. Toma decisiones por miedo a parecer débil, por la ansiedad de tener siempre la razón, por la necesidad de no ceder terreno. Y cuando domina la escena –en una junta, en una negociación o en una conversación personal– lo que surge son vínculos tensos, decisiones reactivas y, a menudo, vacías.
En el mundo empresarial son evidentes los líderes que no delegan por temor a perder control, los equipos que compiten en lugar de colaborar, las estrategias que se diseñan para el aplauso inmediato y no para una visión duradera. También ocurre en lo cotidiano: mujeres brillantes que posponen lo que desean por miedo a decepcionar, que deciden con base en lo que ‘deberían ser’ y no en lo que realmente sienten.
No se trata de caer en el sentimentalismo ni de actuar impulsivamente. Se trata de madurez emocional. De atrevernos a preguntar, antes de decidir: ¿Estoy eligiendo desde mi autenticidad o solo para sostener la imagen que otros esperan de mí?
La autoestima no hace ruido, no busca aplausos. Busca paz. Y desde esa paz, las decisiones –en los negocios y en la vida– se vuelven más sólidas, más coherentes, más nuestras.
El ego puede obtener victorias rápidas que resultan siendo efímeras. La autoestima, en cambio, edifica sobre la claridad y la verdad, dejando un legado que no solo nos define, sino que inspira. Porque el ego se consume en su prisa, mientras la autoestima resiste la prueba del tiempo. Y en esa guerra del tiempo, lo que realmente importa es lo que decidimos ser.
Por Ana Ibarra, CEO Grupo Axir