
Opinión
La educación no debería fabricar empleados obedientes, sino seres humanos capaces de crear, cuestionar y cuidar
Vivimos en un mundo en el que un niño puede preguntarle a una inteligencia artificial por qué el cielo es azul y recibir una respuesta inmediata, pero cuando indaga por qué a veces se siente triste, la máquina guarda silencio. Esa grieta revela el gran desafío educativo de nuestro tiempo: criar a la generación más informada de la historia, pero quizá la menos preparada para navegar lo esencialmente humano.
En 1900, las escuelas enseñaban a escribir en pizarrones. Hoy, algunos niños aprenden código antes que cursiva. Y aun así, la estructura de la educación no ha cambiado tanto: pupitres alineados, campanas que marcan tiempos artificiales, exámenes que premian la memoria fugaz. Se enseña a resolver ecuaciones, pero no a gestionar una decepción. Se mide el IQ, pero se ignora la resiliencia. Hemos diseñado sistemas que castigan el error, cuando debería ser semilla de innovación.
La neurociencia nos recuerda que no existe el ‘alumno promedio’. Una investigación del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) reveló que, incluso en clases de matemáticas, los cerebros de los niños se activan de formas radicalmente distintas al resolver un mismo problema. Sin embargo, seguimos uniformando lo que la naturaleza diseñó diverso.
La diferencia está en los maestros. Recuerdo a Rafael, un profesor de historia que convirtió su aula en un tribunal de la Revolución Francesa. Sus estudiantes asumieron roles de jacobinos y girondinos, debatieron, investigaron por iniciativa propia. “Les di el contexto, pero fueron ellos quienes hicieron las preguntas incómodas”, me dijo. Un año después, varios de esos alumnos eligieron carreras en ciencias sociales. Ese es el milagro de un maestro que cultiva curiosidad en vez de repetir contenidos, aunque lo haga en un sistema que los asfixia con papeleo y los empuja a estandarizar lo que debería ser único.
Hoy las aulas enfrentan tres crisis que poco se mencionan. La primera es la de la atención: en una era de estímulos infinitos, las clases pueden resultar tediosas y olvidables; un estudio de la Universidad de Harvard señala que el 85 por ciento de los contenidos que se enseñaron de manera tradicional, se olvidan en seis meses.
La segunda es la del sentido: el ‘¿para qué me sirve esto?’ es una pregunta legítima que el currículo debería responder con experiencias cercanas, como aprender geometría diseñando el parque del barrio o literatura a través de letras de rap. La tercera es la emocional: según la OMS, la depresión infantil ha aumentado un 40 por ciento en la última década y pocas escuelas se atreven a integrar espacios de cuidado, diálogo y reflexión interior.
Las experiencias más inspiradoras no siempre ocurren en colegios de élite ni con recursos ilimitados. En una favela de Río, los niños aprenden robótica con materiales reciclados; en una aldea de Kenia, estudian ecología cultivando huertos que alimentan a sus familias. La verdadera personalización no depende de una tecnología sofisticada, sino de una mirada atenta, como la de la maestra que descubrió que su alumno disléxico memorizaba canciones fácilmente y transformó las lecciones en rap o el profesor de física que usó el skateboard para enseñar las leyes del movimiento.
Si queremos cambiar el rumbo, necesitamos cambiar también nuestras preguntas. En vez de preguntar ‘¿qué nota sacaste?’, en las familias podríamos decir: ‘¿Qué te hizo pensar hoy?’ o ‘¿qué duda nació en ti?’. La educación no debería fabricar empleados obedientes, sino seres humanos capaces de crear, cuestionar, de cuidarse a sí mismos y a los demás.
El futuro ya está aquí, esperando en cada aula. Y no se trata de acumular más aplicaciones tecnológicas, sino de poner en marcha lo que ya sabemos: que cada niño aprende distinto, que las emociones son el motor del aprendizaje y que educar no es un gasto, sino la columna vertebral de cualquier sociedad sana.
Martha Cecilia Rojas R, CEO Path & People Solutions