OPINIÓN

Maribel Córdoba

Cuando la vida exige fortaleza: las mujeres transforman el dolor en poder

La resiliencia se construye desde la aceptación, la sororidad y el reconocimiento del dolor del otro.
27 de febrero de 2026, 9:18 p. m.

Hablar de resiliencia es hablar de mujeres. No como un ideal romántico, sino como una realidad cotidiana que se construye en medio de desafíos profundos, silenciosos y, muchas veces, invisibles. La resiliencia no es sólo resistir; es reconstruirse y volver a empezar cuando todo parece quebrarse.

A lo largo de la vida, muchas mujeres enfrentan momentos que marcan un antes y un después: la pérdida, la violencia, las cargas desiguales, las renuncias personales y, en muchos casos, enfermedades que llegan sin aviso. El cáncer, por ejemplo, no solo transforma el cuerpo; sacude la identidad, el entorno cercano, las emociones y la manera de ver el futuro. Sin embargo, también revela una fuerza interior que muchas veces ni siquiera sabíamos que existía.

En medio de diagnósticos difíciles, tratamientos largos y días inciertos, las mujeres encuentran formas de seguir. Siguen por ellas, por sus sueños, por su historia y por la vida misma. Además gracias a la fuerza de la solidaridad que las rodea. Esa solidaridad que se manifiesta en una llamada a tiempo, en una mano que acompaña, en una palabra que sostiene cuando todo parece tambalear. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo y las redes de apoyo se convierten en un tejido humano que abraza, comprende y levanta. Porque en los momentos más difíciles, no solo sana la medicina, también sana el afecto, la empatía y la certeza de no estar solas.

También es necesario decir algo que pocas veces se reconoce: está bien no estar bien. Ser fuertes no significa dejar de sentir. El dolor, la tristeza, la angustia o incluso la depresión hacen parte del proceso humano. Permitirse llorar, hablar, pedir ayuda y reconocer la vulnerabilidad también es un acto de valentía.

Es importante decirlo con claridad: el cáncer no es sinónimo de muerte. También puede ser una oportunidad para transformarnos, para detenernos, para valorar cada minuto y reconocer el verdadero sentido de la vida y de quienes nos rodean. En medio de la adversidad, muchas mujeres redescubren su propósito, fortalecen sus vínculos y resignifican su camino.

La resiliencia femenina tiene un componente profundamente colectivo, y en ella la sororidad ocupa un lugar esencial. No es solo acompañar, es sostener, escuchar sin juzgar, estar incluso en el silencio. Cuando una mujer comparte su historia, otra encuentra esperanza; cuando una recibe apoyo, también aprende a brindarlo. Así, la sororidad deja de ser un gesto aislado y se convierte en una cadena que se multiplica, en una red viva que conecta experiencias, emociones y aprendizajes.

Unidas, las mujeres transforman el dolor en aprendizaje, la adversidad en propósito y la incertidumbre en fuerza. Esa unión, sostenida por la sororidad, permite que incluso en los momentos más oscuros haya una luz encendida. No se trata de negar lo que duele, sino de atravesarlo acompañadas, con dignidad y valentía. Porque ser fuerte no es no caer; es levantarse una y otra vez, sabiendo que hay otras manos dispuestas a ayudar a levantarse.

Hoy más que nunca, es necesario reconocer esa fortaleza. No como una carga que obliga a las mujeres a soportarlo todo, sino como una capacidad que merece ser acompañada, cuidada y visibilizada. La resiliencia también necesita descanso, apoyo y empatía; necesita entornos de sororidad que comprendan que nadie debería enfrentar sus batallas en soledad.

Porque cuando una mujer resiste, inspira. Y cuando muchas se unen desde la sororidad, no solo resisten: transforman el mundo.

Maribel Córdoba es gerente de la Lotería de Cundinamarca



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