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Opinión
Ventanilla de paz
El esquema de negociación y acuerdo con los grupos insurgentes ha fracasado, se requiere explorar y adoptar otros modelos.
Según un estudio de la Universidad Sergio Arboleda (2014), desde 1782 hasta la fecha se habrían concedido cerca de 63 indultos y 25 amnistías, reiteradamente autorizadas en nuestras constituciones para descriminalizar el delito o perdonar la pena.
No existen registros confiables sobre el número de víctimas desde épocas tan remotas y hay discusión sobre los existentes. Las guerras de independencia, las guerras políticas internas del siglo XIX, la Guerra de los Mil Días, la violencia, la guerra de guerrillas, el narcotráfico han perpetrado homicidios, desapariciones, torturas, secuestros, terrorismos, violaciones, lesiones, reclutamientos forzados de menores, desplazamientos, extorsiones, robos, además de los nuevos crímenes de lesa humanidad y de guerra previstos en el derecho internacional. Sin mencionar secuelas en la salud física y mental de los entornos familiares y sociales. Según el Registro Único, las víctimas de solo homicidios a 2023 se estiman en 9.593.033. Diríamos que actualmente 1 de cada 3 colombianos ha sufrido los efectos de la violencia, algo así como 17 millones de personas.
La paz no se ha logrado. Han sido múltiples los intentos por alcanzar la paz mediante acuerdos y negociaciones. El tratado de Neerlandia, el Frente Nacional, los acuerdos de Corinto, el Hobo, Medellín, La Habana, con diversos grupos alzados en armas. Lo cierto es que firmados los acuerdos unos se desmovilizaron, aparecieron otros cuando no hubo disidentes o desertores en nuevas organizaciones.
Lamentablemente, la opinión pública ha tenido un irremediable optimismo que no se compadece con la contundente evidencia incapaz de erradicar la violencia y el delito de grandes sectores del territorio nacional. Esta realidad nos lleva a cuestionar si hemos confundido las intenciones con los resultados y si la buena voluntad ha prevalecido sobre la implementación de procedimientos realmente efectivos para asegurar una paz duradera.
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No obstante lo anterior, la reincorporación a la vida civil de miembros del grupo guerrillero M-19, podría calificarse como un procedimiento exitoso, a pesar de utilizar violencia para alcanzar el acuerdo. Participaron con nutrida mayoría, después del Partido Liberal, en la Asamblea Nacional Constituyente que expidió la Constitución Política de 1991 que nos rige. Luego varios de sus miembros participaron en distintos gobiernos y fueron elegidos en cargos territoriales. Hoy, Gustavo Petro, militante de esa organización, es presidente de la República. Un éxito no desvirtúa los múltiples fracasos de los otros tantos intentos pasados y actual de paz total.
En Centroamérica, los acuerdos de paz de la década de 1990, que buscaban poner fin a conflictos armados internos, fueron seguidos por un incremento inédito de la violencia. La desmovilización de combatientes y la falta de una reintegración efectiva contribuyeron al surgimiento de pandillas y organizaciones criminales que continúan operando en países como El Salvador, Guatemala y Honduras. De manera análoga, la desmovilización de algunos frentes de las Farc supuso un recrudecimiento de la violencia habida cuenta de los numerosos actores que han entrado a disputar sus antiguos territorios y rutas del narcotráfico.
En Colombia, la retórica política y el optimismo injustificado se han manifestado a través de la fetichización de los procesos de paz, que ha llevado a que estos acuerdos, a pesar de su historial de fracasos, sigan siendo defendidos como un fin en sí mismos y no como un medio sujeto a evaluación.
El esquema de negociación y acuerdo con los grupos insurgentes ha fracasado, se requiere explorar y adoptar otros modelos tales como sometimiento a la justicia y amnistías e indultos, no negociados, ofrecidos por el Estado, sin perjuicio de programas de reincersión con apoyos económicos. Una ventanilla de paz para quienes se acogan al nuevo modelo.
En otros términos, las negociaciones de paz han sido utilizadas por la insurgencia, como otras formas de lucha, para ganar espacios estratégicos que debiliten las instituciones enemigas, que mediante las armas sería improbable.
Cita de la semana: ”Derrotar a las Fuerzas Militares era imposible, entre otras cosas, por la sencilla razón de que su retaguardia se había vuelto prácticamente ilimitada porque llegaba hasta Washington.” Mi guerra es la paz, Navarro se confiesa, Juan Carlos Iragorri.