OPINIÓN

Margarita Ortega

Una columna en mi columna

La transformación debería ser hacia una convergencia entre observación y buen humor si uno, verdaderamente, quiere disfrutar la vida.
22 de febrero de 2026, 1:45 p. m.

Voy a escribir estas letras desde un lugar, ahora incómodo; desde el cuerpo, desde este cuerpo mío, hoy. Desde el dolor físico que grita, que maltrata, que llora por mí, que no pide permiso y que, con los años, deja de ser un accidente para convertirse en un visitante recurrente, que deja de llegar con dramatismo y comienza a aparecer como rutina.

Mientras escribo esto, atravieso una de esas crisis que ya reconozco sin necesidad de diagnóstico: la columna que se queja; la cervical que arde; los discos que desaparecieron; la palabra ‘crónico’, que descubrí por antonomasia de la mediana edad; el cuello que no quiere sostener la cabeza; el cráneo que quisiera desaparecer; los dedos que no se sienten; los hombros que hormiguean; la sensación de que el cuerpo, ese aliado silencioso de tantos años, de pronto decide hablar y, no precisamente, en voz baja.

Tengo discopatía cervical y lumbar degenerativa. La cervical es la que más me acompaña en este proceso de aprendizaje forzado. La lumbar, cuando aparece, es otra cosa: es crítica, es brutal, apuñala, es limitante. Pero hoy es la cervical la que manda y manda fuerte. He pasado varios días de hospitalización y de recuperación en esta lucha contra el dolor antes de poder sentarme a escribir.

Escribo porque necesito entender lo que me pasa sin llorar, sin victimizarme, sin sentir que este es un punto final. Escribo como quien encuentra un salvavidas, no para negar el dolor, sino para ponerlo en contexto. Para que no se vuelva el centro de la escena, porque el dolor físico tiene algo perverso: te repliega primero, te encierra. Te obliga a reducir el mundo al tamaño de tu malestar. De pronto se dejan los planes a un lado y solo se piensa en posturas de alivio, en minutos que pasan lento, en la esperanza de que algo ceda, en la hora del medicamento. El dolor es una puerta cerrada frente al deseo de vivir, pero no es una puerta sellada, no todavía, y aprender a distinguir esa diferencia es vital.

No quisiera decir que el dolor me ha llevado a esa narrativa romántica —y esto lo digo con todo el respeto por quien así le encuentre sentido a su camino— de: ‘Voy a vivir la vida como nunca antes’; ‘ahora sí voy a hacerlo todo’; ‘ahora sí voy a exprimir cada segundo’. No.

A mí, el dolor me envalentona y me vuelve observadora. Me sienta frente a la pantalla de esta película que es la vida y me obliga a mirarla con más atención, con más pausa, con más distancia. Tal vez porque, en algún lugar de la conciencia, aparece la idea de que algún día, simplemente, no la veré más y no necesito despedirme hoy para entenderlo.

El miedo es parte del paquete. Miedo a que el dolor avance, a que se vuelva permanente, a que la maquinaria se frene. Miedo a la cotidianidad de las palabras que empiezan a aparecer en las conversaciones con los médicos: cirugía, riesgos, probabilidades, incertidumbre.

En mi caso, la operación está ahí, como una posibilidad concreta, como una estación a la que sé que tendré que llegar, una puerta de vaivén que atravesaré con miedo o sin él.

No me engaño, me preparo, pero no solo para lo que le llegará a mi cuerpo como una nueva experiencia, sino sobre cómo enfrentar este enorme e inocultable nuevo punto de fuga en mi vida. Porque el verdadero temor no es solo al bisturí o al dolor agudo o a los riesgos médicos. El miedo más profundo es a ver cómo el cuerpo se transforma y entender que ya no responderá igual con operación o sin ella, porque sencillamente es cuestión de matemáticas, porque sí, porque el cuerpo empieza a detenerse poco a poco, año tras año y uno ve pasar la vida por delante mientras aprende a caminar a otro ritmo.

Por eso, insisto en que la transformación debería ser hacia una convergencia entre observación y buen humor si uno, verdaderamente, en esta etapa y en lo que viene, quiere disfrutar la vida.

La sonata del tiempo cambia de tono, se narra en otros bemoles. Ya no es un allegro permanente, ya no es una carrera. Es un baile distinto, menos frenético en el movimiento, pero más intenso en la experiencia, más pleno en la conciencia.

Tal vez no habría otra forma de prepararse para no perder de vista lo bello, si no fuera a través de esta intensidad silenciosa, de esta calma que se aprende a la fuerza, de esta satisfacción por lo vivido y por lo que aún se puede vivir. El dolor no es un castigo ni una derrota. Es un mensaje incómodo, a veces brutal, que nos obliga a ajustar el paso, a escuchar, a acompañarnos de otra manera.

A todos nos llega. A todos nos llegará. Todos envejeceremos. Todos nos iremos y la vida habrá pasado: grande, buena, rara, extraña, simpática, inmensa.

Hoy me duele el cuerpo, mientras escribo esto, pero también hago todo para que deje de doler porque mañana es un nuevo día, porque mañana volverá a salir el sol y veré los árboles, esos que tanto me gustan, y las montañas, y el cielo. Sonreiré, porque me gusta sonreírle a la gente, incluso cuando todo me duele. Aquí está este cuerpo reclamando su lugar en mi historia.

Pdta: Mi amiga, la maguita de mi alma, me enseñó que agradecer lo cura todo. Hoy decidí dar las gracias, incluso por aquello que no sabía o que creía que no podía estar agradecida.