OPINIÓN

Luis Carlos Vélez

Se nota el cambio

La diferencia de estilo y de ritmo en el inicio del mandato es notoria. Hay gerencia y comando; hay prioridades claras y una apuesta por recuperar la iniciativa.
18 de julio de 2026 a las 6:41 a. m.

Aunque Abelardo De La Espriella aún no ha asumido oficialmente, en pocas semanas el país se siente ya gobernado por un nuevo rumbo. Su arranque de trabajo, intenso y ordenado, contrasta con la imagen –en mi opinión, perezosa y poco efectiva– que dejó la administración saliente. Esa diferencia no es cosmética: tiene efectos sobre la economía, la seguridad y la percepción ciudadana, y esa percepción es política y económica en sí misma. Me explico.

En lo macroeconómico, el ambiente ha cambiado con rapidez. La tasa de cambio mostró una disminución, las tasas de interés de la deuda han cedido y, a nivel micro, se perciben señales de reactivación: mayor confianza empresarial, mayor disposición al crédito y expectativas de inversión más favorables. No es solo un cúmulo de cifras aisladas; es la reacción a un gesto de gerencia: cuando quien va a mandar transmite orden y claridad, los mercados y los actores privados ajustan comportamientos en consecuencia.

En lo social y en materia de seguridad, también hay un cambio de atmósfera. Existe una percepción generalizada de que el Estado recuperará su mandato de ley y orden, que terminarán las prebendas y concesiones a mafias y grupos al margen de la ley, y que la autoridad no será negociable. Esa esperanza –si bien exige resultados– proviene de señales concretas: nombramientos tempranos y explícitos, y la prioridad puesta en restablecer el tejido institucional.

Las primeras designaciones ministeriales han sido, en su mayoría, de personas con conocimiento profundo de sus sectores, experiencia comprobada y reconocimiento profesional. Ese es un punto importante: basta recordar que muchos ministros del Gobierno anterior parecían desconectados de las realidades que administraban, cuando no abiertamente hostiles a sus propios sectores. La profesionalización y el reconocimiento técnico importan: un canciller que domina idiomas, respeta el protocolo y entiende la diplomacia transmite lo que el país requiere para recuperar liderazgo y confianza en el exterior.

La agenda exterior ha sido un primer frente estratégico. Enviar al vicepresidente a Washington como primer gesto diplomático fue una decisión con mensaje claro: priorizar la relación con nuestro socio más importante en comercio y seguridad. No se trató de gestos meramente simbólicos; se trató de enviar una señal de que la política exterior cambiará de tono –de reclamos y distancias a cooperación, confianza y pragmatismo– y de que Colombia busca reinsertarse en redes de colaboración que han sido históricas.

Esa reinserción tiene una arista determinante: la relación con Estados Unidos condicionará buena parte del éxito económico y de seguridad del nuevo Gobierno. Pero también opera en sentido inverso: lo que la Casa Blanca logre en la región –en particular frente a las crisis en Venezuela, Cuba y México– influirá en las posibilidades de mantenerse en el futuro. La administración Trump y su equipo han puesto una hoja de ruta regional que algunos han llamado la “Doctrina Donroe”, un corolario al estilo Trump de la clásica Doctrina Monroe, que plantea una estrategia de reenganchamiento de América Latina basada en incentivos económicos y cooperación en seguridad, con el objetivo de contrarrestar la influencia de potencias como Rusia y China en la región.

Esta semana se sumó un elemento relevante: el anuncio por parte de Estados Unidos de una campaña contra lo que califican como terrorismo de izquierda radical. Ese posicionamiento probablemente reforzará la cooperación con Bogotá, dado que el nuevo Gobierno colombiano se define de manera nítida como alternativa a la izquierda radical en la región. Para quienes ven en esos grupos una amenaza, la convergencia con la política estadounidense puede significar mayor apoyo en inteligencia, coordinación operativa y fondos para seguridad y control fronterizo.

No todo está resuelto ni es automático. Los anuncios y las señales son el primer paso. La prueba estará en la implementación, en la persistencia de la política pública, en la coherencia institucional y en la capacidad de traducir promesas en resultados concretos: seguridad efectiva en las calles, inversiones que generen empleo sostenible y renovación de la confianza ciudadana en las instituciones. Además, una relación más estrecha con Estados Unidos deberá administrarse con equilibrio para preservar la autonomía diplomática y proteger intereses nacionales en otros frentes.

En todo caso, la diferencia de estilo y de ritmo en el inicio del mandato es notoria. Hay gerencia y comando; hay prioridades claras y una apuesta por recuperar la iniciativa. Eso, por ahora, ha cambiado expectativas y conductas. Ojalá ese impulso se mantenga, se traduzca en políticas públicas bien diseñadas y sostenibles, y no se agote en el entusiasmo inicial. Colombia necesita que el buen comienzo sea la base de un gobierno eficaz y duradero. Se nota el cambio. Ojalá se confirme.