Son dos mundos distantes, dos maneras opuestas de entender y hacer la política, de gobernar a sus compatriotas, de diferentes narrativas.
La primera es atropelladora, descarada, despótica, mentirosa, corrupta. Toleran la democracia para implantar la división y el encono entre sus nacionales, gobernar solo para los suyos y agarrar el bastón de mando y no soltarlo jamás.
En la orilla contraria, sin embargo, respetan el Estado de derecho, aceptan la alternancia del gobierno y promueven el diálogo.
Este fin de semana España acoge a las dos posiciones, con Venezuela de telón de fondo, la izquierdista en Barcelona y la derechista en Madrid.
Los dos máximos exponentes del socialismo trasnochado son el español Pedro Sánchez y nuestro Gustavo Petro. Ambos pisotean la división de poderes; insultan a sus oponentes; pactan con el diablo; tienen familiares imputados por corrupción, al borde de la cárcel, y un círculo íntimo tras las rejas o fugitivos.
El hermano de Sánchez, David, un vago y un incompetente al que regalaron un alto cargo, está procesado por prevaricación y tráfico de influencias. Pero al presidente le duele más la acusación de su esposa, Begoña Gómez, de malversación, corrupción en los negocios, apropiación indebida de fondos y el sempiterno tráfico de influencias.
Tanto Pedro como su ministro de Justicia, maestros en tergiversar hechos y narrativas, se dedican a calumniar y amedrentar al juez Peinado, que lleva el caso, y a señalar a los medios de comunicación que no tapan tropelías “sanchistas” de revolcarse en el fango.
Cabe recordar que el papá de Begoña era propietario de prostíbulos, que ella administraba, según extrabajadores, y que un tío, del mismo gremio, fue multado con 66.000 euros (281 millones de pesos) por abusar de 11 trabajadoras sexuales, algunas colombianas.
En cuanto a Nicolás Petro, la supera en número de delitos, seis en lugar de cuatro, y también su papá despotrica contra fiscales y la periodista que destapó el escándalo.
Además de familiares, los dos tienen a varios compañeros de sus entrañas respondiendo desde prisión, o fugados, por sus diversas fechorías. Sánchez y Petro coinciden en sostener que son ovejas descarriadas que traicionaron la causa y, ellos, víctimas sorprendidas que no se beneficiaron ni sabían nada.
El dúo presidencial concibe el poder como mecanismo para imponer sus deseos, aunque choquen con los más básicos principios democráticos y el progreso de sus pueblos.
La mirada hacia las dictaduras latinoamericanas es otro elemento común. La única diferencia es que Sánchez, al pertenecer a la Unión Europea, debe disimular sus sentimientos. Pero gobierna con un partido de ultraizquierda que el chavismo financió y respalda al maleante Zapatero, íntimo y socio de Maduro, Delcy y demás criminales.
Por esa razón, Sánchez, que eludía llamar dictador al tirano ahora preso, no secundó la iniciativa del Congreso español que reconocía el triunfo de Edmundo González. Prefería, al igual que Petro, pedir las actas electorales, pese a ser conscientes de la fraudulenta victoria.
Petro fue aún más descarado por no tener que responder ante sus vecinos ni ante la OEA –club de burócratas sin ruta ni voluntad de defender sus pilares fundacionales–. Mantuvo cinco encuentros con Maduro, jamás quiso recibir a opositores en el Palacio de Nariño y sigue lanzando dardos contra María Corina Machado.
En ninguna de aquellas reuniones alzó la voz para exigir el respeto a los derechos humanos y la liberación de cientos de presos políticos, ni siquiera de los colombianos. Pero insiste en clamar por la excarcelación del corrupto Jorge Glas, exvicepresidente del prófugo Rafael Correa, quien, a diferencia de los apresados del chavismo, cuenta con todas las garantías procesales. También se solidarizó con la ladrona Cristina de Kirchner cuando fue condenada por robar a manos llenas la plata de los argentinos. “La primavera democrática de América Latina está en peligro”, escribió al saber que su amiga iba presa.
Esa misma frase no la emplea para repudiar la tiranía castrista, más bien la romantiza al punto de afirmar que “los Castro cuidaron que los niños tuvieran comida, salud y educación”. Asegura que las sanciones económicas, y no el comunismo y la represión, son las responsables de la miseria de la isla. Mismo argumento que emplea para encubrir la tiranía cleptómana chavista.
Sánchez, por su parte, no se atreve a ir tan lejos cuando habla de Cuba y se limita a evitar llamarla dictadura.
El contraste con ellos estará en Madrid y lo encarna María Corina Machado, estandarte de la verdadera lucha por las libertades, de la política honesta y desprendida al servicio de los ciudadanos.
Ha sacrificado su vida por la democracia venezolana y la persecución sufrida simboliza la antítesis entre el chavismo despótico y atracador, que la izquierda que se reúne en Barcelona no condena con firmeza, y la derecha que respeta los derechos humanos, la separación de poderes y tiende una mano a quienes piensan distinto.
