OPINIÓN

Claudia Varela

Saber irte

A veces, el acto más grande de servicio no es quedarse.
11 de octubre de 2026 a las 10:10 a. m.

Hay una escena que se repite en las organizaciones con más frecuencia de la que nos gusta admitir. Lo viví y me marcó la vida en algún momento, alguien que fue brillante, que construyó equipos, abrió caminos, entregó resultados y dejó una huella evidente, de repente un día, casi sin darse cuenta, empezó a ocupar un cargo que ya no la necesita. O peor aún, un cargo del que los demás esperaban que saliera, aunque nadie se atrevía a decirlo.

Nos enseñan a llegar. A conquistar posiciones. A ganar relevancia. A ser promovidos. Pero parece que nadie enseña a irse a tiempo.

En el mundo corporativo existe una fascinación permanente por el ascenso. El siguiente nivel parece siempre más importante que el anterior, la permanencia se interpreta como estabilidad y, muchas veces, como éxito. Por eso resulta tan incómodo hablar de la retirada; me atrevo a pensar que culturalmente hemos asociado el irse con el fracaso, cuando en realidad puede ser una de las expresiones más sofisticadas del liderazgo.

Hay líderes que saben construir organizaciones. Hay otros que saben construir sucesores. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.

El problema aparece cuando confundimos nuestra identidad con nuestro cargo. Cuando dejamos de ser una persona que ocupa una posición para convertirnos en una posición que camina, habla y respira. En ese momento, cualquier conversación sobre transición se siente como una amenaza existencial. No estamos defendiendo una responsabilidad; estamos defendiendo una parte de nosotros mismos.

Y ahí comienzan las excusas. Quizás hayas escuchado: “Mi experiencia sigue siendo indispensable”, “no hay nadie preparado”, “este proyecto aún me necesita”.

Lo más duro es que en el caso que conocí esas frases solían repetirse justo cuando la organización ya empezaba a pensar distinto. Porque hay una verdad incómoda, casi nunca somos tan indispensables como creemos.

Las organizaciones sobreviven a fundadores, presidentes, directores ejecutivos y líderes legendarios. Sobreviven porque están diseñadas para hacerlo. La verdadera prueba de grandeza quizás no sea cuánto depende una organización de nosotros mientras estamos, sino qué tan bien funciona cuando ya nos hemos ido.

A veces quedarse demasiado tiempo produce un efecto paradójico. Lo que antes fue una contribución extraordinaria empieza a transformarse en un obstáculo invisible. Las nuevas ideas esperan permiso de una generación anterior. Los potenciales sucesores se impacientan o se marchan. La organización empieza a adaptarse alrededor de una persona en lugar de evolucionar para responder al futuro. Y entonces sucede algo que debería preocuparnos más que abandonar un cargo, dejamos de crecer, y no hablo de cargos sino de retos, de decisiones, de sueños. Nos acomodamos.

Yo diría que es una forma silenciosa de desgaste personal. Puede ser llegar a reuniones donde ya no sentimos curiosidad o repetir discursos que podríamos pronunciar de memoria. Tal vez defender modelos que en el fondo sabemos que están perdiendo vigencia.

Sin embargo, no siempre nos quedamos por ambición. A veces nos quedamos por miedo y el peor de todos es el miedo a perder relevancia cuando nuestra identidad está amarrada al cargo o al sueldo. Pienso que las carreras más admirables suelen tener un rasgo común, quienes las protagonizan supieron cerrar capítulos antes de que otros les pidieran hacerlo.

Irse de una organización bonita, con buen sueldo y reputación es valiente y un poco loco. Pero es una decisión que vale la pena cuando lo que quieres es dejar a tus sucesores en proceso y seguir soñando mientras la energía te llegue para cumplir y divertirte. No es no producir ni estar más allá del bien y del mal, es vivir, simplemente entender que la vida no es una única empresa.

Irse no siempre significa abandonar. Muchas veces significa evolucionar. Significa entender que nuestro legado no es la silla que ocupamos, sino las personas que quedan sentadas alrededor de la mesa tomando decisiones sin necesitarnos.

Y tal vez esa sea la pregunta más provocadora que cualquier líder debería hacerse de vez en cuando: Si mañana dejara mi cargo, ¿qué extrañarían de mí y qué harían quizás mejor?

Probablemente allí empiece la verdadera conversación sobre el liderazgo. Y sobre la humildad de entender que, a veces, el acto más grande de servicio no es quedarse.

Es saber irse.