Son capaces de todo. Es un Gobierno gansteril. Las revelaciones sobre la alianza de una funcionaria y su equipo de malandros, bautizados “la cloaca”, llegaron al extremo de sellar una alianza con una banda criminal para sacar del camino a una jueza molesta. Nada detiene a los encargados del trabajo sucio, el de derribar obstáculos sin límites ni escrúpulos, para mantener al presidente en el poder.
“Había que eliminarla (…) A palos aprende el burro”, confesaban los matones. Alias Cintia, matrona de la banda, admitió ante la policía que “la cloaca” le propuso “quitar de en medio” a la magistrada Beatriz Biedma, una profesional intachable e independiente, apegada a las leyes.
“El grupo investigado (‘la cloaca’) habría conformado una serie de actos encaminados a alterar el normal desarrollo del proceso judicial que afectaba al hermano del presidente del Gobierno”, reza un aparte del informe policial. En otras palabras: intentaron amedrentar a Biedma siguiendo a sus hijas y no descartaron matarla por tener contra las cuerdas, con pruebas irrefutables, al corrupto David Sánchez. Y por permitir que la audiencia judicial, donde desnudó la burda trama, fuese abierta al público y difundida en redes. No pudo el presidente, por tanto, manipular la realidad ni ocultarla, como es su costumbre desde que conquistó el poder hace ocho años.
No describo una situación de los violentos México o Rusia. Sucedió en España y el protagonista estelar, el encargado de esa y otras cloacas, es Pedro Sánchez, un gobernante canalla, una vergüenza para una nación democrática.
Y no es su único pecado. Su círculo íntimo en el PSOE está preso o imputado por robar dineros públicos sin pudor alguno. Sánchez pretende, como hizo Gustavo Petro, que sus compatriotas crean que él no sabía nada, que fueron manzanas podridas que traicionaron su confianza. Y que su esposa, Begoña, hija y sobrina de dueños de putiferios (su tío fue multado con 60.000 euros –217 millones de pesos– por explotar mujeres en su sórdido puticlub), no cometió los delitos que le imputan, que todo es persecución política.
En el colmo del descaro, ahora se pone al frente de la manada de plañideras para chillar ante la sospechosa y oportuna muerte de una señora de 87 años que desahuciaron los dueños del apartamento donde residía. Lo hace como si no fuese el responsable de una pésima política de vivienda, como si no llevara ocho años en el Palacio de la Moncloa. Y sus socios de ultraizquierda, en lugar de atacarlo por su incapacidad absoluta, acampan en la céntrica Puerta del Sol para lanzar diatribas contra la oposición de derecha.
Escogen ese punto, en lugar de otro donde señalen a Sánchez, porque alberga la sede de la Comunidad de Madrid, que preside Isabel Ayuso, del Partido Popular, que no tiene cartas en el asunto.
Acaban con los comercios de la zona, convierten una plaza emblemática en un hediondo basurero con el propósito de señalar de la crisis de la vivienda a la oposición.
De nada sirve que los datos arrojen que en el Gobierno Sánchez los arriendos subieron un 50 por ciento; o que no construyó ni un tercio de las viviendas prometidas. Señalan a la derecha y santas pascuas. Y que en Hospitalet (Cataluña) se suicidara una mujer por desalojarla, pero al ser alcalde zurdo, silencio absoluto.
Y como si no fuese bastante pútrida la jugada, comunistas y socialistas convocan huelga general contra el Partido Popular el 11 de noviembre. Aseguran que, si la derecha ganara las elecciones del 29 de ese mes, aplicarán una política de vivienda injusta. Es decir, inventan la novedosa huelga preventiva contra un Gobierno inexistente, que de pronto nunca llegue.
Es la manera de actuar de las caducas izquierda y ultraizquierda en todos lados, una ideología que desprecia el progreso, propone igualar por abajo, promueve la proliferación de los mediocres y los pobres por considerarlos su principal caudal electoral, y adora derruir los países que gobierna.
Sánchez lo demuestra con Ceuta, ciudad norteafricana, incorporada al reino hispano en 1580, mientras Marruecos, que la rodea, nació como Estado en 1956.
De 80.000 habitantes, la invadieron el 30 de julio unos 50.000 marroquíes y otros africanos. Sánchez, advertido días antes por sus servicios de inteligencia, no movió un dedo para impedirlo y se fue de vacaciones.
Los ceutíes viven una pesadilla desde entonces porque, si bien muchos invasores retornaron al megacorrupto reino de Marruecos, quedan unos 20.000, que siembran el miedo. Niños sin colegios ni canchas deportivas, ni parques ni playas, prisioneros en sus hogares, muertos del susto. Y adultos indignados que claman por el abandono del Gobierno.
La señora desahuciada le cayó al rufián Pedro Sánchez como maná del cielo para tapar el drama de Ceuta, y corrió a explotarla. Lo mismo pensará Gustavo Petro del terremoto, que ahonda la crisis económica que dejó y dificulta la gestión de De La Espriella. Por eso llama a un paro nacional. Solo busca destruir. Colombia le importa cero.
