OPINIÓN

Cristina Plazas Michelsen

La paz se firma en casa

Necesitamos un gran acuerdo nacional basado en la cultura ciudadana y en la formación de personas que respeten la vida por encima de todo.
15 de febrero de 2026, 9:30 a. m.

Hay golpes que no solo desgarran a una familia, sino que representan un tiro directo al alma de todos los colombianos. El asesinato de Gustavo Aponte y de Gabriel Gutiérrez es uno de esos impactos que nos obligan a detenernos, a respirar hondo y a reconocer que estamos condenados a repetir nuestras tragedias si no somos capaces de mirar hacia adentro y lo que realmente somos como sociedad.

El jueves asistí a la misa de su grupo de oración. El vacío era indescriptible. Sus padres estaban sumidos en una tristeza infinita; su esposa y sus hijos trataban de entender cómo seguir viviendo sin él, y quienes lo conocían no encontraban explicación para tanta crueldad.

Al verlos, una pregunta me retumbaba en el silencio: ¿qué vamos a hacer para que en Colombia la violencia no siga dejando hijos sin padres? Nadie debería despedirse de un ser querido en la mañana sin la certeza de que volverá a cruzar la puerta de su casa al final del día.

Frente a crímenes así, surge el clamor ciudadano y la impotencia de los mandatarios que ven cómo los jueces no actúan con la contundencia necesaria. Pedimos a gritos penas ejemplarizantes para esos criminales desalmados porque la impunidad es otra forma de violencia, una que deja a la sociedad desprotegida y envía el mensaje de que la vida no vale nada. Sin embargo, el castigo por sí solo es apenas un paliativo. Si nos limitamos a reprimir, estamos aceptando que la sangre siga corriendo porque no estamos cambiando la estructura que fabrica a los victimarios.

Como dijo el papá de Gustavo con un nudo en la garganta: “Este país tiene que cambiar”. Pero ese cambio debe ir más allá de los discursos tradicionales. Tenemos que mirar la raíz.

¿Cómo pretendemos una nación en paz si muchos de nuestros niños crecen bajo el peso del rechazo desde el vientre?

¿Cómo pedirle paz a un niño que ve a su madre sometida a golpes cada vez más brutales, creciendo con el terror constante de que la próxima vez ella no se levantará?

¿Cómo exigirle respeto por la vida si desde pequeño le enseñan que apretar el gatillo da poder y que la plata fácil vale más que la dignidad?

Hoy, que estamos a las puertas de elegir un nuevo Congreso y un nuevo presidente, esta debería ser la conversación central. Necesitamos un gran acuerdo nacional basado en la cultura ciudadana y en la formación de personas que respeten la vida por encima de todo. Pero ese acuerdo no puede ser un discurso más: tiene que empezar en la crianza y consolidarse en la educación.

El Estado tiene que asumir su responsabilidad y acompañar a los padres con herramientas eficientes para educar en una época que los desborda. Los niños crecen expuestos a un flujo permanente de información que supera su capacidad emocional para entenderlo. En medio de esa avalancha, la identidad se vuelve frágil. Ya no se preguntan ‘¿quién soy?’, sino ‘¿cómo me ven?’. Las redes sociales se han convertido en un espejo distorsionado que convierte la aprobación en medida de valor y reemplaza la identidad por aplausos digitales.

Hoy hay niños que gritan por ayuda en su conducta, en su rabia y en su silencio, y el país sigue sin prestar atención.

Si no aprendemos a escucharlos a tiempo, seguiremos lamentando lo que pudo evitarse. Esto no puede ser opcional. Cada colegio del país debe contar con un equipo psicosocial sólido. No podemos seguir dejando la salud mental para después. Es en las aulas donde se ganan o se pierden las batallas: allí se identifica al niño herido antes de que se convierta en un joven perdido; allí se cambia un destino antes de que se rompa para siempre.

Tenemos que lograr que ser bueno vuelva a ser lo verdaderamente admirable. Que nuestro referente no sea el ‘vivo’ ni el que se aprovecha, sino el que es decente. Que el prestigio no nazca de la astucia para sacar ventaja, sino de la valentía de ser honesto. Y esa redefinición comienza en casa, porque los hijos no se forman con discursos, sino con el peso del ejemplo: ellos aprenden lo que ven, no lo que se les repite.

En medio de este vacío, la vida de Gustavo deja una verdad sencilla: nada hace más feliz a una persona que ser buena. Él eligió servir, eligió ayudar, eligió estar para los demás. Y eso no lo borra la muerte. Se fue con el corazón lleno, con la paz de quien vivió haciendo el bien y sembrando amor a su alrededor. Ese es el legado que realmente importa. Y el que todos deberíamos dejar.

Esta tragedia nos recuerda que no tenemos la vida comprada. No guardemos el amor para después. No dejemos de abrazar con toda nuestra fuerza a quienes tenemos cerca. El amor y la bondad no deberían conocer espera, porque la vida es un suspiro y mañana no sabemos si estaremos aquí.

Que honrar su memoria no sea solo un acto de dolor, sino el comienzo de un compromiso real con un país distinto.