Si Homero aseguró que los dioses tejen guerras para que los poetas tengan algo que cantar, la nostalgia nos ha sido dada como fuente sensitiva de reflexión; como un titilar en el corazón con dejos de poesía, que nos concita a responder con filosofías para consolarnos de esta vida y de su vivir.
El nostálgico por excelencia, su prototipo y permanente compañero, en sus días y en sus noches, en su corazón y en sus sueños, en sus recuerdos y en sus esperanzas, es el peregrino hacia el exilio. Viaja él con la añoranza por lo que deja, viaja con el interrogante del lugar en el que plantará su nuevo hogar. Atado al camino, con cada uno de sus pasos se sentirá más extranjero.
El prototipo del pueblo peregrinante lo es el judío. No en el sentido de Chaucer. En sus Cuentos de Canterbury, sus voluntarios se aprestan, sonrientes, al sendero “cuando abril con sus dulces lluvias incita a los hombres a peregrinar”. Al contrario, los israelitas han sido unos emigrantes obligados, bien por otros poderes terrenales, bien por mandato del más allá.
Lo llevan en sus genes. Abraham, su padre fundador, que partió de Ur de los caldeos hacia Canaán, en peregrinación fundacional al escuchar la voz de Dios que le ordenó: “Sal de tu tierra y de tu parentela, y dirígete a la región que yo te mostraré”. Pasados muchos años, vinieron el hambre y la sequía en Canaán; y de nuevo emigrantes hacia Egipto. Después de un tiempo, fueron convertidos allí en esclavos; por eso, más tarde, capitaneados por Moisés, partieron hacia su libertad e iniciaron el Éxodo. 40 años a través del desierto y hacia el Sinaí: “Camino largo, el corazón con él viaja”.
Su más triste peregrinaje sucedió después de su derrota ante Nabucodonosor —tras destruida su ciudad, tras destruido su templo—, camino hacia el exilio babilónico, de 70 años. Pero se les concedió su profeta, para confortarlos. Y lo fue Ezequiel. Con él examinaron sus culpas y él les prometió que tendrían, después de sus penalidades y añoranzas, un corazón nuevo y un espíritu más fuerte. Y señalando hacia Jerusalén, así los convocó: “Ese es el lugar donde posaré las plantas de mis pies”.
Víctor Turner, en varios libros, pero especialmente en “Imagen y peregrinación en la cultura cristiana”, señala que en este tipo de peregrinajes operan procesos de igualdad; sus condiciones especiales transforman al individuo y a la sociedad; las estructuras de convivencia originan una comunidad de emergencia; para protegerse, los caminantes crean una conciencia de destino específica.
Israel ha sido el prototipo del pueblo peregrinante, por exigencia y por llamado. Por esto es el de la nostalgia, del exilio, del camino; de los despatriados, muchas veces sin hogar ni refugio. Paso a paso, suspirando por su solar y su querencia. Salmo 137: “Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza. Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare”.
Para clamar por esa nostalgia, escribieron la Biblia, el libro entre los libros, en donde depositaron sus consolaciones, sus lágrimas y su destino.










