OPINIÓN

Sofy Casas

Iván Cepeda, una amenaza para Colombia

No es un candidato convencional. Nunca lo fue. Es un cuadro político de línea dura, frío, calculador, disciplinado, diseñado para un objetivo final, el poder constituyente.
21 de diciembre de 2025, 9:00 a. m.

En Colombia hay quienes creen que lo que está ocurriendo con Iván Cepeda es apenas un fenómeno electoral, una encuesta más, una reunión más, un candidato más que entra al juego democrático. No. Lo que está pasando es otra cosa. Mucho más profunda, más estructural, más peligrosa. Estamos frente a un proyecto ideológico que no llega a competir, sino a sustituir el modelo democrático por su versión latinoamericana más conocida, el socialismo del siglo XXI. El mismo libreto que aplicó Hugo Chávez en Venezuela. Y el paralelo no solo existe. Es imposible no verlo.

En Venezuela, Chávez empezó igual. Primero se sentó con gremios y empresarios. Los tranquilizó. Les habló de confianza, de reglas claras, de participación. Hubo resistencia al comienzo, sí. Pero con el tiempo, una parte del empresariado se abrió al diálogo. Incluso hubo titulares celebrando su “normalización” con el sector privado. Hoy sabemos el resultado de ese guion que convirtió a un país con potencial en un territorio devastado. Venezolanos con hambre, empresas cerradas, inversión extranjera evaporada, propiedad privada demolida, medio millón de compañías desaparecidas y una nación en ruinas.

Algo peor aún, más de ocho millones de venezolanos hoy están regados por el mundo, expulsados por el colapso económico y político que dejó el chavismo. Un país que alguna vez fue próspero terminó sometido por una banda narco criminal enquistada en el poder, protegida por las armas, la represión y el negocio de la cocaína que sostiene a la narco-dictadura.

En Colombia, Iván Cepeda está en esa misma fase. Lugar exacto del libreto, la conquista del empresariado. Reuniones con gremios. Acercamientos con cámaras de comercio. Voces que antes se le enfrentaban ahora se abren al micrófono. Empresarios que antes advertían de su radicalismo ahora lo escuchan sin parpadear. Quienes deberían defender la libre empresa se están prestando para la legitimidad ideológica de un proyecto que no cree en el sector privado, sino que lo tolera como escalera para llegar al poder. Y esto no es un asunto menor. Los empresarios no están para maquillar una agenda política ni para servir de plataforma a proyectos refundacionales disfrazados de diálogo. El sector productivo existe para generar empleo, desarrollo, inversión y libertad económica, no para entregar su autonomía a intereses que buscan capturar el Estado.

Cepeda puntea en encuestas. Y cómo no. Lleva dos herramientas que ningún otro precandidato tiene, la maquinaria del Estado detrás de él y la presencia territorial de grupos armados ilegales que controlan amplias zonas del país. Más de 770 municipios en Colombia están hoy bajo influencia de estructuras narcoterroristas, mientras muchos candidatos no pueden entrar en esas regiones, pero él sí. Eso no es democracia. Es una elección donde el poder real no está en Bogotá, está en quienes controlan el territorio, la intimidación y el voto. Cuando el Estado pierde soberanía interna, pierde el país.

Cepeda no es un candidato convencional. Nunca lo fue. Es un cuadro político de línea dura, frío, calculador, disciplinado, diseñado para un objetivo final, el poder constituyente. Y ahí está la clave. Si Cepeda llega a la Presidencia, el libreto está escrito desde el primer minuto, convocar una Constituyente. No como reforma, sino como refundación. Exactamente como Chávez. Sin titubeos. Sin matices. Sin gradualismo. El día que Cepeda se ponga la banda presidencial será el día que Colombia deje de ser la democracia que conocemos para convertirse en el laboratorio comunista que necesitan las fuerzas que hoy cohabitan el poder armado y el poder político.

Esa Constituyente no sería un evento simbólico. Sería el fin del equilibrio institucional. El fin de la separación de poderes. El fin de la propiedad privada entendida como derecho inviolable. El fin del modelo económico abierto. El fin de las reglas internacionales de inversión. El fin del Congreso como contrapeso y no como decorado. El fin de la empresa privada como pilar de desarrollo.

Y los empresarios que hoy creen que “hablar con todos” es prueba de neutralidad se van a arrepentir cuando sea demasiado tarde, como pasó en Venezuela. Hubo quienes juraron que nunca ocurriría. Que no era posible. Que el país estaba blindado. Hoy la historia está escrita con cifras, expropiaciones masivas, arbitrajes internacionales, fuga de capital, un aparato productivo mayúsculo reducido a cenizas.

Colombia está a tiempo de evitar el espejo venezolano, pero solo si entiende lo obvio, Cepeda no está compitiendo por el Estado. Está compitiendo para rediseñarlo. Está compitiendo para refundarlo. Está compitiendo para reemplazar el modelo. Su narrativa no es de alternancia, es de ruptura. Su proyecto no es de gobierno, es de revolución constitucional. Y quienes minimizan esa amenaza lo hacen desde el privilegio de no haber vivido una dictadura incipiente.

El país está ante un punto de quiebre. Cepeda es la punta visible de un engranaje más grande, el petrismo con su chequera, el dominio territorial de estructuras ilegales, el silencio cómplice de parte del empresariado y el manual ya probado del neocomunismo latinoamericano.

Si Colombia no reconoce quién mueve las fichas del tablero, perderá la partida sin haberse sentado a jugar. Porque los países no se destruyen en un día, se destruyen cuando dejan de mirar lo que está frente a sus ojos.

Iván Cepeda representa el proyecto más peligroso que ha enfrentado Colombia en su historia democrática. Y no hay forma de maquillar esa verdad. Él lo tiene claro, llegar al poder para cambiar el sistema. La pregunta es si nosotros lo tenemos claro también.