OPINIÓN

Jorge Humberto Botero

Ídolo con pies de barro

Quizás la tormenta trumpista pronto se desvanezca.
3 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

Escrita por Tucídides, “La historia de la guerra del Peloponeso”, ocurrida en el siglo V a. C., sigue teniendo plena vigencia para entender las dinámicas de la política internacional y sus dos manifestaciones extremas: la guerra y la paz. Allí se incluye un texto fascinante, el “Diálogo de Melos”, entre una potencia hegemónica —Atenas— y las autoridades de una pequeña isla —Melos— que ya aquellos habían invadido. Leal a su propósito de actuar como historiador y no como teórico de la política, tarea que después desarrollaron Platón y Aristóteles, Tucídides no tomó partido a favor de ninguno de los protagonistas en esa conflagración.

Los atenienses propusieron la rendición de su contraparte, a la que los Melios respondieron que no la consideraban justa, y propusieron como alternativa que se aceptara su neutralidad en la guerra entre Atenas y Esparta. La contundente respuesta de los atenienses fue esta: “…ambos sabemos que en el razonamiento humano se decide en términos de justicia desde una posición de igual necesidad: de otro modo, los más fuertes actúan de acuerdo con su poder y los débiles ceden”. Luego reiteraron su posición anotando que “…estamos aquí para hablar a favor de la salvación de su ciudad. Queremos ejercer nuestro imperio sobre ustedes sin penalidades y que ustedes permanezcan con vida, de modo que esto resulte mutuamente útil”. Sin duda, consideraban que existen vínculos políticos en los que, a pesar de la asimetría entre los partícipes, todos pueden ganar,

Este breve texto es reconocido como el origen de dos escuelas diferentes para entender las relaciones internacionales. La realista, según la cual los distintos Estados actúan en función de sus propios intereses y, en pos de ellos, rechazan cualquier limitación que quiera imponérseles. Desde esta óptica, el lema trumpista: “America First” resulta superfluo: ningún gobernante aceptaría explícitamente que su propio país se encuentra subordinado por otro. En Venezuela, Delcy Rodríguez mantiene la ficción de que gobierna un Estado soberano, cuando el suyo ha sido convertido en una suerte de protectorado de los Estados Unidos. A ambas partes les conviene mantener esa ficción.

Existe también una escuela idealista. Para mitigar la posibilidad de que el “pez grande se coma al chico”, simplemente porque tiene el poder de hacerlo, es preciso establecer limitaciones a su capacidad de acción. Además, la estipulación de reglas de conducta por todos aceptadas es entendida como necesaria para garantizar la paz y cierta igualdad entre las naciones. Un esquema que hace posible que países hegemónicos, de rango medio y pequeños puedan convivir en paz.

Desde aquellas épocas remotas y hasta el siglo XV de nuestra era, cuando Francisco de Vitoria escribió los primeros tratados sobre el derecho internacional, primó, en los hechos, la escuela realista, a pesar de las posturas de los pensadores cristianos sobre la necesidad de darle al poder político un sustento moral. Nicolás de Maquiavelo, en el siglo XVI, alborotó el cotarro al escribir: “En las deliberaciones en que está en juego la salvación de la patria, no se debe guardar ninguna consideración a lo justo o lo injusto… sino que, dejando de lado cualquier otro respeto, se ha de seguir aquel camino que salve la vida de la patria y mantenga su libertad».

En las primeras décadas de la pasada centuria, los Estados Unidos actuaron como poder hegemónico. Esa situación cambió radicalmente al fin de la Segunda Guerra Mundial. La Unión Soviética, sin cuyo concurso no habría sido posible ganar la guerra en Europa, se convirtió en un rival poderoso, hasta el colapso de su modelo económico en 1989. Regresaron entonces los Estados Unidos a una condición de predominio en la política mundial que se ha debilitado como consecuencia del acelerado crecimiento de China. Esta es la realidad que Trump, con pocas posibilidades de éxito, quisiera revertir.

A pesar de estos vaivenes, los Estados Unidos, en general y con notables excepciones, han querido comportarse como una potencia benevolente, y no por generosidad, sino por conveniencia. Recordemos algunos hitos de esa trayectoria.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, el presidente Woodrow Wilson fue el artífice de la creación de la Sociedad de las Naciones, un noble proyecto que tuvo poco éxito. En junio de 1944, bajo el liderazgo del presidente Franklin D. Roosevelt, se realizó la conferencia de Bretton Woods, de la cual surgieron el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio. Los beneficios de sus acciones para muchos países son indudables.

Al año siguiente, tuvo lugar la creación de Naciones Unidas, una institución que muchos con razón critican, pero que, si desapareciera, todos lamentaríamos. Fue este un proyecto de Roosevelt que culminó su sucesor, el presidente Truman. La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948. Eleonore Roosevelt, una gran líder estadounidense, tuvo un papel destacado en la culminación de ese proyecto.

Al pasar revista a las acciones de Trump en su segundo mandato, es evidente la ruptura con valores, instituciones y tradiciones que, con el concurso de ambos partidos y de amplios sectores de la sociedad civil, los Estados Unidos le han aportado al mundo. Mencionaré algunas:

(1) Invadió a Venezuela para secuestrar a un tirano, aunque sin autorización del Congreso y de Naciones Unidas; (2) ordenó dar de baja en alta mar a presuntos narcos, en vez de capturarlos y someterlos a la justicia; (3) se ha otorgado el derecho de decidir si nuestros países están bien gobernados; en caso contrario, la doctrina “Maduro” puede ser de nuevo aplicada; (4) ha anunciado (así haya reculado después) su intención de apropiarse de Groenlandia; (5) sin ruborizarse, decidió darle lecciones a Europa sobre la adopción de medidas para evitar la decadencia de la “civilización occidental”; (6) creó, como proyecto puramente personal, una junta para la recuperación de Palestina: (7) invadió las competencias del Estado de Minnesota para adelantar redadas claramente violatorias de los derechos humanos; (8) ha impuesto de manera errática aranceles a las importaciones provenientes de muchos países, tanto por razones políticas como comerciales.

Detengámonos por un momento en esta cuestión. No existe fundamento jurídico ninguno, nacional o internacional, para imponer aranceles con el fin de forzar determinadas concesiones en beneficio de su país; y, lo que es peor, personales para Trump, su familia y sus protegidos. El fallo reciente de la Corte Suprema lo dejó establecido con nitidez.

En cuanto a los aranceles denominados “recíprocos”, que supuestamente castigan a los países que registran superávits en los flujos bilaterales de mercancías, es preciso anotar que lo que tiene relevancia económica es el comportamiento agregado de la balanza de pagos. Aunque esta es estructuralmente deficitaria, como la moneda de Estados Unidos constituye el principal medio de pago en las transacciones internacionales, estos pueden emitir dólares, hasta ahora sin limitaciones, para financiarse a tasas bajas en los mercados internacionales de deuda.

Las consecuencias de estas agresivas políticas no se han hecho esperar. Durante el encuentro anual en Davos en el pasado enero, el presidente Macron de Francia dijo que vivimos “un desplazamiento hacia un mundo sin reglas, donde el derecho internacional es pisoteado y donde la única ley que parece importar es la del más fuerte”. A lo cual añadió que “estamos matando la estructura que nos permite resolver los desafíos comunes que enfrentamos”. Y que “evolucionamos hacia un mundo sin gobernanza colectiva efectiva, donde el multilateralismo es debilitado por potencias que lo obstruyen o se alejan de él”.

Las palabras de Macron sirvieron de preámbulo a un discurso de elevado valor moral y enorme valentía de Mark Carney, primer ministro de Canadá. “Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre a dónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible”. A partir de este diagnóstico, destacó los acuerdos de comercio e inversión de su país realizados con la Unión Europea, China y Catar, y los avances en la misma dirección con la India, Tailandia y Mercosur. La intención es clara: no dejarse intimidar por su hasta ahora firme aliado.

El precedente canadiense seguramente va a expandirse hacia la formación de bloques de países no alineados, aunque no bajo los criterios que fueron utilizados en el contexto de la Guerra Fría. Hoy el escenario es otro. No hay dos polos, sino múltiples centros de poder; no existe un orden estable, sino una competencia abierta entre potencias grandes y medianas que disputan mercados, tecnologías, rutas marítimas, minerales estratégicos y narrativas globales. Por fortuna, ni Estados Unidos ni China controlan, entre otros, a Canadá, la India, Australia, Indonesia, Japón, Brasil, Francia, Gran Bretaña y Alemania.

Hace menos de un mes tuvo lugar la conferencia mundial de seguridad que tiene lugar en Múnich desde 1963. Siguiendo la antigua estrategia conocida como “policía malo, policía bueno”, Trump mandó al secretario Rubio para que tratara de calmar las aguas. Usando buenas maneras, reiteró las mismas posiciones imperialistas de su jefe. No basta un discurso amable, creo yo, para corregir fallas tectónicas.

En estas circunstancias, los Estados Unidos tendrán que esforzarse mucho más para recuperar la confianza de los muchos países que han padecido agravios y arbitrariedades en este año de pesadillas trumpistas. No les resultará tarea sencilla.

Epígrafe.Si los pícaros supieran las ventajas de ser hombres de bien, serían hombres de bien por picardía.”