OPINIÓN

Camilo Jaimes Poveda

Entre Davos y los chips

El dilema latinoamericano en la nueva geopolítica de la inteligencia artificial.
26 de enero de 2026, 11:00 a. m.

En nuestros días, la inmediatez se ha convertido en la regla general. Los videos en YouTube se reproducen a una velocidad de 1,25x; los reels de Instagram no superan los 15 segundos para captar la atención y lograr el anhelado “engagement”, como lo denominan los expertos en marketing. Cursos relámpagos, noticias y hasta doctorados sobre IA hacen parte de una avalancha informativa que nos empuja a buscar sus ventajas.

Lo venden como una fórmula mágica para aumentar la productividad con el fin de disfrutar más del tiempo libre. Hasta Elon Musk ha señalado que en 2040 o 2050, no será necesario trabajar porque los robots y las aplicaciones harán la mayor cantidad de trabajo por nosotros. Podremos dedicarnos a la contemplación o a levantarnos por la mañana y no hacer más na’, como lo canción del Gran Combo de Puerto Rico. Imaginemos a Robotina, de los Supersónicos (1962), o los androides de la aclamada serie Humans (2015), hechos realidad.

Sin entrar a describir las preocupaciones laborales, económicas, éticas, militares y hasta pedagógicas que han expuesto los críticos, la inteligencia artificial es un desarrollo que llegó para quedarse y transformar el mundo. Por ello, no está exenta de las batallas diplomáticas, de poder y de una carrera tecnológica que define alianzas, dependencias y posiciones estratégicas. Latinoamérica puede llegar tarde y con los recursos naturales como única moneda de cambio.

Desde 1971, el Foro Económico Mundial se reúne en la ciudad de Davos (Suiza) para conversar sobre los retos y riesgos mundiales. A este asisten presidentes de países, líderes empresarios, intelectuales, periodistas y todo aquel que tenga la trayectoria suficiente para escuchar o exponer. En su edición de 2026, el lema fue ‘Un espíritu de diálogo’, reflejo de la intención de servir como plataforma neutral en un escenario internacional marcado por la fragmentación, la confrontación y un cambio tecnológico acelerado.

En Davos, la inteligencia artificial fue uno de los ejes centrales de reflexión, señal inequívoca de que no se trata de una moda pasajera ni de una burbuja impulsada por tecnonacionalistas. Jensen Huang, presidente de NVIDIA, empresa clave en la industria de chips, y que llama la atención porque siempre utiliza una chaqueta negra de cuero a sus 63 años, explicó que cuando se refieren a la IA no se reduce a las aplicaciones visibles. Estas, de hecho, constituyen la capa más superficial. En la base se encuentra la energía que hace posible encender el sistema; luego, la producción de chips, esas piezas rectangulares que procesan la información en los dispositivos electrónicos y que son de lo más desarrollado que ha creado el hombre; después, las infraestructuras de computación en la nube en la que se almacena la información; posteriormente, las conocidas plataformas como ChatGPT, Gemini, Copilot o DeepSeek, entre otras, y finalmente, las mencionadas aplicaciones o los agentes.

Latinoamérica puede tener un papel relevante en esta nueva economía, pero por ahora, somos consumidores pasivos. Las campañas de marketing nos sirven para intentar navegar en la última capa y sacar “provecho” de la IA, obviamente pagando. Paralelamente, como rasgo recurrente de la región, se avanza en manuales, políticas públicas y regulaciones, muchas veces más rápido que en capacidades técnicas o productivas: más normas que realidades.

Países como México y Brasil han iniciado con pasos más retadores, están haciendo sus propios supercomputadores, sistemas capaces de procesar billones de datos en segundos para resolver, con mayor precisión y control, problemas públicos en salud, desastres naturales o en seguridad y no estar pendiente del pago de la suscripción, un asunto de soberanía digital.

En este contexto, los recursos naturales vuelven a adquirir relevancia. Los minerales críticos y tierras raras que abundan en la región y la disponibilidad de energía pueden atraer inversiones estratégicas, pero también existe el riesgo de repetir esquemas extractivos que recuerdan etapas de la historia regional. Hoy, por ejemplo, Brasil exporta tierras raras; en el ‘triángulo del litio’ entre Argentina, Bolivia y Chile hay litio, cobre y níquel. Todas esenciales para las baterías y chips. En Colombia, en la Orinoquía y en muchas otras zonas se explotan ilegalmente coltán y tantalio, perpetuando ciclos de ilegalidad y violencias.

Esto para algunos no cambiará debido a nuestra dependencia tecnológica, y porque las inversiones en tiempo y dinero son muy altas. Además, estas decisiones se insertan en una carrera por la supremacía tecnológica entre EE. UU. y China. Sus efectos ya se sienten en Latinoamérica, desde presiones políticas hasta el encarecimiento de bienes cotidianos tan básicos como un celular, un computador, una lavadora. Porque sí, todo, todo tiene un chip o RAM que aumenta su costo y se encarece a medida que la competencia geopolítica se intensifica.

Medidas como la adoptada por el presidente argentino Javier Milei, al reducir impuestos a la importación de celulares y ciertos electrodomésticos para fomentar competencia y bajar precios, tienen un impacto limitado. El consumidor regional sigue condicionado por decisiones que se toman en foros, fábricas y mares lejanos.

Las preguntas que surgen son: ¿cuál es el verdadero desafío de Latinoamérica en temas de inteligencia artificial?, ¿será la inserción en la cadena de producción entregando minerales?, o ¿el aumento de productividad y generación de dinero al tener talento y creación de aplicaciones?, o ¿generar políticas y colaboración con el sector privado para aumentar nuestra soberanía y generar valor? Fatalismo, realidad o ilusiones.

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