OPINIÓN

Luis Guillermo Giraldo Hurtado

El orador y el alcohol

De Gaitán se aseguró que a veces no podía recordar lo que había dicho en algunos discursos de multitudes.
3 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

Discursos de gran importancia ha habido, e incluso algunos han salvado a la humanidad. Churchill, con su valiente y poética oratoria, mantuvo firme a la acorralada Inglaterra frente al triunfante Hitler; y, hasta su victoria, con su voz nos libró de quien pretendía ser el amo del mundo.

Sin embargo, se trataba de un orador atípico. Cuando a su hijo Randolph le comentaron lo bien que improvisaba, sonrió y aclaró: ¡no se imaginan cuántas horas permanece ante el espejo ensayando y memorizando sus intervenciones! (En ese sentido, bajando a mi parroquia, recuerdo lo que me dijo un concejal: esta noche tengo que preparar mi “improvisación” para la sesión de mañana).

Para efectos de este escrito, anótese que Churchill consumía a diario alguna cantidad de licor, pero con medida. De hígado privilegiado, en una ocasión retó a quienes lo acusaban de gran consumidor etílico y les respondió: “He sacado más del alcohol de lo que el alcohol ha sacado de mí”.

En la otra cara de la moneda están los oradores peligrosos. Son aquellos de plaza y balcón, que, aunque hoy resultan obsoletos y están en vías de extinción, aún conservan algún público adicto y de base. Porque ante la multitud se extasían, ebrios de palabras, de frases, de ataques y de misceláneas. Improvisando —en verdad improvisando—, cuando alguna nueva idea les llega por asociación, así sea descabellada o riesgosa, la agarran al vuelo, la desarrollan, la profundizan, la adornan, la afilan, la engordan, la estallan, la vuelven más incisiva, de tal forma que parece que la incendiaran con alcohol. Le rinden pleitesía y la llenan de furia, y así se la inoculan a la multitud. Con lo cual le dan la razón a Platón, en “Gorgias”: que la retórica es una droga placentera, que seduce el alma, que incita, pero no necesariamente hacia la verdad.

Ya la neurociencia ha demostrado que tanto el alcohol como los aplausos generan dopamina en el orador, la del goce, la hormona que tiene que ver con las adicciones. Con oído de narciso se oye a sí mismo y, adicto a las ovaciones, pasa por varios tipos de éxtasis. Como el de ciertos poetas, como Rubén Darío, que bajo los efectos del licor trazó muchas poesías (pero las corregía después). Esos oradores, los de los discursos así llevados, sienten el placer del actor, conscientes de que todo el público estará pendiente de sus gestos y palabras. Por eso, con especial frecuencia, necesitan, con cualquier pretexto, convocar manifestaciones masivas. Y en ese papel de plaza actúan, se adornan, con la voz modulada, muy serios, con los ojos entrecerrados, con cara de reto o de burla, con la mandíbula elevada y el ceño fiero. Ciertos oradores, muy reincidentes, comienzan a creer que su voz es omnipotente y que su discurso retumbará allende el resto de la humanidad y la historia. Como en los borrachos, se les impone el “flow”, o estado de flujo, en donde las palabras parecen salir solas, sin filtro, sin control. Puede haber imprudencias costosas, con explicaciones y aclaraciones posteriores. En casos extremos, graves, casi un suicidio político.

De Gaitán se aseguró que a veces no podía recordar lo que había dicho en algunos discursos de multitudes. Aunque era abstemio, después de sus conferencias en un teatro bogotano, los oyentes salían como borrachos a apedrear las anteriores instalaciones del periódico El Tiempo.

Algo hemos progresado hoy, pues después de ciertos discursos, con alcohol por parte del interviniente, eso no ha ocurrido. Como en el pasaje cervantino: “Y luego, in continente, caló el chapeo, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada”.

Tal vez solo se fue a conversar con Donald Trump.