OPINIÓN

Redacción Semana

El giro a la derecha en Colombia

En el universo de hoy, de polarización y redes, el único camino de la derecha es la opción popular. Así lo muestra el mundo.
28 de febrero de 2026, 6:05 a. m.

La política colombiana está en un punto de inflexión: todo indica que el país camina hacia un giro “de derecha popular”. No es una moda pasajera ni un capricho mediático; es el resultado acumulado de frustración, miedo y desapego político, y se inscribe en una oleada regional documentada por expertos internacionales. Me explico.

Brian Winter lo advertía en una de las más recientes ediciones de Foreign Affairs: “La verdadera efervescencia revolucionaria de hoy en América Latina es, fundamentalmente, de derecha”. Michael Reid, en The New York Times, complementa la idea: “Para millones de votantes... el miedo a una dictadura de izquierda ha resultado más potente que el temor a una derecha autoritaria”. Contundente.

Ese giro no nace de la nada. El rechazo constante a la llamada “casta” política –esa red de clientelismo, complacencia y mala gestión que ha gobernado durante décadas– empujó en 2022 a respaldar a Gustavo Petro como voto de castigo y promesa de cambio. Pero la política exige resultados; cuando la percepción ciudadana es que la seguridad se deteriora, que el narcotráfico avanza en corredores críticos, que la corrupción no cesa y que la prosperidad sostenible tarda en materializarse, el electorado vuelve a buscar soluciones fuera de las cartas tradicionales. Mejor dicho, cuando los decentes se vuelven indecentes, entran en la bolsa de lo tradicional y la gente los rechaza.

Winter, en Foreign Affairs, lo resume con cifras y tendencias: la preocupación por la inseguridad y el auge del crimen reorganizan preferencias políticas a favor de líderes que prometen mano dura y reformas rápidas. Por su parte, Reid, en The New York Times, añade que, tras la pandemia y la crisis venezolana, “los votantes buscan seguridad y cómo llegar a fin de mes”.

Es allí donde flota la posibilidad de una derecha popular: una oferta política que combina discurso antiestablecimiento, promesas de orden y medidas promercado que se presentan como la única alternativa creíble frente al desorden.

No es una receta pura: la nueva derecha regional mezcla mano dura en seguridad con políticas sociales populares –lo vimos en Bukele y, en otro formato, en Milei– y en su núcleo contiene dos claves que interesan a Colombia. Primera: el electorado acepta (o tolera) medidas extraordinarias si siente que la institucionalidad no le entrega seguridad. Winter subraya que encuestas regionales muestran una creciente disposición a sacrificar libertades por orden. Y segunda: hay un apetito por reformas económicas que prometan crecimiento y empleo, reformas que signifiquen, sobre todo, mayor prosperidad no dependiente de un Estado paquidérmico, lento, corrupto e ineficiente.

Pero el tránsito hacia esa alternativa topa con un primer obstáculo local: la derecha tradicional –encabezada, en Colombia, por fuerzas como el Centro Democrático–, que todavía controla estructura partidaria y clientelas. Si esa derecha clasicista no entiende que el electorado ya no responde a las antiguas fórmulas, corre el riesgo de perder ante opciones más disruptivas. Winter lo plantea con crudeza: la derecha tradicional debe “comprender lo que está pasando en el mundo y lo que dicen las encuestas”. Reid, por su parte, recuerda que la durabilidad del giro dependerá de si los nuevos líderes pueden realmente mejorar la vida cotidiana: seguridad, empleo, servicios públicos.

En el escenario colombiano, la pregunta central es política y práctica: ¿puede la derecha tradicional adaptarse y ofrecer soluciones creíbles que cierren el paso a una izquierda radical que podría debilitar controles democráticos?

Si Colombia sigue el camino de algunos vecinos, la derecha puede derrotar a la izquierda radical que hoy polariza; pero para que ese triunfo sea sostenible, debe ofrecer más que castigos y promesas tecnocráticas. Debe presentar un contrato social renovado que devuelva confianza y paz.

El reto es, en suma, de clase política y sociedad. La derecha del establecimiento debe entender que, a los ojos de la gente, forma parte del problema y que, por lo tanto, en orden de mantener un sistema alineado con sus preceptos, es necesario su alineamiento con la derecha popular. Y en el caso del resto de la opción, para permitir este giro, deberá reconocer también que sus propuestas no emocionan, no llaman a la acción y, teniendo en cuenta la gravedad de lo que se vive en el día a día, tampoco representan una verdadera solución a los problemas cada vez mayores de nuestra nación.

Si gana Cepeda, es porque la oposición no entendió el verdadero clamor de la gente, y la izquierda ha demostrado hasta el cansancio que capitaliza del ego y la tragedia que derivan las pequeñas diferencias. En el universo de hoy, de polarización y redes, el único camino de la derecha es la opción popular. Así lo muestra el mundo. Si entiende que esa es la única fórmula que el electorado quiere desde esa orilla de pensamiento y que realmente es la que le puede hacer frente la izquierda radical, millonaria, corrupta en el poder, habrá colaborado en la preservación de lo que queda del Estado de derecho y las libertades. Si no lo comprende, será cómplice de la profundización del Gobierno actual.