Luego de los cuarenta, honestamente, lo descubrí pasados los cincuenta, la amistad deja de ser un adorno y se convierte en estructura. Ya no está para llenar agendas y mucho menos para sumar fotos. La amistad comienza a aparecer para no caerse, para poder reír hasta la incontinencia, para no enloquecer del todo. La amistad en esta etapa no hace ruido, no entra con promesas exageradas ni con planes que no se van a cumplir. Llega, se sienta en la cocina, se sirve un café sin necesidad de preguntar y se queda, porque todos los implicados queremos que así sea y porque uno finalmente entiende, hombre, que se sabe, pero no se experimenta con verdad hasta una cierta edad, que lo único absolutamente valioso es lo que permanece.
Durante años nos vendieron la idea de que el gran relato de la vida era el amor romántico.
Que ahí estaba el éxito emocional, la épica, la validación social y mientras tanto, casi sin darnos cuenta, la amistad hacía el trabajo pesado: escuchar cuando el matrimonio se agotó, acompañar después del divorcio, sostener cuando los hijos se fueron, aparecer cuando los padres empezaron a necesitarte más de lo que imaginaste.
La amistad entre los cuarenta y los sesenta es diferente. No es la del colegio ni la de la universidad, donde bastaba con compartir tiempo y secretos. Es una amistad que sobrevive a agendas imposibles, cuerpos cansados, cambios hormonales, duelos, reinvenciones laborales y aturdidoras preguntas existenciales que llegan sin aviso. Es una amistad que entiende que no siempre se responde el mensaje, pero que siempre se responde el vínculo.
Hay amistades que no preguntan ‘¿cómo estás?’, sino ‘¿llegaste bien?’, ‘¿necesitas que pase por ti?’ y eso, aunque no suene épico, es amor en su forma más honesta. Amistades que no compiten, no comparan, no vigilan. Que no se incomodan con tus silencios, celebran tus logros, que te quieren sin envidia, sin competencia y que te acompañan sin lástima.
Hay algo que nos regala la vida, en la mediana edad, y es la certeza de que la amistad no es cantidad, es calidad emocional. No es sumar personas a tu alrededor, sino saber realmente con cuántas puedes ser tú, sin maquillarte el alma. Amigas y amigos con quienes es posible decir ‘no puedo más’ y sentirte frágil, sin estar en peligro. Amigos que no te dan soluciones rápidas, pero que no se van mientras atraviesas el caos. En un mundo que nos empuja a competir, a compararnos y a rendir cuentas permanentemente, la amistad es resistencia. Es elegir el cuidado mutuo, es tejer con delicadeza, con compromiso y con dedicación, una red silenciosa que evita que nos rompamos cuando la vida, el cuerpo o el sistema nos aprietan.
A partir de los cuarenta, y no te digo ya de los cincuenta y más, la amistad se vuelve más selectiva, más honesta y, curiosamente, más luminosa. Ya no hay tiempo para vínculos tibios, ni para lealtades a medias. Uno hace limpiezas emocionales, a veces sin darse cuenta, y otras muy conscientemente, y sigue adelante con aquellos con quienes sabes que estás en las buenas y en las malas y que te acompañan en las mismas condiciones. La amistad madura no dramatiza, no manipula, no reclama atención constante. Acompaña, punto. Me apetece pensar que no le hemos dado el valor suficiente a eso, al acompañar, y que lo asumimos como un algo más, cuando en realidad es un todo, completo, extenso, excelso, algo que se aprende y que requiere determinación, introspección y mucho encanto.
Tal vez por eso, cuando todo se cae, una relación, un trabajo, una certeza, cuando hay que mirar hacia el pasado y responsabilizarse de las malas decisiones o cuando es momento de continuar y se puede, e incluso se debe, brillar en la alegría con reposo, la amistad permanece, porque no promete salvarte, pero te recuerda quién eres cuando se te olvida. Te devuelve la risa, la perspectiva y esa dignidad que a veces se nos pierde entre responsabilidades.
Hoy celebro esa amistad que con tanta dulzura nos abraza, que no exige protagonismo, que no se va cuando eres uno y otro y sigues buscándote y que te cuida ahí, en tu esencia porque te ve, te reconoce y te valora así, sin más. Esa amistad que entiende que crecer también es elegir con quién caminar; porque al final, en esta franja extraña y poderosa de la vida, la mediana edad, donde las reservas emocionales son una poción mágica de té con torta y de abrazos reales, ya no se trata de lo que llegó o se fue, sino de las manos amigas que estuvieron cuando más lo necesitabas y eso, aunque no salga en las películas, es una forma sólida, adulta y absolutamente maravillosa, de ser feliz.
P.D: Para mis amigos, el milagro cotidiano, el bello clan que hemos ido construyendo.










