
Opinión
Diez años del fenómeno migratorio, seis años de la Fundación Juntos se puede
Se dice fácil: diez años del hito que marcó el inicio del mayor éxodo humano en la historia del continente. Ríos de personas desafiaban los conceptos de frontera creados por el hombre, obligándonos a repensar la humanidad misma.
A mí, personalmente, me tocó en el 2017. Por primera vez crucé aquel famoso puente que se había convertido en el mayor símbolo del fracaso del modelo político venezolano o, peor aún, de la política de represión de un régimen que convirtió la crisis humanitaria en una política de Estado.
Ese año lo atravesé en ambos sentidos, trabajando en la Comisión de Frontera de la Asamblea Nacional y soñando con una ley binacional de fronteras. Lo que no sabía era que, al año siguiente, ese mismo puente levantaría un muro que me impediría volver a casa.
En 2018, un 8 de marzo, llena de miedo, volví a sentirme segura en Cúcuta. Con lágrimas en los ojos, pero con la posibilidad de caminar en libertad, inició un nuevo capítulo en mi vida. Entonces entendí en carne propia lo que significaba una población en busca de protección y derechos, disfrazada y catalogada por la comunidad internacional como “migración”.
Recuerdo ese año, marcado por un contexto electoral: la niñez en situación de calle, los caminantes en las carreteras, familias pidiendo dinero en los semáforos, la imposibilidad de regularización para los más vulnerables, el debate público sobre los venezolanos y los ojos del mundo puestos en nuestro país. Yo, sin rumbo claro, encontré en ese diciembre lejos de casa la chispa que encendería la semilla de lo que más tarde se transformaría en la institución que hoy cumple seis años.
El sentimiento de distancia y la necesidad de reencontrarnos con los nuestros nos llevó a una conclusión: una manera de sentirnos mejor era ayudando a los nuestros. Pero para hacerlo, primero debíamos comprender la situación. Por eso recorrimos las fronteras, escuchamos y entendimos las realidades que vivía nuestra gente.
En ese camino apareció una oportunidad: la Federación Nacional de Departamentos, que se convirtió en un espacio para aportar a la política migratoria. Allí aprendí la visión del Estado, sobre todo del nivel local, el que enfrentaba directamente los desafíos del fenómeno de movilidad humana proveniente de Venezuela.
Con esa nueva motivación surgió una esperanza de cambio, la posibilidad de volver a casa. Pero esa esperanza se apagó en medio de la multitud y de la frontera, siempre protagonista de esta historia.
Después, la visión del mundo sobre un gobierno interino en Venezuela me llevó a aportar desde allí. Intentamos dar a los venezolanos la certeza de que siempre habría un lugar al cual volver, con una mano amiga que los recibiera. Sin embargo, la política terminó por interponerse.
Alguien me dijo una frase que cambió todo: “Cambia la estrategia, no el plan”. Y así nació Juntos se puede. Una institución que, cuando todo parecía oscuro durante la pandemia, se atrevió a entregar 15.000 mercados y a convertirse en sede de vacunación para migrantes, ayudando a bajar la tensión política en medio de la austeridad.
Una institución que decidió pasar de la ayuda humanitaria al desarrollo, con aliados que muchos no imaginaron, pero que creyeron en nosotros y nos dieron su voto de confianza.
Hoy, Juntos se puede es una organización que ha crecido, que se ha convertido en referencia, que decidió crear su propio modelo basado en la visión de eliminar la pobreza y promover el desarrollo. Una institución que no solo actúa, sino que piensa, que pone ideas en el debate y genera incidencia.
Son seis años de trabajo, un camino nada fácil, construido con el aporte de muchos que pusieron su granito de arena. Seis años de incidencia en dos gobiernos distintos y contrapuestos.
En este nuevo contexto electoral, esperamos que los candidatos que piensan en el desarrollo de Colombia entiendan que la migración puede ser una respuesta frente a las brechas estructurales que aún impiden que el país dé el salto de economía emergente a país desarrollado.
Para ello, esta institución seguirá en pie, como un aliado en la construcción de una gobernanza público-privada, donde el tercer sector no sea solo un actor de veeduría que exige, sino un corresponsable real en la transformación.