OPINIÓN

Camilo Noguera Pardo

Del comunismo al progresismo radical y liberal

Se ha transformado en un progresismo radical y liberal que reproduce las herencias de aquella tradición ideológica en las aulas académicas, las leyes, las agendas políticas.
17 de abril de 2026, 11:00 a. m.

Desde hace algún tiempo se ha difundido la idea de que el comunismo ya no existe. Promovida por un universo progresista que incluye ONG, organismos multilaterales, tribunales constitucionales, facultades universitarias, medios de comunicación y ciertos liderazgos políticos, la negación del comunismo, lejos de ser un dato exacto y una afirmación rigurosa desde el punto de vista histórico y filosófico, es una opinión ligera que funciona como una estrategia astuta para facilitar la circulación de agendas generalmente progresistas, con el fin de que puedan transitar sin que se asocien con el comunismo.

Pues bien, ante la posible confusión respecto de si el comunismo se extinguió o sigue vigente, en los párrafos subsiguientes muestro que el comunismo no se acabó, sino que se actualizó. Mis argumentos son dos, a saber: primero, la continuidad de sus fuentes intelectuales a lo largo del tiempo, que de ningún modo han desaparecido, sino que se han reformulado y reubicado en nuevas gramáticas éticas, estéticas, jurídicas, políticas y sociales; segundo, la cristianofobia, es decir, la persistencia de una actitud de abierta confrontación con el cristianismo.

Desde el giro antropológico ateo de Ludwig Feuerbach, que redujo la experiencia de lo divino a mera proyección humana, pasando por la síntesis materialista de Karl Marx y Friedrich Engels —herederos críticos de la dialéctica de Georg Wilhelm Friedrich Hegel—, hasta su traducción política en Vladimir Lenin, se configura una tradición que no se agota en el siglo XX. Esta misma corriente encuentra una inflexión decisiva en Antonio Gramsci, que desplaza la lucha hacia el terreno cultural, abriendo el camino para que, décadas más tarde, pensadores como Herbert Marcuse y la Escuela de Frankfurt reformulen la crítica en clave social y simbólica.

Posteriormente, se incorporan las aportaciones de Michel Foucault y Jacques Derrida, quienes contribuyen a fragmentar las nociones clásicas de verdad, poder y lenguaje. En este marco, autores como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe radicalizan la dimensión discursiva de la política, desplazando la centralidad de la clase hacia la articulación de identidades.

Pero el tema de la identidad va más allá. Autoras como Judith Butler, Shulamith Firestone, Monique Wittig, entre otras, desarrollan una línea de pensamiento que escinde conceptualmente el sexo del género, entendiendo este último como una construcción social, histórica y discursiva. Y será a partir de tal tejido argumentativo —en diálogo con los planteamientos de Simone de Beauvoir— que se abrirá el camino para otra bandera del progresismo radical y liberal: la ideología de género.

En el contexto latinoamericano emerge la teología de la liberación. Esta corriente incorpora en el ámbito teológico categorías analíticas del marxismo, tales como la lucha de clases y la lectura estructural de la pobreza.

Otro argumento central para sostener la vigencia del comunismo es la persecución contemporánea al cristianismo que opera el progresismo radical y liberal. Aunque distinta en sus métodos de la ejercida por regímenes comunistas del siglo XX, comparte con aquella un carácter igualmente radical en su fin: la erosión sistemática de la tradición cristiana en la sociedad.

En resumen, el viejo materialismo dialéctico de lucha de clases derivó en un progresismo que hoy dirige su hostilidad prioritaria contra el cristianismo. Y es que si antes se quemaban iglesias en nombre del proletariado, ahora se las quema en nombre de la inclusión y de los “derechos”, y se persigue a la comunidad cristiana a través de instrumentos jurídicos. Se trata, en últimas, de una transformación en las herramientas —de la coerción directa a la regulación institucional— mediante las cuales se redefine el lugar del cristianismo en la cultura.

Por consiguiente, la persecución a los cristianos no debe comprenderse como un fenómeno ni aislado ni superado del comunismo internacional, sino como una realidad más amplia y definitivamente actual, que el progresismo radical y liberal densifica, y que consiste en el vaciamiento de lo sagrado. De este modo, la antigua hostilidad frontal cede paso a un proceso sistemático de desacralización, en el que los signos, los espacios y las prácticas que históricamente han estructurado la vida cristiana son reinterpretados, marginados o sustituidos dentro de una lógica secularizante, cuando no abiertamente atea.

En conclusión, el comunismo no ha desaparecido. Se ha transformado en un progresismo radical y liberal que reproduce las herencias de aquella tradición ideológica en las aulas académicas, las leyes, las agendas políticas y en determinadas expresiones culturales que terminan por configurar los imaginarios sociales.