
Opinión
Decisión: suicidarse
“Danny logró crear un final feliz para una vida de 90 años. No lo habría logrado si hubiera dejado que la naturaleza siguiera su curso”.
Recibió el premio Nobel por sus estudios sobre la toma de decisiones. El año pasado cumplió 90 años y tomó la decisión de suicidarse. No tenía una enfermedad terminal ni padecía dolores atroces. Optó por suicidarse preventivamente. Daniel Kahneman fue toda la vida profesor de psicología en Israel, Canadá y Estados Unidos. No era economista, pero en 2002 le concedieron el Premio Nobel de Economía “Por haber integrado conocimientos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo referente a la toma de decisiones en condiciones de incertidumbre”. Los economistas creían que todo el mundo toma decisiones económicas racionales, es decir, pensando en su propio interés y bienestar. Kahneman demostró que eso no era cierto, no porque la gente actúa de manera irracional, sino porque las personas son emocionales, inconsistentes, endebles y se creen sus propios engaños, es decir, son humanas. En otras palabras, descubrió que todos metemos la pata.
En marzo del año pasado, Kahneman viajó de Nueva York a París. Con la familia estuvo caminando por la ciudad, comió suflés y mousse de chocolate, visitó los museos.
Desde París empezó a enviar correos electrónicos a varios amigos avisándoles que su vida terminaría pronto. A otros allegados les había comunicado la noticia con mayor anticipación. Esos correos se publicaron recientemente: “Esta es una carta de despedida que envío a mis amigos para contarles que estoy camino a Suiza, donde mi vida terminará el 27 de marzo. Desde la adolescencia he creído que las miserias e indignidades de los últimos años de la vida son superfluas, y obro con base en esa creencia. Sigo activo, disfrutando de muchas cosas de la vida (excepto las noticias diarias) y moriré feliz. Pero mis riñones están en las últimas, la frecuencia de mis lapsus mentales va en aumento y ya tengo 90 años. Es hora de irme. No es de extrañar que algunos de mis seres queridos hubieran preferido que esperara hasta que fuera evidente que mi vida no merecía prolongarse. Pero tomé mi decisión precisamente porque quería evitar esa situación; la decisión tenía que ser prematura. Agradezco a las pocas personas con las que compartí al principio, quienes, a regañadientes, decidieron apoyarme. Tras tomar la decisión, descubrí que no le temo a no existir y que considero la muerte como dormirse y no despertar. El último período no ha sido realmente difícil, salvo porque presencié el dolor que causé a otros. No sientan lástima por mí. No me avergüenza mi decisión, pero tampoco me interesa hacerla pública. La familia evitará dar detalles sobre la causa de la muerte en la medida de lo posible, ya que nadie quiere que sea el tema central de los obituarios. Por favor, eviten hablar de ello durante unos días. Gracias por ayudarme a que yo hubiera tenido una vida buena”.
El 27 de marzo de 2024, Kahneman se quitó la vida en Suiza, con la ayuda de la asociación Pegasos, que no exige que los pacientes estén enfermos. En Suiza el suicidio asistido es legal. En Pegasos insertan un tubo intravenoso en el brazo para aplicar el pentobarbital, pero el paciente debe girar la rueda que permite el paso del barbitúrico. La persona se duerme en un minuto y muere poco después.
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Un periodista que conoció al nobel durante muchos años se pregunta ahora: “No entiendo del todo por qué sintió que debía irse. Su muerte plantea profundas preguntas: ¿cómo tomó la decisión definitiva la máxima autoridad mundial en toma de decisiones? ¿Cuán fielmente siguió sus propios preceptos sobre cómo tomar buenas decisiones? ¿Cómo encaja su decisión en el creciente debate sobre las desventajas de la longevidad extrema? ¿Cuánto control tenemos, y deberíamos tener, sobre nuestra propia muerte?”. Agrega: “La vida era, sin duda, muy valiosa para él. Kahneman y su familia judía pasaron gran parte de su infancia escondidos de los nazis en el sur de Francia durante el Holocausto. Decía que los perseguían como conejos”.
Un amigo psicólogo comenta: “Supongo que sentía que se estaba desmoronando, tanto cognitiva como físicamente. Y realmente quería disfrutar de la vida y creía que cada vez sería menos placentera. Sospecho que elaboró un cálculo hedónico de cuándo las cargas de la vida empezarían a superar los beneficios, y probablemente previó un declive muy pronunciado a principios de sus 90 años. Nunca he visto una muerte mejor planificada que la que diseñó Danny”. La esposa del nobel murió en 2018 de demencia vascular y su madre sufrió un período largo de declive cognitivo.
Otro amigo indicó: “Lo cierto es que, siguiendo este plan tan bien pensado, Danny logró crear un final feliz para una vida de 90 años. No lo habría logrado si hubiera dejado que la naturaleza siguiera su curso”.