Hay preguntas que parecen tener una respuesta obvia en el mundo corporativo, pero que en realidad esconden una verdad más profunda. Durante mis casi 20 años de trayectoria liderando la expansión de marcas y asumiendo roles de dirección en diferentes países, me han preguntado muchas veces cuál es la clave para sostener el éxito.
Llegué a posiciones directivas creyendo que las respuestas estaban exclusivamente en las estrategias, en los planes de negocio y en los indicadores de rentabilidad; y aunque todo eso es fundamental, hoy, con la experiencia que dan los años y los retos superados, puedo decir con absoluta certeza que los resultados más extraordinarios no nacen de la estrategia perfecta, sino del estado interior desde el cual actuamos.
Durante mucho tiempo mi enfoque estuvo puesto en abrir nuevos mercados y consolidar equipos. Sabía cómo estructurar un plan comercial, cómo negociar y cómo alcanzar las metas; pero descubrí que había algo más profundo que sostenía todo eso, una base innegociable sin la cual cualquier éxito hubiera sido efímero: el amor.
Amor por lo que hago, por las personas que me acompañan en el camino y por el proceso mismo, incluso cuando la marea está en contra. Entendí que sin esa raíz, el liderazgo se queda en discursos vacíos. Pero con ella, se convierte en una fuerza capaz de movernos hacia resultados que a veces ni siquiera imaginamos.
De esa base nacieron cinco pilares que hoy forman mi fórmula de vida y quiero compartir.
El primero de ellos es elegir ser feliz por decreto. No se trata de un optimismo ingenuo que ignora los problemas, sino de una decisión íntima y poderosa: decretar, desde la alegría y la convicción, que el camino que emprendemos va a prosperar. Aprendí que cuando decides ser feliz por decreto, cambias tu óptica frente a las crisis porque despejas la mente para que las ideas fluyan y te conviertes en un ancla de certidumbre para quienes te rodean.
Esa decisión me llevó al segundo pilar: la convicción del ‘sí se puede’. Es la certeza mental de que cualquier barrera puede superarse. Cuando este pensamiento se instala en tu cabeza, el miedo al riesgo disminuye. Implica actuar con agudeza, no paralizarse ante la incertidumbre y saber que el enfoque y la resiliencia siempre abren un camino donde parecía no haberlo.
Pero la determinación sola no basta. Ahí entendí la importancia de la fe. Nosotras hacemos nuestra parte: trabajamos duro, ejecutamos con excelencia y gestionamos la adversidad, pero un gran aprendizaje en el liderazgo es saber soltar el control absoluto y confiar en que, si sembramos con rigor y con el corazón, la vida y el universo nos van a respaldar.
Al unir esa capacidad de ejecución con una confianza plena, entramos en un estado maravilloso: la gratitud.
Agradecer trasciende la cortesía. Es vivir conscientes del privilegio de liderar, del impacto que generamos y de abrazar los frutos de nuestro esfuerzo. Es la pausa necesaria que nos prepara para la etapa más trascendental porque todo este recorrido nos lleva a un punto: un amor que salva.
En la soledad que a veces acompaña la toma de decisiones difíciles, este amor no es romántico. Es un estado de paz y de fuerza vital. Es el ancla que te rescata de la duda, que te sostiene en el agotamiento y que te impulsa a seguir evolucionando frente al siguiente gran desafío.
Hoy miro hacia atrás y comprendo que esta fórmula es un círculo perfecto. Ese amor que salva me devuelve al inicio, recargada y lista para volver a decretar mi felicidad.
Por eso comparto esta fórmula, porque cuando las mujeres integramos este ciclo en nuestras vidas, transformamos la visión de nuestros negocios y nos convertimos en fuerzas creadoras. Y si algo me ha enseñado este camino es que cuando una mujer lidera desde su autenticidad, no solo cambia su propia historia, sino que inspira a muchas otras a encontrar y abrazar su propio poder.
Rosine Dallos Jabbour, directora de Topara
