Hay decisiones que no se toman en una sala de juntas, algunas se toman en una mesa, con una copa de vino al frente.
Lo he visto durante años, reuniones que empiezan tensas, conversaciones que no avanzan, silencios incómodos, hasta que alguien pide una copa de vino y algo cambia.
Porque elegir un vino no es un acto técnico, es un acto de lectura, de contexto, de entender quienes están sentados contigo.
La mujer que pide un Sauvignon Blanc a las 3 p.m. en una reunión larga, está marcando un ritmo: claridad, agilidad, conversación fluida.
La que se inclina por un tinto estructurado en una cena importante, está diciendo otra cosa: profundidad, tiempo e intención de quedarse.
Por eso, uno de los errores más comunes es: pedir vino para impresionar.
Pedir el más caro, el más complejo, el que está de moda, como si el vino fuera una demostración y no una conexión. Y ahí es donde se rompe ‘algo’, porque la persona que intenta impresionar con un vino intimida, distancia y la experiencia se transforma.
En cambio, el vino correcto, ojo, no el perfecto, une.
Y esa lección no solo aplica en las mesas donde se negocia, también está en las otras; en las que no hay decisiones estratégicas, sino risas.
En un lunes cualquiera que se alarga más de lo pensado, en una botella compartida sin plan, sin expectativa, ahí también el vino cumple su papel.
Y lo hace sin reglas, sin esa sofisticación que durante años lo hizo parecer exclusivo de unos pocos. Porque el vino no es un lenguaje reservado para expertos, es una experiencia para vivir con la familia, con los amigos.
A veces es un vino rosé que refresca una conversación ligera.
Otras es un tinto abierto sin ceremonia, que acompaña una noche que nadie planeó recordar y eso también es criterio: saber cuándo entender la mesa y cuándo simplemente disfrutarla.
En un mundo donde todo comunica: cómo te vistes, cómo hablas, cómo decides, lo que pides también habla por ti, porque refleja tu autenticidad, pues al final, no se trata de impresionar con el vino, se trata de entender para qué está ahí. Y cuando lo entiendes, pasa algo poderoso: la mesa cambia y las personas también.
Fadia Badrán, fundadora y CEO de Grupo Madero
