OPINIÓN

Lorena Prada

El susurro de Aristóteles

No votar en un momento decisivo se convierte en una incomodidad difícil de ignorar. Este acto personal de la columnista se transformó en una pregunta sobre la historia y las ideas heredadas, que han construído un sistema que aún pesa sobre las decisiones políticas y sociales de las mujeres.
10 de abril de 2026, 10:26 p. m.

“No voté. ¿Pueden creerlo? En uno de los momentos más críticos del país, me atreví a la indiferencia. No estaba enferma; estaba en la ciudad. Y por mucho que quisiera decir que fue un acto político, fue un fallo en mi arquitectura. Aparentemente, la pereza fue una razón suficiente. El problema no fue que

no pude votar, fue que no quise. Y no dejo de preguntarme si, por un instante, Aristóteles habría podido decir: ‘se los dije’."

Hace dos semanas fueron las elecciones de miembros del Congreso y yo, que leo ávidamente sobre política y tengo como hobby predecir resultados presidenciales sin equivocarme desde hace dieciséis años, simplemente no fui. El trasnocho de un concierto de Rufus du Sol fue el caldo de cultivo perfecto para el autosabotaje. La contradicción que inspiró esta columna es simple, aunque elegí quedarme en la cama, estuve el día entero siguiendo en tiempo real los resultados de un proceso del que decidí no formar parte. El absurdo de narrar el partido como experta sin haber tocado el balón.

Al final del día, una amiga sacó el tema. Una amiga que sabe que la política me apasiona y cuánto llevo hablando de la importancia de las decisiones electorales para el rumbo del país, especialmente este año. En ese momento sentí algo, pero no fue culpa. Tal vez un poco de pena, pero el sentimiento dominante fue desconcierto. ¿Por qué no fui a votar? Lo que más me perturbó no fue no haber votado, sino lo fácil que fue no hacerlo.

Entonces me empecé a incomodar de verdad. Mi absentismo no fue falta de interés, fue algo más difícil de nombrar. Una confirmación de mis sospechas. Mi voluntad no siempre ha sido solo mía, y para que realmente lo sea, hay que hacerle una autopsia al pasado.

Mi primer acto forense fue una pregunta perturbadora: ¿y si hay una parte de mí que cree que mi voto no importa tanto? Que el rumbo lo deciden otros.

Aceptar que esa idea pudiera existir y, peor aún, que influyera en mis decisiones fue profundamente inquietante. Me obligó a enfrentar el hecho de que, a pesar de todos mis esfuerzos, mi vida sigue oscilando entre lo que creo conscientemente y lo que no he logrado soltar, porque no recuerdo cómo lo aprendí. El peso de dirigir un guión que no pedí y del que ni siquiera sé quién lo escribió.

Ahí recordé a Aristóteles, ‘el padre de la lógica’, como me enseñaron en el colegio. Él decía que las mujeres éramos varones incompletos, producto de un embarazo defectuoso y, por lo tanto, intelectualmente incapaces de decidir o ejercer poder político, entre otras cosas. Fue un filósofo con una influencia tan devastadora que, aun sin evidencia científica, sus dogmas se asumieron como verdad durante más de 2.500 años. Ideas que ayudaron a justificar que, por más de dos milenios, las mujeres no tuviéramos derecho al voto; una exclusión convenientemente aceptada y convertida en pilar de la ingeniería social que aún estructura el mundo.

Tuvieron que pasar dos mil trescientos años para que una mujer, Olympe de Gouges, se atreviera a desafiarlo y la ejecutaron por eso. En Colombia tardamos 166 años más en obtener el derecho al voto, apenas en 1957. Por eso me resulta aterrador que, en un sistema electoral con raíces más antiguas que el propio Aristóteles y en un país donde las mujeres llevamos apenas 69 años ejerciendo ese derecho, aún haya mujeres, como yo, que así sea por una vez, decidamos no hacerlo.

Cada marzo abundan las publicaciones de “Feliz Día de la Mujer”, pero aún más los comentarios que recuerdan que no se celebra, se conmemora. Y tienen razón. Pero no se conmemora que nos hayan dado voz, sino que una voz que siempre existió por fin es legal. Es una fecha que nos recuerda que ese derecho costó sangre. Costó la guillotina para quienes se atrevieron a afirmar que, si las mujeres éramos aptas para ser juzgadas y condenadas, también debíamos serlo para ejercer derechos políticos.

Fue necesaria una guerra mundial, la primera, para que la sociedad empezara a entender, a la fuerza, mientras los hombres morían en el frente; que las mujeres no solo podemos dar vida. También sostenemos la economía, la producción y al mismo Estado.

E inevitablemente me surgieron más preguntas: ¿mi decisión de no votar fue realmente solo mía?, ¿69 años de voto son suficientes para borrar el impacto colectivo de dos mil años de silencio ?, ¿ o simplemente me estoy justificando ?

En pleno 2026 ya no hay duda de que Aristóteles estaba equivocado. Sin embargo, la inercia sistémica de más de dos mil años repitiéndonos que nuestras decisiones no tenían valor, que no podíamos, que no éramos capaces, que no teníamos criterio, que éramos seres defectuosos e incompletos, aún no ha desaparecido por completo. Las leyes se cambian con una firma; el cerebro, en cambio, tarda siglos en ponerse al día, igual que la memoria colectiva. Por eso hay ideas que, aunque al oírlas suenan absurdas, arcaicas, incluso imposibles, permanecen entretejidas como una telaraña invisible en la cultura, la literatura, los sistemas educativos, la música y, sin darnos cuenta, en lo más profundo de nuestro propio sistema de creencias.

La libertad exige una enorme capacidad de autocrítica y conciencia histórica. El cerebro toma decisiones milisegundos antes de que seamos conscientes de ellas. Cuando levantas una mano, la corteza motora ya se activó antes de que tú fueras consciente de haberlo decidido. Eso no significa que no tengamos voluntad, pero sí que lo que llamamos ‘libre albedrío’ es, en buena medida, una historia que nos contamos después de que el cerebro, nuestras experiencias de vida y miles de años de condicionamiento ya eligieron por nosotros.

Aun así, estoy convencida de que mi voluntad puede volver a ser solo mía, de que podemos adueñarnos de nuestras decisiones, porque no siempre fue así. Mucho antes de la antigua Grecia y del sistema político como lo conocemos hoy, cuando ni siquiera existía la necesidad de votar, todo era distinto. Antes de que la humanidad se volviera sedentaria, antes de la agricultura y de la propiedad privada, antes de la necesidad de heredar y de convertir la paternidad en un hecho legal y la fertilidad femenina en un asunto económico.

Antes, cuando la crianza era comunitaria y la tierra no pertenecía a nadie sino a todos, nadie necesitaba controlar el cuerpo, la voz ni las decisiones de los demás. Y aunque tampoco había libertad plena, porque la supervivencia lo ocupaba todo, conocer esa parte de la historia me sirve para recordar que con el voto no me dieron una voz, me la devolvieron.

Hoy, aún imperfecto, el mundo me permite algo que antes no existía, diseñar mi vida en mis propios términos. Mi tarea ahora es asegurarme de que el susurro de Aristóteles nunca más decida por mi.

Esta columna hace parte de la serie Cómo terminamos aquí, que examina el origen histórico, cultural y psicológico de decisiones personales contemporáneas para comprender cómo fuerzas invisibles del pasado siguen influyendo en la vida cotidiana.

Lorena Prada es CEO y fundadora de Dermaclub S.A.S.