OPINIÓN

Luchy Mejía

Cuando callar legitima el abuso

En esta columna, la autora reflexiona sobre cómo la falta de seguridad psicológica en entornos personales y laborales no solo permite el abuso, sino que lo perpetúa. Advierte que el verdadero desafío es cultural: construir espacios donde hablar no tenga costo emocional.
31 de marzo de 2026, 8:52 p. m.

En medio de conversaciones recientes que han puesto sobre la mesa situaciones de irrespeto en distintos entornos, vale la pena hacer una pausa y mirar más allá del hecho. No para evadirlo, sino para comprender lo que lo hace posible.

Porque el problema no es solo lo que ocurre.

Es lo que se calla. Lo que se normaliza. Y lo que, por omisión, miedo o indiferencia, se permite.

Desde la psicología clínica y organizacional, una de las mayores equivocaciones es subestimar el impacto emocional de estas experiencias. No son simples “situaciones incómodas” sin trascendencia. Son eventos que desregulan profundamente a la persona.

Cuando alguien se siente expuesto, intimidado o vulnerado de manera sostenida, su sistema emocional entra en estado de alerta. Aparecen la hipervigilancia, la ansiedad anticipatoria y una tensión constante que no siempre se ve, pero sí se siente. Emociones como la vergüenza, la culpa o la impotencia —especialmente cuando existe una relación de poder— se instalan en silencio.

La exposición prolongada a violencia psicológica incrementa el riesgo de ansiedad, depresión y trastornos asociados al estrés. Pero hay un impacto aún más profundo y menos visible: el identitario.

No solo afecta lo que la persona siente.

Se afecta quién cree que es.

La autoconfianza se debilita, la voz interna se fragmenta y el valor personal se distorsiona. Cuando esto ocurre, el daño deja de ser circunstancial y se convierte en una herida que acompaña la historia de quien lo vive.

Pero esto no sucede en el vacío. Sucede dentro de sistemas.

Las organizaciones, como cualquier sistema humano, reflejan lo que permiten. Cuando no existe seguridad emocional, el impacto es inevitable: disminuye el compromiso, aumenta la rotación, se pierde talento y el clima se deteriora.

Por eso, hoy más que nunca, es necesario llevar la conversación a un plano estructural: la seguridad psicológica y la asertividad emocional.

Las personas deben sentirse seguras para hablar, poner límites, preguntar o expresar incomodidad sin miedo a represalias. Donde esto no existe, el silencio se convierte en norma. Y el silencio, lo sabemos, es el mayor cómplice de cualquier forma de vulneración.

Aquí el liderazgo es determinante.

Un líder no solo gestiona resultados.

Define lo que es aceptable. Modela la forma en que se ejerce el poder.

Liderar implica crear espacios donde la dignidad no se negocia. Donde nadie tenga que pedir permiso para existir, opinar o marcar un límite. Porque cuando la dignidad se honra, disminuyen drásticamente las probabilidades de que el poder se distorsione.

Y hay algo que no podemos dejar de decir:

Lo que no se nombra, se normaliza.

Y lo que se normaliza, se perpetúa.

Nombrar no es exagerar. Nombrar es un acto de conciencia y, desde mi experiencia estudiando las emociones, también es un acto de sanación. Poner en palabras lo que ocurre reduce la carga emocional y le devuelve a la persona algo esencial: su capacidad de elegir y actuar.

Más allá de las normas, los protocolos o las políticas —que son necesarios—, el verdadero desafío es cultural y humano. Todos tenemos la responsabilidad de construir entornos donde la seguridad psicológica y emocional sea una experiencia cotidiana. Donde el respeto no sea un discurso, sino una práctica.

La dignidad no es negociable. Cuando comprendemos —no solo desde lo racional, sino desde lo emocional— que cada persona ocupa un lugar legítimo, cambia la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.

Se transforman las conversaciones.

Se redefinen los límites. Se eleva el estándar de convivencia.

Y cuando eso ocurre a nivel colectivo, las culturas cambian.

No se trata solo de prevenir conductas.

Se trata de formar conciencia.

Porque donde hay seguridad psicológica y asertividad emocional, el abuso —en cualquiera de sus formas— deja de tener espacio.

Luchy Mejía, Master Coach – Experta en Emociones - CEO Potencial Humano Integral y LuchyAcademy