Confieso algo: desde que llegué a trabajar a una compañía de snacks me he descubierto observando mis propias decisiones de consumo con mucha más curiosidad.
Soy mamá, una mujer que intenta cuidarse, comer mejor, hacer ejercicio y llegar a la siguiente etapa de la vida con salud. Ahora leo etiquetas, trato de entender ingredientes, he eliminado alimentos y después los he vuelto a incluir. Me preocupa el azúcar, pero me encanta el chocolate, y quiero comer balanceado para disfrutar del placer de un buen bocado.
Y mientras algunos llegamos a estas reflexiones con los años, veo con entusiasmo cómo las nuevas generaciones empiezan a hacerse estas preguntas mucho antes. Se interesan por lo que comen, por su bienestar y por el impacto de sus decisiones. Algo debemos estar haciendo bien como sociedad si hemos logrado que estas conversaciones comiencen cada vez más temprano.
Quizás el desafío ahora sea enseñarles a las nuevas generaciones a encontrar su propio equilibrio, pues me atrevería a decir que no estoy sola en este devenir de encontrar ese difícil balance entre lo que sabemos que nos hace bien y aquello que simplemente nos hace felices.
El consumidor de hoy está lleno de aparentes contradicciones. Quiere cuidarse, pero también disfrutar; busca conveniencia y practicidad, pero cuestiona el procesamiento; pide ingredientes más simples y, al mismo tiempo, innovación; quiere empaques sostenibles, pero productos asequibles; exige información, pero no necesariamente se esfuerza por entender una etiqueta. Pero no es un consumidor incoherente, sino profundamente humano.
Quizás por eso una de las cosas que más me ha sorprendido al regresar, después de muchos años al mundo del consumo masivo de alimentos, es descubrir cuánto cambió el consumidor a imagen de la evolución de la humanidad.
Hoy nuestras decisiones de compra hablan mucho más que de precio. Preguntamos qué contiene un producto, de dónde viene, cómo fue producido, qué impacto genera y hasta qué representa la compañía que está detrás. Y seguimos buscando pequeños momentos de indulgencia. Y ahí aparece una tensión que me parece fascinante: ¿En qué momento empezamos a asociar nuestras elecciones de alimentación con sentimientos de culpa o aprobación?
Como mamá conozco bien esa presión. Queremos enseñarles a nuestros hijos a alimentarse bien. Preparamos loncheras, negociamos verduras, controlamos excesos y tratamos de construir hábitos que esperamos los acompañen toda la vida. Spoiler: la vida rara vez transcurre en los extremos, aunque parezca empeñada en llevarnos de uno al otro. Y la alimentación no es la excepción. Por eso, quizás nuestro mayor desafío como padres no sea enseñarles a nuestros hijos qué está permitido y qué está prohibido, sino darles las herramientas para informarse, desarrollar criterio propio y tomar decisiones conscientes.
Sin pretender reemplazar la conversación científica, quisiera aportar una reflexión desde mi experiencia como consumidora y, ahora, desde la industria.
He escuchado del snaqueo consciente. Con el tiempo, he encontrado detrás del concepto una idea muy poderosa: prestar atención a qué elegimos, por qué lo hacemos y cómo lo comemos, sin eliminar de la ecuación el disfrutar. Y así encontré una apuesta que conecta con mis propias inquietudes: mejorar los perfiles nutricionales y los ingredientes de los productos, ofrecer alternativas para distintos momentos de consumos, brindar información clara y orientación sobre las porciones y promover hábitos de alimentación positivos desde una comercialización responsable.
Estoy convencida que el desafío no debería ser construir una relación ‘perfecta’ con la comida. Tal vez sea suficiente una relación en la que podamos elegir mejor y con conciencia la mayoría de las veces, sin convertir cada excepción en una derrota. Reconocer la importancia de las porciones, sin vivir contando. Disfrutar sin confundir disfrute con exceso y cuidarnos sin castigarnos, ya que comer conscientemente también debería significar comer en paz.
Silvia Barrero Varela, directora de CGA Wacam & Venezuela de Mondelēz
