La industria del bienestar ya alcanza los 6,8 billones de dólares en el mundo y se proyecta que llegue a 9,8 billones para 2029, según el más reciente Global Wellness Economy Monitor, del Global Wellness Institute. Una cifra que supera ampliamente el valor estimado de la industria farmacéutica global, de 1,8 billones de dólares, y que sigue creciendo.
Cada semana aparece una tendencia nueva: péptidos, suplementos que prometen rejuvenecer, ingredientes milagro, terapias de moda, baños de hielo, retiros, rutinas de skincare, protocolos de longevidad, aplicaciones de meditación y dispositivos para mejorar el sueño.
El bienestar dejó de ser un estado para convertirse en un mercado.
Y aquí está la pregunta incómoda que llevo tiempo haciéndome, incluso trabajando dentro de esta industria: de todo lo que se vende como bienestar, ¿cuánto realmente funciona y cuánto es solo una promesa de marketing?
No creo, sin embargo, que debamos caer en ninguno de los dos extremos. Ni romantizar el bienestar como si fuera un ideal estético que se alcanza siguiendo la rutina de moda, ni presentarlo como algo inalcanzable, reservado para quienes tienen tiempo, dinero y disciplina de sobra.
La verdad está en un punto más honesto y más humano: cada persona es un universo.
A esto se le suele llamar bioindividualidad. La idea parte de reconocer que no existen fórmulas universales y que cada cuerpo puede responder de manera diferente a los alimentos, los hábitos, las rutinas y las herramientas que incorporamos a nuestra vida. Lo que funciona para una persona puede no funcionar, o incluso resultar inconveniente, para otra.
Lo que a mí me funciona puede que a ti no te sirva.
Por eso me preocupa ver rutinas generalizadas y protocolos idénticos aplicados a necesidades completamente distintas. El bienestar no es una receta única. Es un proceso profundamente personal, que requiere autoconocimiento y responsabilidad, no un ejercicio de copiar y pegar.
También vale la pena recordar algo sencillo. Nuestro organismo cuenta con mecanismos naturales para mantener un equilibrio interno, un proceso conocido como homeostasis. Sin embargo, vivimos hiperconectados e hiperproductivos, midiendo nuestro valor por lo que logramos en un día y, muchas veces, sin saber descansar sin culpa.
Además, nos hemos alejado de espacios y hábitos que pueden ayudarnos a recuperar ese equilibrio: la naturaleza, el movimiento, la luz natural, el silencio y el descanso.
Por eso, estoy convencida de que necesitamos preguntarnos cuánto de nuestra vida actual está diseñado para nuestro bienestar y cuánto, por el contrario, nos mantiene permanentemente acelerados.
El bienestar real puede ser mucho más sencillo de lo que la industria nos vende.
Pasar tiempo en la naturaleza, moverse, así sea caminando todos los días, comer alimentos reales, gestionar las emociones en lugar de reprimirlas, aprender a descansar sin culpa y bajar el acelerador de una vida hiperproductiva que no da tregua. Rodearnos de personas vitamina y de quienes amamos, agradecer cada día por lo que ya tenemos y conocernos mejor.
Nada de eso requiere una suscripción ni un dispositivo de última generación.
Eso no significa que todo lo nuevo sea malo. Hay herramientas que pueden ayudar y ser muy valiosas, siempre que exista información suficiente, que se utilicen de manera responsable y que respeten la individualidad de quien las incorpora.
Pero todos los excesos pueden ser perjudiciales, incluso los relacionados con el bienestar.
El consumo excesivo de suplementos sin orientación adecuada puede tener consecuencias. Y, en el caso de sustancias o intervenciones que pueden modificar procesos fisiológicos, como algunos péptidos, resulta especialmente importante contar con acompañamiento profesional y evitar asumir que lo que funciona para alguien más funcionará también para nosotros.
Cuando el bienestar se persigue sin conocimiento, criterio ni guía, puede terminar convirtiéndose en otra fuente de presión.
Lo he visto de cerca. Las personas más obsesionadas con el bienestar pueden ser, paradójicamente, las que menos sensación de bienestar tienen. Cuentan cada caloría, miden cada hora de sueño y siguen cada indicador de su cuerpo, pero aun así viven tensas, insatisfechas o exhaustas.
La obsesión por optimizar el cuerpo y la mente puede terminar alejándonos de lo que realmente buscamos: un poco de paz.
Creo firmemente en la ciencia aplicada al bienestar. Creo en la innovación, en la investigación y en las soluciones respaldadas por evidencia. Pero también creo que necesitamos volver a lo básico y reconocer que ese básico se ve diferente en cada persona.
Por eso, antes de sumar una rutina más a tu vida, revisa lo esencial y hazlo desde tu propio cuerpo, no desde el de otra persona.
¿Estás respirando bien? ¿Estás comiendo alimentos reales? ¿Estás durmiendo lo suficiente? ¿Te estás moviendo? ¿Le estás dando espacio a tus emociones en lugar de esconderlas?
Si la respuesta es no, ningún suplemento, por bueno que sea, debería hacernos olvidar esas preguntas.
El bienestar no es inalcanzable, pero tampoco es un ideal que debamos perseguir a cualquier precio.
Es personal.
Y, muchas veces, empieza por algo mucho más sencillo: volver a escuchar lo que nuestro propio cuerpo, y solo el nuestro, necesita.
Viviana Echeverri, Health Coach, Fundadora y CEO de Padam Bienestar.
