Biodiversidad

De finca maderera a santuario natural: la familia cordobesa que le devolvió la esperanza a una de las águilas más raras del continente

Crónica de cómo una familia pasó de perseguir a una especie amenazada a convertirse en guardián de una reserva natural.

1 de abril de 2025, 9:43 p. m.
La familia Polo, en Córdoba, ahora lidera iniciativas de conservación de la biodiversidad.
La familia Polo, en Córdoba, ahora lidera iniciativas de conservación de la biodiversidad. | Foto: Reserva La Cristalina

Diego Polo levantó la escopeta casera, hecha con tubos y canicas de cristal, y apuntó al cielo. Hacía días que su abuela lamentaba la desaparición de las gallinas. Al principio pensaron que era un zorro, pero luego, al amanecer, vieron la silueta de un ave inmensa posada en un árbol. Entonces Polo, de 14 años, supo que era un águila y que solo necesitaba un buen tiro para que el gallinero no se acabara.

Esa mañana se internó en la montaña con su abuelo, Ladislao Polo, a quien todos en la vereda –kilómetro 40 del municipio de Tierralta, Córdoba–, le dicen Blanco. La finca La Cristalina en la que vivían –todavía lo hacen– era su mundo entero: un fragmento de selva húmeda en las montañas del Alto Sinú. Blanco, campesino y maderero, distinguía cada árbol con solo verlo. Había aprendido a leer el bosque con los ojos cerrados, a reconocer un árbol de caucho por su aroma y a prever el paso de algún mamífero por la textura de la tierra. Y aun así, el águila era un misterio.

La vieron de nuevo. Volaba bajo, majestuosa, con un plumaje oscuro y una cresta que le daba un aire de realeza. Diego Polo preparó el disparo. Apretó el gatillo, pero la bala no salió. Probó de nuevo, y nada. Lo intentó una tercera vez y solo logró arrancarle unas plumas de la cola antes de que desapareciera entre la niebla.

Molesto, regresó a casa convencido de que al día siguiente lo intentaría otra vez. Pero antes de que pudiera hacerlo, se enteró de que un grupo de biólogos de la Sociedad Ornitológica de Córdoba (SOC) buscaba a esas criaturas aladas.

–Cuando llegaron y vieron de qué especie se trataba, nos dijeron que no se comía las gallinas, que cazaba monos, culebras, zarigüeyas y otras aves de mediano tamaño… pero no les creímos –contó Blanco–. Estaban seguros de que era el águila.

La SOC, en medio de una búsqueda exhaustiva del lorito del Sinú (Pyrrhura subandina), un animal amenazado que no se había visto en más de 70 años, hizo una alianza con el equipo de Grandes Rapaces de Colombia para buscar águilas en el país, incluyendo varias especies como el águila crestada.

El nacimiento de Millo fue el primero registrado de un águila crestada en el país.
El nacimiento de Millo fue el primero registrado de un águila crestada en el país. | Foto: Reserva La Cristalina

Así que cuando los campesinos de la zona reportaron la presencia de un águila grande cerca de una finca, los expertos acudieron de inmediato y confirmaron que se trataba de una Morphnus guianensis, un águila crestada o arpía menor, y por medio de una instalación de cámaras trampa, iniciaron un arduo trabajo para lograr el primer nido documentado de la especie en el territorio nacional.

Esas cámaras también entregaron pruebas irrefutables a la familia Polo: las gallinas nunca aparecieron entre las presas de este depredador en peligro de extinción.

–Yo miraba las fotos y le decía a Diego: “Mira, aquí no hay gallinas”, y él fue entendiendo poco a poco –contó Blanco–. Luego cambió la escopeta por una cámara fotográfica que le regalaron los investigadores. Con el tiempo fue conociendo mucho más de estos animales y descubrió que aquella águila es una de las rapaces más raras de América y la segunda más grande de Colombia, después del águila arpía, con una envergadura que puede superar los 1,80 metros y un peso de hasta 4,5 kilogramos en las hembras, que son más grandes que los machos. Su principal característica es una cresta de plumas alargadas sobre su cabeza, que le da una apariencia imponente. Además, tiene plumaje oscuro en el dorso y más claro en el vientre, patas robustas y garras poderosas, adaptadas para capturar a sus presas.

A pesar de que su presencia es un buen indicador, pues necesita grandes extensiones de selva para cazar y reproducirse, es una especie poco estudiada debido a su baja densidad poblacional y hábitos discretos. Por eso la importancia del hallazgo.

–Esa águila nos cambió la vida–afirmó Blanco–. Antes pensábamos que lo mejor era matarla. Ahora sabemos que tenemos que cuidarla, que ella es la que nos sostiene.

Ciencia en la copa de los árboles

El hallazgo del águila crestada en La Cristalina no solo cambió la vida de la familia Polo, también abrió un capítulo inédito en la investigación de rapaces en Colombia. Como hasta ese momento nadie había documentado los hábitos de la Morphnus guianensis en el país, los académicos vieron la oportunidad de responder preguntas fundamentales sobre su reproducción y ecología.

–Nunca habíamos tenido la posibilidad de monitorear un sitio de anidación de águila crestada en Colombia –explicó Eduar Luis Páez Núñez, uno de los primeros biólogos de la SOC en buscar a la familia Polo–. Apenas identificábamos registros dispersos, no sabíamos con certeza en qué tipo de árboles anidaban ni cuánto tiempo incubaban los huevos.

Por eso, La Cristalina, ubicada en una zona de transición entre la llanura del Caribe colombiano y las elevaciones de la serranía de San Jerónimo en la cordillera Occidental, en donde crece un bosque húmedo tropical, enclavado en el Chocó Biogeográfico y en la ecorregión de los Andes TropicalesTumbes-Chocó-Magdalena, se convirtió en un laboratorio natural inesperado. En sus 272 hectáreas, los investigadores encontraron un ecosistema intacto de árboles centenarios, quebradas de agua cristalina y una biodiversidad excepcional.

El reto era enorme: la pareja de águilas había anidado en una bonga de 35 metros de altura, oculta en lo profundo de la arboleda. Para estudiarlas, debían instalar cámaras trampa en la copa del árbol, un trabajo que solo podían hacer expertos en trepa.

–Fue la trepa más alta que habíamos hecho hasta ese momento –relató Eduar Luis–. No podíamos fallar, porque cualquier perturbación podía hacer que las águilas abandonaran el sitio.

Las cámaras registraron cada detalle: el macho cazando y llevando alimento, la hembra incubando el huevo y la interacción entre ambos. Sin embargo, después de 45 días, el huevo se oscureció y dejó de mostrar signos de vida. Los científicos concluyeron que un hongo lo había contaminado debido a las lluvias.

–Fue devastador –confesó Hugo Herrera, presidente de la SOC–. Teníamos la primera oportunidad de documentar el nacimiento de un águila crestada y la naturaleza nos recordó lo frágiles que son estos procesos”.

La pareja desapareció durante meses, aumentando la incertidumbre. ¿Se habrían desplazado a otra zona? La respuesta llegó en octubre de 2022, cuando Blanco contó que estaba caminando por la montaña y vio a las águilas cargando ramas a otro árbol. –Llamé a Hugo y le dije: “Hermano, aquí están otra vez”–.

El nuevo refugio, ubicado en una bonga de 50 metros, se convirtió en un hito para el estudio de rapaces en Colombia. En febrero de 2023, la hembra puso un huevo y el equipo de monitoreo y campesinos vigiló día y noche. El primero de abril nació el primer polluelo de águila crestada registrado en el país.

–Fue un momento increíble –recordó Eduar Luis–. Lo vimos a través del telescopio y Diego gritó: “¡Se ve el huevito! ¡Se está moviendo!”. En ese instante, el huevo eclosionó y apareció la pequeña cabeza del águila. Lo llamaron Millo, en honor al Parque Nacional Paramillo. Su nacimiento confirmó lo que ya sospechaban los investigadores: La Cristalina era un laboratorio natural, una reserva que protege hábitats de especies en algún estado de amenaza, como el paujil pico azul y el tití cabeciblanco, al albergar el 16 por ciento de las aves, el 6,5 por ciento de los mamíferos, el 4,2 por ciento de los anfibios y el 6,3 por ciento de los reptiles reportados para el país.

–Lo que tenemos aquí es un santuario –aseguró Hugo–. Si no protegemos este lugar, perderemos uno de los ecosistemas más ricos del país. A esa altura, proteger La Cristalina ya no era solo una buena intención, se trataba de una urgencia.

Urra, mamá de Millo.
Urra, mamá de Millo. | Foto: Reserva La Cristalina

El nacimiento de una reserva natural

Cuando Millo alzó el vuelo por primera vez, La Cristalina se había transformado en un refugio para especies en peligro y en una oportunidad única para la conservación, aunque protegerla no dependía solo de la ciencia, hacía falta algo más profundo, duradero.

–No podíamos simplemente estudiar la biodiversidad y dejar que el tiempo hiciera lo suyo –afirmó el presidente de la SOC–. Si la comunidad no se apropiaba del territorio, la restauración no iba a ser sostenible.

La historia de Diego y su abuelo Blanco lo demostraba. Ellos, que habían querido cazar al águila crestada, terminaron siendo sus primeros guardianes. Y así, muchos otros campesinos de la zona podían aprender a ver la naturaleza con nuevos ojos.

Entonces nació la idea de convertir La Cristalina en una Reserva Natural, un espacio donde la investigación y la educación ambiental pudieran convivir con las comunidades locales. Para lograrlo, la SOC emprendió un proceso de compra del predio, con el respaldo de organizaciones como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICNNL) y Conserva Aves, una iniciativa liderada por American Bird Conservancy, Audubon Americas, BirdLife International, Birds Canada y la Red de Fondos Ambientales de Latinoamérica y el Caribe (RedLAC).

–Fue un proceso de dos años –explicó Eduar Luis–. No solo queríamos comprar la tierra, sino garantizar que la comunidad fuera parte de su protección.

El siguiente paso era hacerla autosostenible. La solución estaba en el turismo de naturaleza y en la agroforestería. El bosque no solo debía protegerse, sino generar ingresos de manera sostenible. Para lograrlo, se trazaron senderos, se acondicionaron cabañas sencillas y se capacitó a la comunidad en el manejo de visitantes. Hoy, La Cristalina recibe avistadores de aves de todo el mundo, gente que estudia su fauna y flora, y viajeros interesados en la riqueza del Chocó Biogeográfico. Así mismo, el turismo científico trajo consigo un nuevo caudal de conocimiento. Investigadores del Instituto Humboldt, la Universidad de Antioquia y la Universidad CES han documentado más de 300 especies en el área protegida.

El verdadero impacto de La Cristalina se refleja en su gente. Blanco es ahora el administrador del lugar. Su esposa Miladis cocina para los visitantes. Su nieto Diego se convirtió en fotógrafo de fauna y guía local.

–La conservación y la comunidad tienen que caminar juntas –agregó Hugo–. Aquí no se trata de prohibir el uso del territorio, sino de enseñar nuevos modos de habitarlo sin destruirlo.

A veces, Diego recorre los senderos con su cámara al cuello. Si el sol está alto, levanta la vista y explora entre las copas de los árboles. Y cuando tiene suerte, ve a Millo volando, cada vez más fuerte, cada vez más independiente.

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