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Fragmento del libro ‘Tirofijo, los sueños y las montañas’, de Arturo Alape
El periodista relata la vida de quien fue considera el máximo líder de las Farc, Manuel Marulanda Vélez, sus orígenes y motivaciones para estar al frente de esa guerrilla, de la editorial Penguin Random House.
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Los sueños
El mar, múltiple despliegue de alas
Marulanda comenzó a inquietarse por el silencio que habitaba la montaña y había paralizado cualquier movimiento. Todo parecía un cuerpo inerte, abandonado a su desaparición, la montaña se había convertido en la imagen de una roca fosilizada. A él, un hombre de oído fino, nada le preocupaba tanto como no poder racionalizar en su cerebro, uno a uno los ruidos que escuchaba de camino. Ningún ruido natural, de hombre o de animal, pasaba inadvertido por él; al escucharlos se comunicaba con el mundo que lo rodeaba, se hacía partícipe del entorno. El silencio atávico lo volvía un hombre cauteloso, había sido un aprendizaje significativo para la vida, desde su niñez. Le era imposible imaginar un mundo en que él no tratara de descifrar los pasos del enemigo, al situarlos en el sitio exacto en Los sueños El mar, múltiple despliegue de alas Marulanda comenzó a inquietarse por el silencio que habitaba la montaña y había paralizado cualquier movimiento. Todo parecía un cuerpo inerte, abandonado a su desaparición, la montaña se había convertido en la imagen de una roca fosilizada. A él, un hombre de oído fino, nada le preocupaba tanto como no poder racionalizar en su cerebro, uno a uno los ruidos que escuchaba de camino. Ningún ruido natural, de hombre o de animal, pasaba inadvertido por él; al escucharlos se comunicaba con el mundo que lo rodeaba, se hacía partícipe del entorno. El silencio atávico lo volvía un hombre cauteloso, había sido un aprendizaje significativo para la vida, desde su niñez. Le era imposible imaginar un mundo en que él no tratara de descifrar los pasos del enemigo, al situarlos en el sitio exacto en que venían caminando. Costumbre de hombre perseguido que necesitaba para sobrevivir, escuchar o imaginar la respiración de quién lo acechaba.
Ante el silencio que vislumbraba sospechas, el silencio que todo lo amordazaba con lazos invisibles, incluso, al rumor de sus propias pisadas, pensó en la trocha del río y se dirigió hacia el encuentro del larguísimo cuerpo. Mientras caminaba no escuchaba el vozarrón del río, contador de historias. Guardó en la memoria los silencios acumulados y siguió al ritmo de los presentimientos. De pronto se encontró con la arena del río y el magnetismo del silencio había acallado el eco de la voz fluvial hasta hacerla desaparecer por completo.
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Al sentir el escalofrío que padecía cuando el peligro le llegaba cerca de la respiración, decidió armar una canoa de troncos amarrados, para embarcarse definitivamente en un viaje que muchas veces había añorado en su vida de hombre perseguido. Vio el río apaciguado por el silencio y soñó con el mar nunca visto por sus ojos. Él, un hombre de montaña, nunca había conocido el mar. Para su mirada era imposible abarcar la visión de lo que debía ser el mar, como imagen y realidad. Ya sin alteraciones en el ánimo, baja por el silencioso río y sueña que el mar le parecía el inmenso vuelo de todos los pájaros de la montaña, múltiple despliegue de alas como el vuelo de gigantescas olas.
Navega lentamente la canoa hasta una solitaria playa. Alguien le hace señales con los brazos abiertos. Él se alista en plan de defensa, cuando ve la figura borrosa de una mujer joven que lo llamaba sin palabras en los labios. Ella desde su distancia, le hablaba con la mirada encendida y con señales apacibles de las manos. El, dócil al bajarse de la canoa, se dejó llevar por la persuasiva mudez de la mujer. Pocas veces había sentido en la vida, tanta tranquilidad en el espíritu. La mujer le ofreció de comer y le habló pausadamente de todos sus sueños y sin que hubiera intercambio de palabras, buscaron el refugio de la oscuridad. En la noche, él soñó con ella y al día siguiente, ya remando en la canoa, sabía que había dejado en su vientre las huellas de un hijo que pronto correría en busca de la montaña. Después, no quiso recordar los sueños que había tenido con las mujeres que encontró de camino en el largo viaje por el río, en busca del mar nunca visto por sus ojos. En una de las curvas del inmenso río, el silencio explotó en una sensación que sintió como alegría que brotaba del cuerpo: el mar. Las olas juguetonas crecían en disputa del espacio en el cielo y se le asemejaron al vuelo unificado y la algarabía de todos los pájaros de la montaña. Las olas se aplanaron como si alguien las hubiera cortado de raíz, y muy lejos, en los límites del infinito, Marulanda vio la isla que redondeaba el dibujo de una montaña.
De los copos de la arboleda más alta, alzó vuelo una imponente águila gris y en su pico llevaba un asustado pez de color azul.