OPINIÓN

Santiago Ronderos

¿Unidad o incoherencia?

La fractura evidente en la fórmula Valencia–Oviedo y el ‘boom’ de Abelardo-Restrepo.
28 de abril de 2026 a las 9:00 a. m.

La política permite alianzas, pero no cualquier alianza es sostenible. Cuando una fórmula presidencial mezcla visiones que no logran conciliarse en temas de fondo, el problema deja de ser estratégico, pasando a ser un asunto de incompatibilidad, de falta de unidad e incoherencia en la ejecución de un proyecto político.

Nunca pensé ver a Valencia flexibilizándose frente a posturas que históricamente han estado en tensión con las banderas de su partido y de sus convicciones.

Podrá decir que no ha cambiado, pero en política los hechos pesan más que los discursos. Nombrar como fórmula vicepresidencial a alguien con posturas más abiertas en temas como adopción por parejas del mismo sexo, cercano a debates contemporáneos sobre diversidad y al discurso woke, no es un detalle menor. Es una señal política clara, aunque se intente maquillar.

Y aquí hay algo que debemos tener muy en cuenta: el vicepresidente, en realidad, no es un adorno. Si Oviedo llega a ese cargo, no llegará solo, llegará con su gente, con sus cuotas y con su visión, impulsando nombramientos de funcionarios afines a sus posturas en distintos niveles del Estado a nivel local y nacional.

Eso no es menor, es poder real, es influencia directa y es la puerta de entrada para marcar la agenda desde adentro, filtrando las ideas de izquierda e ideología de género, entre otras. Querámoslo o no, influye, decide y, en ciertos escenarios reemplaza a otros. Por eso la incoherencia no es estética, es estructural, no es un tema de percepción, es un problema de fondo.

A esto se suma lo evidente: Paloma terminó orbitando alrededor de los partidos tradicionales de siempre. Y cuando eso pasa, llegan los compromisos, los favores por pagar, las cuentas por cobrar. De esta manera, la independencia se diluye y la política vuelve a lo mismo de siempre.

Y en medio de eso, Oviedo intenta meter su visión por un ladito en la campaña, lo que, como ya se ha visto, podría traducirse en una especie de ‘caballo de Troya’ dentro del Gobierno en caso de que llegue a la Vicepresidencia, encontrando que lo que inicialmente se veía venir por un ladito al final resulta en un tsunami e invasión en la administración por parte del centro-izquierda.

Esa falta de coherencia no solo se ve en el fondo, también se ve en la forma; las presentaciones conjuntas son, francamente, preocupantes. Se sienten livianas, poco serias, sin propuestas claras, dos personas sentadas que no logran articular una visión común.

Recientemente, en entrevista con la Universidad Simón Bolívar de Barranquilla, Oviedo dijo: “Me importa un comino y a Colombia le debe importar un comino lo que piense la presidenta”, refiriéndose precisamente a las posturas diferentes que tienen sobre las parejas del mismo sexo y otros temas de trascendencia nacional. Ese impulso emocional de Oviedo resulta en una abierta contradicción con su supuesta coequipera y fórmula presidencial, sin demostrar unidad, coherencia o una alianza real.

Posteriormente, Paloma y Oviedo se presentaron ante las cámaras para aclarar sus diferencias en lo que terminó pareciendo un minirregaño de Paloma a Oviedo, acompañado de un sutil “periodicazo” por sus afirmaciones.

Sinceramente, más que una intervención política seria, parecía una presentación de colegio jugando al “periodicazo”, sin la altura ni la contundencia que exige aspirar a dirigir un país como Colombia.

Y aquí es donde la crítica se vuelve incómoda, pero necesaria. Colombia no es un país para improvisaciones. No es un país donde el crimen se enfrenta con discursos suaves ni con gestos simbólicos. Estamos hablando de narcotráfico, grupos armados y estructuras criminales que operan con violencia real. La pregunta es brutal, pero válida: ¿de verdad alguien cree que esos problemas se enfrentan con ligereza o con “periodicazos”?

Ahora bien, llevemos esto a un escenario hipotético de gobierno. Ya se mencionó que si esta fórmula llegara al poder es razonable prever que Juan Daniel Oviedo incorpore a su equipo a personas afines a su visión, provenientes de sectores de centro e incluso de izquierda, en distintos cargos públicos. Esto podría reflejarse en áreas como educación, donde ha tenido mayor presencia, e incluso en discusiones de política pública filtrando sus ideas.

El punto no es la diversidad en sí misma, la cual es legítima en una democracia, sino la falta de claridad sobre el rumbo ideológico del Gobierno frente a la ausencia de compatibilidad entre las posturas de uno y de otro. Sin una línea definida, el riesgo es que las tensiones internas se trasladen a la gestión pública.

Y en materia de seguridad, en un país con problemas de criminalidad exponenciales, no podemos permitir respuestas ambiguas, ni excesivamente blandas frente a actores que operan con violencia.

Afortunadamente, América Latina vive una reconfiguración política positiva gracias a un despertar ciudadano que rechaza el desorden, la inseguridad y el deterioro institucional dejado por la izquierda. Países como Chile, Bolivia, Costa Rica, Honduras y Ecuador, que sufrieron bajo ese modelo de izquierda, han logrado actualmente transitar hacia liderazgos y gobiernos de derecha.

Al final, la debilidad notoria en la unión entre Valencia y Oviedo termina produciendo un efecto político evidente: el desplazamiento de votos hacia donde hay un mensaje más claro.

Aunque existan seguidores convencidos de Oviedo, lo cierto es que su presencia termina opacando a Valencia, no la deja desplegar plenamente sus convicciones ni el profesionalismo que sí demostró en el Congreso. La limita, la condiciona y diluye su identidad política. Y en política, cuando no eres claro, pierdes.

Sobre Cepeda, francamente, no hay mucho que decir. Es un candidato que aparece y desaparece, y cuando aparece, lo hace sin propuestas claras, con inseguridad y dependiendo de un libreto que ni siquiera logra defender con convicción. Un aspirante presidencial que no puede sostener sus ideas sin leerlas no transmite liderazgo, transmite vacío. No es un problema de forma, es un problema de fondo que se encuentra en la falta de claridad, de conocimiento y de carácter.

Y entonces, en cuanto a Cepeda, surgen unas preguntas inevitables: ¿está ocultando sus ideas o simplemente no las tiene?, ¿tanta pena le da exponer la idea de continuar con la política pública del actual Gobierno, que prefiere esconderse o agachar la cabeza para leer un intento de ideología que no tiene sentido y que ya ha demostrado ser un fracaso total?, ¿quién es realmente el candidato?, ¿quién redacta los discursos que Cepeda lee en sus presentaciones?, ¿o es el propio Cepeda, actuando como un simple títere?

Porque si la apuesta es continuar con la línea del Gobierno actual, resulta comprensible la incomodidad. Defender un modelo que ha demostrado enormes fallas a nivel nacional e internacional realmente es imposible, pero esconderse detrás de discursos leídos tampoco es una salida digna para quien pretende gobernar un país.

A los sectores de izquierda solo queda recordarles que el cierre de brechas y la desigualdad en nuestro país no se solucionan eligiendo representantes de minorías sin las capacidades necesarias, ni apoyando modelos basados únicamente en subsidios, estatización de la propiedad privada o de los medios de producción. Basta con abrir los ojos y observar los resultados en Colombia y en otros países, en donde esas políticas han sido un fracaso total. Pero claro, no hay peor ciego que aquel que no quiere ver.

Visto lo anterior, sumado a las diferencias ya expuestas entre Paloma y Oviedo, empieza a consolidarse otra narrativa, la de Abelardo de la Espriella. Un candidato que no depende de partidos tradicionales, que se financia con sus propios recursos y que no le debe plata ni favores a nadie.

Esa independencia no es retórica, es real y demostrada, el candidato ha rechazado alianzas con los partidos tradicionales e igualmente ha demostrado su independencia económica y financiación con sus propios recursos. Significa poder gobernar sin ataduras.

Además, su formación como penalista introduce un elemento que hoy es central: la capacidad de enfrentar el crimen desde el conocimiento real del sistema. No desde la teoría, no desde la improvisación, sino desde la experiencia.

Y aquí el mensaje se vuelve directo, sin matices: por primera vez, Colombia tiene la oportunidad de elegir un candidato verdaderamente independiente, sin jefes, sin compromisos y sin deudas políticas, con la ley en la mano y la determinación de imponer orden.

Esto es lo que ha demostrado el candidato Abelardo de la Espriella, junto con propuestas claras enfocadas principalmente en destruir 330.000 hectáreas de cultivos de coca heredadas del actual Gobierno; reformar el estatuto de contratación pública, dado que la contratación es el principal foco de corrupción en el país, y recuperar el sistema de salud con la destinación de 10 billones de pesos dirigidos a las tareas más urgentes del sistema. En materia educativa, plantea una reforma con énfasis en inteligencia artificial y en el acceso a créditos para la educación.

Recordemos que un porcentaje alto de nuestra población, casi el 30 % de los colombianos, es decir, más de catorce millones de personas, no tiene acceso libre y constante a los alimentos. Frente a esta realidad, el candidato Abelardo de la Espriella propone reactivar una iniciativa creada por él en el año 2020, denominada Plan Cosecha Solidaria, a través de la cual logró beneficiar a más de 3.800 familias en los departamentos del Atlántico y Córdoba, adquiriendo directamente a los campesinos productos básicos como yuca, ñame, plátano, arroz y panela, que posteriormente fueron destinados a mercados para familias vulnerables.

Con ello, no solo se protegió la producción campesina, sino que se garantizó el acceso a alimentos esenciales y se fortaleció el tejido solidario del país.

Lo expuesto nos deja ante una evidente oportunidad de contar con un Gobierno finalmente independiente, contundente en sus ideas y, además, técnico.

Ya vimos que la fórmula vicepresidencial de Abelardo de la Espriella representa la razón pura traída desde la academia en cabeza de José Manuel Restrepo, quien ha sido rector de tres universidades y ministro con una trayectoria intachable.

Lo indicado solo me hace creer firmemente que el despertar de América Latina también llegará a Colombia.