OPINIÓN

Juan Camilo Caicedo Chaparro

Un estorbo llamado Duvalier

Desde el lunes pasado, el señor congresista lleva recorriendo Cali en una carrera maratónica.
19 de agosto de 2026 a las 10:00 a. m.

Voy a empezar por la parte positiva. El comportamiento del pueblo colombiano en la última semana ha sido ejemplar. Conmueve ver la ola de solidaridad nacional en torno a una tragedia colosal. Cada uno aportando desde su lugar: unos donando, otros removiendo escombros y cientos de voluntarios pendientes de colaborar en lo que haga falta.

No me lo han contado: he visto cómo mis allegados, los del Valle del Cauca y los de Bogotá, interrumpieron su vida para servir. Y, así como ellos, millones más en todo el país y en el extranjero se volcaron a ayudar a quienes lo necesitan.

Pero nunca falta el garbanzo negro. El malintencionado que, en pleno derroche de virtudes, se atraviesa para recordarnos que la condición humana, así como es capaz de lo mejor, también es capaz de lo peor. Ese que, empujado por su abyección, rompe un momento sublime con un ridículo.

Y en esta tragedia, lamentablemente, hemos contado con varios de esos desubicados. La mayoría —y nadie se sorprenda— son políticos. Una serie de pantalleros que, en la hora más oscura, han salido cámara en mano para quitarles el protagonismo a las víctimas en pro de su vanidad. Cazadores de votos, likes y views empeñados en encontrar las más variadas formas de figurar. De impedir que quienes saben hacer las cosas las hagan bien.

Han acaparado donaciones pidiéndolas a sus cuentas personales y se han tomado fotos mientras voluntarios y rescatistas remueven escombros. En fin, han hecho lo necesario para que lo ya difícil sea todavía más difícil.

Pero hay uno que me tiene especialmente sorprendido por sus insoportables niveles de indolencia y majadería: se llama Duvalier Sánchez y es senador de la República.

No lo sigo en redes sociales, pero parece que el dichoso algoritmo se ha empeñado en torturarme con la presencia sistemática de este prohombre en ciernes. Claro, él también ha hecho su parte: desde el lunes y hasta el momento en que escribo esta columna, ha publicado 38 piezas en Instagram y 34 trinos en X. Como para que luego no digan que en el Congreso no trabajan.

¿Y en qué consisten las más de 72 publicaciones del honorable senador? En una mezcolanza de las más variadas técnicas para darse pantalla. Una colección de trucos para ganar popularidad a costa de las desgracias ajenas. Un tributo a un narcisismo empalagoso que, por demás, infantiliza a una población que, contrario al congresista, sí se ha mostrado madura.

Desde el lunes pasado, el señor congresista lleva recorriendo Cali en una carrera maratónica para ver en dónde estorba —o, como él dice, ayuda—. Arrancó en el suroeste, la zona más destruida de la ciudad, en donde andaba frenético posando detrás de edificios derrumbados. Como no podía estar en todas partes al mismo tiempo, mandó a uno de sus alfiles políticos al aeropuerto a incordiar a unos rescatistas mexicanos y sacarles declaraciones. Luego vino a Bogotá, al Congreso de la República, donde dedicó su valioso tiempo, no a proponer proyectos de ley o gestionar ayuda —eso para qué—, sino a lo verdaderamente valioso: hacer un video. En este se adjudicó haber traído a los topos mexicanos, a pesar de que no fue así. El muy humilde hizo del video un elogio al yo. Yo hice, yo gestioné, fui yo y nadie más que yo. Cual monarca absoluto, solo le faltó decir: “La tragedia soy yo”.

Ya el sábado, en medio del desespero por encontrar novedosas formas de hacer marketing con la muerte, el senador se fue al Hospital Universitario. Ahí se lo vio corriendo con premura. Y es que justo en ese lugar —seguramente por sus ocupaciones de padre de la patria— todavía no había tenido tiempo de hacer lo de él: estorbar.

Pero como “no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”, el doctor Duvalier se propuso estorbar allí más que en los sitios donde previamente había estorbado: megáfono en mano, bloqueó una calle y terminó por sabotear el trabajo de los rescatistas.

Y por fin el senador Duvalier —o Duva, como le dicen en sus videos— logró su objetivo: salir en todos los medios de comunicación. Ser reseñado por su labor de seis días seguidos haciendo estorbo. Formar un escándalo nacional a su altura. Tan exitosa fue la campaña publicitaria que le tocó cerrar los comentarios en X, dada la avalancha de insultos. La ciudadanía no cayó en su truco de prestidigitador barato y entendió que detrás de tanta pantalla no había un ciudadano preocupado, sino un político aprovechando una tragedia para ganar indulgencias con camándula ajena.

Ya el domingo, como Cali se le quedó chiquita, salió a estorbar a Buenaventura. Según consta en un video que él mismo subió —otro más—, se iba a ir en un escarabajo Volkswagen al que, según menciona, bautizó como Happy. Tan tierno. Lamentablemente, Happy se varó al salir del garaje en el que estaba. Como si tuviera mente propia, le dio vergüenza ser parte de semejante espectáculo de frivolidad en medio de los 289 muertos que hoy Colombia llora.

Espera el resto del país que el percance automovilístico no vaya a detener la valiosa colaboración del doctor Duvalier. Por las dimensiones de la tragedia, fácil saca material hasta las elecciones de 2030.

Mientras tanto, lo esperan en Pereira, Manizales y Quibdó. Ahí todavía no ha ido a estorbar.