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Opinión
República Bolivariana de Colombia
El verdadero revolucionario sabe que para construir una nueva sociedad es preciso modificarle antes su pasado.
El presidente siempre ha sido un revolucionario “bolivariano”, condición que nadie en su gobierno comparte, como se los dijo en la cara a sus altos funcionarios en el extraño consejo ministerial del 4 de febrero, que tanto disfrutó la teleaudiencia nacional.
Años atrás, en su autobiografía Una vida, muchas vidas, nos había recordado que, en 1822, el Libertador escribió su Delirio sobre el Chimborazo: “He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas…”. El Libertador ya tenía cuarenta años cuando escribió su poema auto laudatorio. Petro, apenas al salir de la adolescencia, tuvo una alucinación semejante que lo condujo a escalar la Peña del Guaita, una montaña cercana de Zipaquirá: “Nuestro objetivo era… iniciar lo que considerábamos nuestro juramento a la lucha revolucionaria”. Y ahí va.
En su tarea de refundar la patria, Petro tal vez no tenga las capacidades para liderar una insurrección popular o ser el protagonista de un alzamiento castrense. Sus llamados a la movilización callejera o a una constituyente convocada por fuera de las previsiones constitucionales, han sido— hasta ahora— mera retórica, aunque en la medida en que avance el proceso electoral, endurecerá su discurso polarizante.
Lo percibo focalizado— hasta donde puede— en ganar los comicios del año entrante; sabe que sus posibilidades de construir un legado positivo para el país son escasas. Sin embargo, si estuviere equivocado en esta hipótesis, tengo la razonable certeza de que las instituciones de Colombia, estatales y civiles, son capaces de resistir sus embates. Es lo que ha venido sucediendo desde el día de su posesión.
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En aquella memorable ocasión, el presidente la emprendió contra el general Santander, prócer de nuestra independencia, al que acusó de querer “sicariar (sic) a Bolívar, probablemente por las intenciones del Libertador sobre tener (sic) un gran país que llegara hasta el río Misisipi en Estados Unidos”.
No existe prueba alguna de que Santander haya participado en el atentado contra el Libertador en septiembre de 1828. Aún peor: constituye una infamia que Petro lo acuse, sin ningún fundamento histórico, de haber actuado como sicario, es decir como agente criminal de terceros, a los que no mencionó, pero que deben ser los mismos sectores retardatarios que ahora le impiden gobernar: los esclavistas, la aristocracia, los burócratas criollos, los jueces, los periodistas, en fin… Pasa por alto, convenientemente, que un mes antes del atentado, Bolívar se declaró dictador y suprimió, en consecuencia, la Vicepresidencia que ejercía Santander.
Ya liberado del más mínimo respeto por la evidencia, Petro lo sindica de haber impedido que el proyecto del Libertador se hubiere extendido hasta el corazón mismo de América del Norte. Una mayúscula insensatez.
En esa patética puesta en escena, Petro fue más allá al decir que el Libertador fue asesinado en Santa Marta en diciembre de 1830. Resolvió ignorar lo que todos sabemos: que el libertador murió de tuberculosis, como lo registró el médico ilustre que lo acompañó en sus últimos días y realizó su autopsia.
Estas falacias presidenciales obedecen a un objetivo claro: modificar los consensos sobre el pasado de la nación, paso previo al conato de alterar su curso futuro. De allí que coloque al Libertador como el único artífice de la Patria, tarea en la que fue perturbado por un mezquino abogado. Pretende ignorar que Santander, como gobernante en ejercicio de la recién fundada República, intentaba construir las instituciones democráticas de una nación incipiente, mientras Bolívar adelantaba su fulgurante gesta libertadora por otros territorios de Suramérica.
Por esa poderosa razón, Santander es, para quienes creemos en el Estado de derecho, “el hombre de las leyes”, y, por lo tanto, suscribimos estas palabras suyas: “Colombianos, las armas os han dado la independencia, pero solo las leyes os darán la libertad”.
Al lanzar su movimiento en 1974, el M-19 tomó dos decisiones de gran importancia. La primera, apropiarse de la imagen de Bolívar, el gran caudillo en quien recayó la representación popular durante las guerras de independencia; y, la segunda, definir que sus virtudes encarnaban en el antiguo dictador Gustavo Rojas Pinilla. Era una tarea sencilla. Tengo nítidos los recuerdos de mi infancia en los albores de la televisión a mediados de los años cincuenta: allí veía, con monótona persistencia, el lema “Pueblo, Fuerzas Armadas”, acompañado por los rostros superpuestos de Rojas y Bolívar.
Curioso el origen de ese movimiento guerrillero: la defensa de un dictador de derecha, simpatizante de Mussolini, Hitler y Franco, quien le dio asilo en España cuando fue derrocado en 1957. A ese grupo de alzados en armas, hoy desmovilizados, Petro aspira a darle un carácter refundacional de Colombia.
De allí derivan las conmemoraciones acomodaticias sobre su trayectoria realizadas por el Ministerio de las Culturas. Se ha destacado la parte simpática e incruenta: la “recuperación” por el “pueblo” de la espada de Bolívar; la conversión del sombrero de Pizarro y la sotana de Camilo en símbolos patrios (el mismo estatus podrían tener la ruana de Tirofijo y el turbante de Piedad). Sin embargo, se omite mencionar la responsabilidad del M-19 por los asesinatos de personas indefensas y la sangrienta toma del Palacio de Justicia. Esa misma intención de reescribir el pasado explica las diatribas de Petro contra Santander.
Jorge Orlando Melo, un historiador sapiente y ecuánime, en 2008 escribió un esclarecedor ensayo: “Bolívar en Colombia: las transformaciones de su imagen”. Allí concluye que: “Lo que parece una constante en todos los intentos colombianos de convertir a Bolívar en inspirador político… Parece estar siempre en la apelación al autoritarismo, la justificación de la dictadura y el militarismo, y el abandono de los elementos fundamentales del liberalismo republicano…”.
En seguida, añade que esa aspiración se justifica, usualmente, para romper “un orden imperfecto cuyo mejoramiento resulta demasiado remoto y lento si se sometiere a los avatares de la lucha democrática”.
Estemos prevenidos. Si Petro no logra sus objetivos revolucionarios, pasará la antorcha a sus sucesores. Como ya tenemos una República Bolivariana en Venezuela, bien podríamos tener otra en Colombia. Su incendiario discurso del pasado domingo muestra con claridad que hacia allá se dirige.
Briznas poéticas. Matsuo Bashō, figura central del minimalismo japonés: “Vestido de escarcha, cubierto de viento: un niño abandonado”.