OPINIÓN

Salud Hernández-Mora

Por eso mataron a Mateo

En el interrogatorio a palos, Mateo solo dijo la verdad, pero flotaba la máxima de “La duda se entierra”.
16 de mayo de 2026 a las 6:51 a. m.

Fue la duda la que sentenció a Mateo, en un territorio donde impera la ley de los criminales. “La duda se entierra”, me dijo un paramilitar hace un par de décadas, justificando un asesinato. Lo mismo habrán alegado los asesinos del periodista ante el reclamo de Calarcá y de su lugarteniente, alias Chalá. Se limitaron a cumplir la ley que rige en sus territorios, la que les permite subyugar a las poblaciones: solo entran los autorizados.

Introvertido, resuelto, valiente, inexperto en coberturas de orden público, Mateo llegó a Briceño al día siguiente de un operativo militar en la vereda Palmichal.

A unas dos horas de su Yarumal natal, tomó el desvío de la carretera nacional para recorrer los últimos 28 kilómetros por una vía solitaria, destapada, entre montañas frondosas. Al arribar al pueblo, demasiado pequeño para disimular sus pasos, dejó su mochila en el diminuto hotel que había reservado, situado en la única calle comercial. Escaso de fondos, regateó y consiguió rebajar a 25.000 pesos la noche. Luego se dirigió a la estación de Policía, la Alcaldía y la Personería, sitas en el parque principal, dominado por una escalinata que termina en la parroquia.

A todos comunicó su intención de seguir hacia las veredas. Y todos le advirtieron de la peligrosidad de su empeño y que no podían ayudarlo. Nadie se aventura más allá del casco urbano sin permiso expreso del frente 36 de las Farc. Deben solicitarlo a las Juntas de Acción Comunal, meras intermediarias de los amos del municipio.

Además, la moto bomba que estalló el Viernes Santo junto a la Policía, cuando los vecinos estaban en el templo. No causó víctimas de milagro, pero infundió aún más temor. Unido a los ataques con drones a las unidades del Ejército.

Briceño, en manos de las Farc desde hace lustros, fue el municipio más cocalero de Antioquia y, después, pionero en erradicar las matas para dedicarse al café, la caña, los trapiches y la ganadería. Pero lo están abandonando, atraídos por la fiebre del oro, que se recrudeció hace dos años con la maquinaria amarilla. “Muchos dejan las fincas y ahora son mineros”, me susurró un vecino. “Están acabando con el río Espíritu Santo (afluente del Cauca)”.

También es un disputado corredor estratégico que comunica con Toledo, Ituango, Puerto Valdivia, entre otros enclaves. De ahí que los Gaitanistas, con mayor influencia en Yarumal, quieran conquistarlo. Se aliaron, me dijeron unas fuentes, con los Cabuyos, disidencia del 36 y del frente 18, que formó un tal Cabuyo, ya muerto, y otros guerrilleros por una pelea interna. No son fuertes, pero enmarañan aún más el complejo panorama.

“Si veo al muchacho y me pregunta, le digo: por allá no vaya, lo matan. Si va, no vuelve”, comentó un lugareño, cuando inquirí, a media voz, sobre lo ocurrido. “Hace mes y medio desapareció un señor y su sobrino y su camioneta”, agregó. Se refería a John Hernán Arango y Álex, que mataron el 2 de abril en Palmichal y yacen en alguna fosa que el Estado no se molesta en buscar.

Mateo no hubiese hecho caso, como cualquier reportero. Contaría con un contacto que consideró suficiente garantía.

Dejó el casco en la habitación, prohibido por la guerrilla para identificar a la gente, y en el recorrido dio con dos patrullas del Ejército. Le repitieron los riesgos que corría y él, con su carnet de su periódico digital, El Confidente, insistió en hacer su trabajo.Se detuvo a almorzar en Las Auras, pese a conocer que a las 6:00 p. m. nadie puede circular y aún debía llegar a Palmichal, que, al parecer, era su destino final.

Cuando integrantes del frente 36 lo detuvieron, Mateo no los convenció sobre su identidad. Dudaron de que fuese periodista, de su carnet, de los motivos de su presencia, de que no fuese infiltrado de los Gaitanistas o del Ejército.

En el interrogatorio a palos, Mateo solo dijo la verdad, pero flotaba la máxima de “La duda se entierra”. Reunieron a miembros de la comunidad y nadie respondió por él. Imposible juzgarlos; la solidaridad con forasteros es escasa bajo el régimen del terror. Le dispararon y lo enterraron en cualquier lado, como siempre. Debió ser un campesino conmovido el que recogió el carnet de Mateo y lo colgó de una rama por si su familia lo buscaba y, al menos, sabría que por allá estuvo.

Es una escena común. En esa otra Colombia, los pobladores están carnetizados o registrados, y el forastero, sin una referencia y sin prueba que justifique su presencia, arriesga su vida o su libertad. Cada día respetan menos a la prensa, peor si es de pueblo o provincia chica, y todo el mundo nos pone más trabas.

En Cauca, por ejemplo, la Cric te corta el paso y el Consejo Comunitario de Francia Márquez te rodea con motos, ordena borrar las imágenes y te saca si no eres de su agrado. En otras zonas, nadie te habla sin el beneplácito del presidente de la JAC.

Mateo despertó una ola de solidaridad, pero su asesinato evidenció una realidad: las bandas criminales controlan sus dominios y el Estado es un frustrado convidado de piedra.