Hay algo profundamente inquietante –y políticamente brillante– en el momento que vive Gustavo Petro. Mientras su Gobierno acumula cuestionamientos, errores de ejecución y decisiones económicas discutibles, su proyecto político parece fortalecerse. No es una contradicción: es, en realidad, una estrategia. Me explico.
El más reciente análisis de Americas Quarterly sostiene que la popularidad de Petro ha repuntado y que la izquierda tiene hoy mayores probabilidades de retener el poder en 2026. Para confirmarlo, solo hay que mirar que en todas las encuestas Cepeda puntea. Pero la pregunta de fondo no es si Petro está ganando políticamente. La verdadera pregunta es: ¿a qué costo para el país?
Petro ha entendido algo que sus opositores aún no terminan de descifrar: gobernar bien no es necesariamente la mejor estrategia para ganar elecciones. Gobernar para consolidar una base emocional, sí.
Su agenda –reformas ambiciosas, confrontación constante con las élites, narrativa de lucha contra un sistema injusto– tiene un claro componente populista. Promete más de lo que el Estado puede sostener, tensiona las finanzas públicas y erosiona la institucionalidad. Basta recordar que incluso intentó gobernar por decreto mediante una emergencia económica tras el fracaso de su reforma tributaria, generando alertas sobre el manejo fiscal del país.
Sin embargo, cada una de esas decisiones tiene un efecto político calculado: consolidar una narrativa. Petro no gobierna solo para resolver problemas; gobierna para construir un relato en el que él encarna el cambio y sus críticos representan el pasado. Él se presenta como un héroe que ayuda a su gente, así la gente no entienda que está destruyendo al país.
Ese relato, aunque económicamente riesgoso, es electoralmente poderoso. Y como la macroeconomía nadie la entiende, más fuerte habla el bolsillo de muchos, así lo haga de manera insostenible.
Hoy, el petrismo no solo resiste: se organiza. La consolidación del Pacto Histórico como fuerza dominante en el Congreso demuestra que Petro logró algo que la izquierda colombiana nunca había conseguido: unidad y disciplina política. A diferencia de sus adversarios, fragmentados y reactivos, el oficialismo avanza con un proyecto claro de continuidad.
Y ahí aparece el dato clave: la sucesión. Es por eso que Iván Cepeda repite y repite que su objetivo es el de la profundización de las políticas de Gustavo Petro. Es muy simple: a la gente no le importa que se quiebre el país, mientras pueda poner, hoy, no sé mañana, unas monedas en el bolsillo.
La política, al final, no premia necesariamente la gestión; premia la percepción.
Incluso los escándalos parecen jugar a favor de esa lógica. Investigaciones en Estados Unidos sobre posibles vínculos con narcotráfico, que en otro contexto serían devastadoras, son rápidamente reinterpretadas por el petrismo como ataques políticos o conspiraciones externas. El efecto no es debilitar al Gobierno, sino reforzar su discurso de victimización frente a poderes tradicionales.
Es el manual clásico del populismo: convertir cada crisis en combustible político. El populista logra convertir todo en una agresión a la persona, que a su vez representa al pueblo, y como el pueblo es el líder, todo cuestionamiento al líder es al pueblo.
El problema es que ese juego tiene consecuencias reales. Un país con déficit creciente, reformas improvisadas y tensiones institucionales no es un país que avance con estabilidad. Es un país que acumula riesgos.
Pero, paradójicamente, esos riesgos no necesariamente se traducen en costos electorales inmediatos. La economía no es algo que se sienta de inmediato, por eso hay que entenderla. Es necesario leer los síntomas para entender qué viene.
Porque Petro no está jugando el partido económico. Está jugando el partido emocional.
Y en ese terreno, lleva ventaja. Cuatro años de ventaja. Todo un Gobierno con todo el aparato comunicacional del Estado a su favor.
La oposición, por su parte, sigue atrapada en un error estratégico: responde con tecnocracia a una narrativa emocional. Habla de cifras cuando el Gobierno habla de identidad. Critica la viabilidad de las políticas sin ofrecer un relato alternativo que conecte con la gente.
En política, eso es perder antes de empezar.
Por eso, aunque muchas de las decisiones del Gobierno puedan ser calificadas como insostenibles o incluso peligrosas en el mediano plazo, en el corto plazo le están funcionando. Petro ha logrado redefinir el debate, polarizar el escenario y convertir la elección de 2026 en un referendo sobre su proyecto.
Y en ese escenario, su movimiento llega organizado, movilizado y con candidato.
Tiene todas las de ganar.
La gran pregunta es si Colombia también las tiene.
Para que Colombia gane, la oposición tiene que emocionar, inspirar, proponer y comunicar. Si se encarga de justificar sin ilusionar, Cepeda no tendrá que hacer mucho para vencer, porque, aunque Petro es el mayor responsable del edificio, ha dejado hacer fiestas por doquier y los inquilinos solo quieren rumbear.
