Estuvimos a casi un punto porcentual de perder la democracia en Colombia. La ambición del petrismo por perpetuarse en el poder era notoria. Aunque algunos intenten negarlo, sus esfuerzos estuvieron encaminados hacia ese objetivo. Sin embargo, gracias a la resistencia de las instituciones, el pueblo democrático castigó en las urnas a ese proyecto político tan permisivo con la corrupción. El atentado contra la democracia fue neutralizado y, por ello, hoy aflora la esperanza de construir un mejor país.
Sería un error creer que la derrota electoral del petrismo significa la desaparición de la amenaza. A pesar de la creciente conciencia ciudadana sobre la importancia de defender la libertad, no podemos negar la alta votación que obtuvo la actual oposición. Ahora bien, sería ingenuo atribuir esos resultados exclusivamente al voto fiel de una militancia convencida. Parte de esa votación sí responde a una estructura política consolidada durante décadas. Pero también es necesario preguntarse cuánto influyeron el enorme poder del Estado en sus manos, la contratación pública y, especialmente, la presencia armada ilegal que persiste en ciertas regiones del territorio nacional.
Por tal razón, el nuevo gobierno tiene la misión de devolverles la confianza a los ciudadanos. Después de años de incertidumbre e improvisación política permanente, el país necesita volver a creer que sus instituciones funcionan y que quien gobierna tiene la capacidad de responder a sus necesidades. Colombia necesita un Estado que no aumente los problemas de las personas, sino que tenga la capacidad de resolverlos. En otras palabras, es indispensable reducir el descontento. Solo así podremos evitar que en el 2030 volvamos a poner en riesgo la democracia, la soberanía, las libertades y el orden constitucional.
Una de las principales batallas para garantizar unas elecciones aún más libres será contrarrestar la presencia de los grupos guerrilleros que han demostrado una evidente afinidad con el proyecto político destructivo que acaba de ser derrotado. Combatir el llamado “voto fusil”, que seguramente es mucho mayor de lo estimado, no consiste en cambiar la mano que empuña el arma con la que se manipulan las votaciones. Se trata de brindarle a la población todas las condiciones de seguridad necesarias para que pueda ejercer libremente su derecho al voto, sin tener que votar por quien el bandido ordene. Esa es una deuda pendiente de años atrás.
Sin embargo, hay desafíos que llegan sin avisar. La catástrofe del terremoto en Colombia obligó a olvidar cualquier tipo de celebración por el inicio del gobierno y a concentrarse de inmediato en el foco de la crisis inesperada. La gestión y la articulación demostradas por el presidente y sus ministros fueron ejemplares y representaron un nuevo aire para los colombianos. Esa respuesta incluso podría convertirse en un primer indicio de cómo este gobierno pretende enfrentar los grandes desafíos nacionales: con prontitud, eficacia, presencia estatal y en equipo con la empresa privada.
Es difícil imaginar que los grandes empresarios del país hubieran tenido la misma disposición para movilizar semejante cantidad de recursos si Gustavo Petro todavía estuviera en el poder. Por consiguiente, la sensación de que con este gobierno sí es posible trabajar juntos comienza a convertirse en una realidad que no puede agotarse. Recuperar la confianza perdida exige, antes que nada, un mensaje claro de transparencia institucional.
En ese sentido, la victoria electoral sobre el petrismo antidemocrático fue fundamental, pero no puede convertirse en un punto de llegada. Esto apenas comienza. El nuevo gobierno tiene una responsabilidad enorme en reducir las causas del descontento que los antidemócratas aprovechan mezquinamente para llegar al poder. Los frutos de ese trabajo impedirán el retorno de la amenaza revolucionaria, esa que ha incendiado al país en el pasado.
No se trata de derechas e izquierdas. Se trata de que la democracia siga viva y de que sus enemigos revolucionarios no triunfen.
A quienes resistieron, Colombia les estará eternamente agradecida. Muchos fueron los colombianos que, en silencio, sirvieron como muro de contención para evitar que perdiéramos el país. Este país no puede volver a estar en la cuerda floja ni en 2030 ni nunca.
