Escribo esta columna desde Maracaibo, Venezuela. El país que visité en 1989 —año de mi matrimonio— ya no es el mismo tras más de 25 años de chavismo. Los precios de todo son exorbitantes, prácticamente el doble de lo que se paga en Colombia. Los negocios son escasos y la gente está agobiada por una inflación que ronda el 90 % en lo que va del año.
Esa experiencia política desgarró a millones de familias que, ante la necesidad y el hambre, se vieron forzadas a migrar masivamente, abandonando una vida entera: familia, amistades y parejas que no pudieron consolidarse. Sufrieron por igual niños, padres y abuelos.
El camino que llevó al pueblo venezolano a ese extremo guarda similitudes inquietantes con lo que podría ocurrir en Colombia. En el gobierno de Gustavo Petro —llegado legítimamente al poder, pese a las controversias por los topes de financiación— se han reproducido pasos que dañaron al vecino país: acoso y debilitamiento del sistema productivo (petrolero, bancario, energético, de salud, entre otros) mediante regulación e impuestos, así como ataques a la prensa y a instituciones clave —la Registraduría, las cortes y el Banco de la República—, que fueron el preludio de la triste realidad que enfrentan hoy los venezolanos.
El daño se profundiza con propuestas como la que promueve Iván Cepeda: una asamblea constituyente que, en los hechos, podría eliminar contrapesos democráticos y concentrar el poder en el Ejecutivo. Esa estrategia, sumada a la evidente y preocupante cercanía entre ciertos sectores del poder y grupos criminales —vinculación que se ha denunciado tanto en Venezuela como en Colombia—, marca el inicio del declive de la democracia y abre paso a un entorno en el que dirigentes se enriquecen a costa del bienestar de millones.
El escándalo reciente en Venezuela sobre el uso de criptomonedas para desviar más de 11.000 millones de dólares —fondos que debieron ingresar a las arcas del Estado— es un ejemplo de lo que puede pasar cuando las instituciones se debilitan y la corrupción se naturaliza.
Señoras y señores: las próximas elecciones no son un juego ni una revancha que deba resolverse con odio, ese odio que algunos han fomentado. Si bien existe una minoría de dirigentes corruptos que han saqueado al país, la mayoría de los empresarios que han prosperado lo han hecho creando empleo y bienestar: piense en el vecino que madruga a Corabastos o en quien, con trabajo constante, logra ahorrar para comprar una vivienda.
Si ustedes permiten que gane Iván Cepeda, las elecciones pueden significar que las futuras generaciones pierdan la posibilidad de tener un país próspero para ofrecer a sus hijos y nietos. Podrían traducirse en más familias fragmentadas, más hambre y menos libertades.
Si los señores del Pacto Histórico o su candidato discrepan, tienen todo el derecho. Los invito a sostener su proyecto en debates y entrevistas públicas. Acordemos, además, que si rehúsan ese espacio de confrontación de ideas, aceptan implícitamente que su programa nos conduzca hacia realidades semejantes a las que hoy vive, lastimosamente, Venezuela.
