OPINIÓN

Luis Guillermo Giraldo Hurtado

La izquierda no es felicidad

El problema de la izquierda, en síntesis, es su insuperable dificultad con el culto a la igualdad.
25 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

Aunque el asunto lo analizaron los antiguos griegos, quien puso en la agenda de los gobiernos la búsqueda de la felicidad fue Thomas Jefferson. En la Declaración de Independencia de Estados Unidos, la consignó como un derecho inalienable. Hoy no se discute. Sin embargo, aquí sostengo, con razones evolutivas, científicas, biológicas, sicológicas y políticas, que la izquierda, por la manera en que enfoca el asunto de la igualdad, va en contra de la felicidad.

Resulta que uno de los postulados superiores de la izquierda es ese: la igualdad. Le viene de Marx, ondas que le llegan desde ese viejo tonante soñador profeta, y que continúan adheridas, tanto a la antigua como a la nueva izquierda. En La ideología alemana escribió: “… la sociedad comunista… me permite cazar por la mañana, pescar por la tarde, criticar después de comer, según me apetezca, sin llegar a ser nunca cazador, pescador o crítico”. Igualdad tan profunda que acaba hasta con las profesiones liberales.

Nuestro cerebro, desde el Homo sapiens, viene diseñado para la cooperación, pero también para establecer dentro de ella comparaciones y, sobre todo, jerarquías. Para subsistir debió distinguir y validar escalafones: animales peligrosos o no, frutos comestibles o no; confrontar opciones, huir o luchar. Y, en especial, como cazador primitivo, evaluar habilidades para escoger jefes, distribuir trabajos, para este más rápido allí, para este menos ágil en ese otro punto de la caza. Desde tan remotos tiempos, por necesidad, los miembros del clan fueron colocados en distintas categorías sociales. Si ellos se hubiesen dado a igualitarismos, no hubiesen sobrevivido. Biología y organización social, hoy, asimismo, encuentran necesario proceder de esa manera.

También, y además, nuestro cerebro, desde su iniciación, se configuró para competir. Principio que crea desigualdades. Debieron contender nuestros ancestros por recursos escasos; con las tribus vecinas, por los mejores parajes. El hombre primitivo estaba obligado a conseguir y cimentar preeminencias para sobrevivir. Al mismo tiempo, esos esfuerzos naturales de competición, fuente de desigualdades, siguen siendo hoy la base sin la cual no es posible mejorar ni progresar. Lionel Messi opinaría así.

Lo anterior demuestra que la izquierda, con su insistencia en la igualdad, desafía la biología humana. También va en contra de lo que enseña la psicología positiva sobre la felicidad: si no quieres amargarte la vida —sostiene— debes tener mucho cuidado al compararte con tus semejantes, porque siempre habrá otros con mejores condiciones, de inteligencia, de estatus, de presencia física, de condiciones económicas. Y como reza el bello y filosófico poema Desiderata, así te podrás volver vano y amargado. Es decir, desdichado.

Sin embargo, si compararse y competir son ineludibles —así lo ordena la biología— y ello produce amarguras, ¿cómo solucionar este dilema, sin traumatismos y sí positivamente? La fórmula, en lo político y lo económico, la dio no un psicólogo, sino un estadista chino, quizás el mayor del siglo XX, Deng Xiaoping, con tres frases, asumidas con rigor, prontitud y constancia por sus compatriotas. Primero, su lema: enriquecerse es hermoso; segundo: hay que aceptar que algunos se enriquezcan primero; tercero: que inicialmente crezca el pastel para después distribuirlo. No es propiamente llamar hacia igualdad.

Con las afirmaciones anteriores, lanzó unas consignas de comparación admirativa, la que genera emociones positivas. Cuando admiramos, en el fondo sabemos que le hacemos justicia al mérito; hay respeto, empatía, motivación, conexión social, optimismo, inspiración para superarse y tratar de ser como el modelo. Muy distinto a la comparación destructiva que propone la izquierda frente al éxito económico, pues lo presenta como algo injusto, producto de la explotación de otros, generando frustración y conflicto.

Para continuar con otra comparación entre una y otra actitud, mientras Deng proponía esa solución, Hugo Chávez —al contrario, a su izquierda— sostenía (abril de 2005) que “enriquecerse es malo”, que “enriquecerse es inhumano”. Las consecuencias entre una y otra posición pueden constatarse comparando la Venezuela de hoy con la China actual.

Cierto que hay desigualdades injustas. Las democracias liberales tratan de mitigar esas situaciones estableciendo unas básicas igualdades: ante la ley, de derechos y de oportunidades. Y con el Estado de Bienestar. Razón se le avanza a Rousseau, que en el Discurso sobre la economía política, sin pensar pensando en los megarricos estadounidenses, con empresas que nos pueden controlar, escribió sobre la desigualdad y la libertad: “Ningún ciudadano debe ser tan rico como para poder comprar a otro, ni tan pobre como para verse obligado a venderse”.

El problema de la izquierda, en síntesis, es su insuperable dificultad con el culto a la igualdad. En la oposición la predicará, creándoles, con esa permanente comparación, frustración, malestar, desdicha, indignación a sus seguidores. Y en el poder nos igualará a todos en la pobreza. O sea, igualdad sí, pero en la peor desgracia.

Es necesaria una aclaración. Incitar emociones contra una supuesta explotación, presentar en el discurso victimarios y victimas, prometer igualdad, puede servir, y sirve, para ganar elecciones. Después vendrán las decadencias.