Irán es la definición exacta de un país terrorista. Cumple todos los requisitos. Es, sin duda, el país más disruptor del planeta, que infiltra naciones a lo largo y ancho del mundo, que quiere imponer su versión radical del islam no solo en el mundo musulmán y, por ende, es la mayor amenaza a la democracia y a la libertad que hoy existe. Si le sumamos el uso de grupos proxies como Hezbolá, Hamás y los hutíes, que financia y entrena para aterrorizar al mundo, y su inminente obtención de armamento nuclear –con el que
pueda extorsionar a los países del Oriente Medio, destruir Israel e incluso chantajear a las naciones europeas–, la acción militar que Israel y Estados Unidos iniciaron en contra de este régimen terrorista se justifica a todas luces.
Hoy, sin embargo, todos nos preocupamos por tratar de entender cómo va a quedar Irán después de esta operación militar y cuál va a ser el costo final de esta operación. Obvio, los objetivos de Israel y Estados Unidos son distintos, y si se logra alguno de ellos o una mezcla de ambos, el mundo sin duda va a ser más estable. Lo que hoy está pasando en el Oriente Medio está cambiando el equilibrio político de una región y sus efectos se van a ver a lo largo y ancho del planeta.
El primer efecto de esta operación es que Irán les mostró su verdadera cara a los vecinos de la región, les dejó en claro sus intenciones y que cualquier política de apaciguamiento es un esfuerzo inútil. Hoy todos los países del Oriente Medio consideran al actual régimen de Irán como un enemigo existencial. El origen de esta hostilidad es religioso. La teocracia iraní quiere imponer su versión chiita del islam y considera la otra versión, la sunita, que es mayoría en los otros países de la región, como infiel al islam y, por lo tanto, enemiga de sus creencias.
La teocracia asesina mostró en pocas semanas que, para lograr sus objetivos y mantenerse en el poder, es capaz de asesinar a 20 o 30.000 ciudadanos que protestan en dos noches y también de atacar a sus vecinos y su infraestructura vital sin reato de conciencia. Son brutales. Hoy Arabia Saudita, que hace unos años armó una alianza con Irán, es el país que más incita a Estados Unidos a no parar la guerra hasta lograr un cambio estructural en el Gobierno iraní. Lo mismo sucede con la mayoría de naciones de la región. Este es el primer gran triunfo de esta operación, el Gobierno terrorista de Irán hoy está aislado y ya no engaña a nadie.
Israel, sin duda, quiere un cambio de régimen, pero Estados Unidos quiere un cambio de accionar en la teocracia iraní. Lo que hoy sucede es que quizás se estén logrando los dos, no como muchos quisiéramos con el regreso de una democracia a Irán, sino con una consolidación de una dictadura militar por parte de la Guardia Revolucionaria. El descabezamiento de la teocracia iraní y de gran parte de sus aliados en las fuerzas militares abrió un espacio para el ascenso de unos líderes militares menos comprometidos con la visión islámica de los gobernantes de Irán y más parecidos a la dictadura que había antes con el sha. Ya hay información de movimientos internos en este sentido y, sin duda, lograr negociaciones y cambios en política exterior con un régimen que no tiene esa obsesión islámica es mucho más factible. ¿Un triunfo a medias? Quizás. Lo único malo de este escenario es que le dé ideas a Trump de hacer lo mismo con Venezuela y con Cuba y no culminar el trabajo de dejar esos países gobernados bajo una democracia. Ya veremos.
¿El costo? En América Latina el costo de estas dos intervenciones es bajísimo, por ahora. Sin embargo, en Irán la cosa es a otro precio. Primero, la dictadura teocrática iraní no tiene problema en inmolarse y destruir todo lo que sea necesario para sobrevivir. En el islam, inmolarse para enfrentar a un infiel es el camino directo al cielo. Y así han respondido. Segundo, la teocracia iraní lleva años preparando la reacción a una ofensiva de esta naturaleza, aunque no creo que esperaran algo tan contundente como lo que hoy viven. ¿Cómo equilibran esa debilidad militar? Subiendo el costo del petróleo, para ver hasta dónde aguanta Occidente este golpe económico, y atacando a todos los países de la región. Inmolarse en el sentido político, quedar aislados, tampoco les importa. De ahí que la decapitación de los máximos exponentes de la teocracia presente la oportunidad para un cambio de régimen por algo más sensato y realista.
Irán, sin duda, va a seguir presionando con lo único que le queda: hacer subir aún más el precio del petróleo y aumentar las amenazas y los ataques en contra de los países de la región. Sin embargo, hoy no estamos en los setenta y hay reservas petroleras que antes no había y hay gran capacidad de redireccionamiento de LNG en el mundo.
¿Hasta dónde aguantan Estados Unidos y Donald Trump? Esa es la pregunta del millón, pues si dejan esta tarea a medio hacer, sobre todo cuando ya hicieron lo más difícil, vamos a tener un mundo mucho más inestable. Lo peor es que dejan al terrorista con sed de venganza por un lado y al teócrata con su vocación de inmolación listo a hacerla realidad. Dios nos libre.
