Hay temas que me provocan dolor de cabeza. Después de más de 20 años dedicado al periodismo, en especial el periodismo tecnológico, la persistencia de la desinformación sobre el programa Apolo y de la desconfianza sobre sus logros me resultan inexplicables, inexcusables y, en estos días, con la misión Artemis II orbitando nuestro satélite natural en un derroche de ciencia y valor, francamente insoportables.
A pesar de la apabullante acumulación de evidencia física y testimonial, a pesar de la validación de potencias rivales durante la Guerra Fría, a pesar de que llevamos más de 50 años disparando rayos láser a espejos en la superficie lunar y viéndolos regresar, una no despreciable fracción de la población mundial sostiene que la llegada del hombre a la Luna fue una farsa elaborada, sostenida sobre una producción cinematográfica dirigida nada menos que por Stanley Kubrick.
¡Las sombras en las fotografías lunares no son paralelas! ¡Eso prueba que se usó una iluminación de estudio, con múltiples fuentes de luz! Ese argumento falla en comprender el efecto de la perspectiva lineal en un plano bidimensional. Anu Ojha, director de descubrimiento del National Space Centre de Leicester, Inglaterra, explicó en una publicación en su sitio web que la distorsión visual convierte líneas paralelas en líneas convergentes o divergentes según el ángulo de visión del observador y la topografía del suelo, un recurso que los artistas han dominado hace siglos bajo el concepto de punto de fuga y que se puede comprobar simplemente parándose en medio de una vía férrea.
Otro argumento esgrimido a menudo cita la presencia, entre la Tierra y la Luna, de los cinturones de radiación de Van Allen. Estas dos zonas en la magnetosfera terrestre que atrapan protones y electrones protegen al planeta, pero representan —es verdad— un alto riesgo de radiación para satélites y astronautas. Los teóricos de la conspiración lunar señalan que las partículas cargadas atrapadas por el campo magnético terrestre deberían haber sido letales para los tripulantes de las naves Apolo, pero dejan de comprender, con toda intención, que las trayectorias de esas naves fueron calculadas para minimizar el tiempo de exposición.
El revestimiento de aluminio de la cápsula y la velocidad de escape necesaria para alcanzar la Luna permitieron que los astronautas atravesaran estas zonas en menos de dos horas. La dosis de radiación recibida por la tripulación de Apolo 11 fue de aproximadamente 0,18 rads, una cifra comparable a la de una radiografía de tórax médica estándar. Ojha utiliza la analogía del caminar sobre fuego, en la que la rapidez del movimiento impide la transferencia de energía dañina hacia el organismo.
La ausencia de estrellas en el fondo de las fotografías es otro punto incomprendido del negacionismo. Las misiones lunares ocurrieron durante el día lunar, lo que significa que la superficie estaba intensamente iluminada por la luz solar directa. Los astronautas vestían trajes blancos y el suelo lunar tiene considerables propiedades reflectivas. Para capturar imágenes nítidas de objetos brillantes bajo estas condiciones, las cámaras Hasselblad utilizadas en 1969 requerían tiempos de exposición cortos y aperturas de diafragma pequeñas. Bajo estos parámetros, la luz tenue de las estrellas lejanas resulta incapaz de impresionar la emulsión de la película.
El movimiento de la bandera estadounidense al ser plantada en el mar de la Tranquilidad es, quizá, la imagen más frecuentemente cuestionada. Es cierto que, dado que la Luna carece de atmósfera, no existe viento para ondear absolutamente nada. Pero la explicación técnica del diseño mismo del mástil es incontestable. La misma falta de viento impediría que la bandera se desplegara y, para evitar que colgara inerte como un trapo, la Nasa incorporó un travesaño horizontal telescópico en la parte superior para mantener la tela extendida. Cuando los astronautas giraban el mástil para enterrarlo en el regolito, la tela oscilaba debido a la falta de resistencia del aire que frenara el movimiento pendular.
La pregunta sobre por qué la humanidad no había regresado a la Luna después de 1972 encuentra su respuesta en la economía política, más que en la capacidad tecnológica. El programa Apolo terminó con la misión 17 debido a un cambio drástico en las prioridades presupuestarias. La Guerra de Vietnam y la crisis del petróleo de los años setenta obligaron a Washington a recortar el financiamiento de la exploración espacial y, una vez ganada la carrera tecnológica frente a la Unión Soviética, el interés se desplazó hacia el desarrollo del Transbordador Espacial y la permanencia en la órbita baja terrestre, culminando en la construcción de la Estación Espacial Internacional.
Todas estas razones son, en realidad, fáciles de comprender, pero bien dice el dicho que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Que en pleno año del Señor de 2026 haya gente cuestionando la veracidad de las imágenes transmitidas esta semana por la misión Artemis II es la prueba irrefutable de este problema.
Poco puede hacerse por impedir que la gente piense lo que elija pensar. Pero podemos hacer un mejor trabajo desarrollando herramientas y métodos para gestionar y contextualizar la difusión de estas teorías conspirativas dañinas en nuestros canales de redes sociales armados. Dado que a diario vemos los efectos sobre nuestras democracia, nuestras sociedades y nuestros mercados de la estupidez amplificada en espacios digitales, diría que es válido afirmar que debemos hacerlo.
Porque, si hiciera falta, toda esta discusión palidece ante la presencia de evidencia física: registros detallados de seis alunizajes tripulados, casi 400 kilos de roca lunar analizados en todo el mundo, los mencionados retrorreflectores que todavía se utilizan para la medición láser y, no se puede enfatizar suficientemente, años de seguimiento independiente por naciones rivales.
En 2009, la sonda Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) capturó imágenes de alta resolución de todos los sitios de aterrizaje de las misiones Apolo. En las fotografías se distinguen con claridad las etapas de descenso de los módulos lunares, los equipos experimentales dejados en la superficie e incluso las huellas de las botas de los astronautas y de las ruedas de los vehículos lunares.
Los negacionistas podrán decir lo que quieran y rayar cuantas fotos quieran, pero debido a la ausencia de erosión eólica o hídrica, esas marcas permanecerán allí, inalteradas, por millones de años, como muecas que se burlan de quienes no quieren entender.
