El presidente Gustavo Petro debe tener un gran resentimiento contra la Universidad Externado de Colombia. También lo tiene contra las demás universidades privadas del país, pero contra el Externado parece que la animosidad es de enormes proporciones.
Así lo demuestra el decreto de emergencia económica que impone un impuesto del 0,5 % sobre el patrimonio de las personas jurídicas, entre estas las universidades privadas.
En el caso del Externado, se estima que deberá pagar cerca de 23 mil millones de pesos: recursos construidos con el esfuerzo de sus directivas y destinados a la formación de estudiantes, que ahora serán absorbidos por el despilfarro de un Gobierno desesperado por aliviar su caja y llegar con aire a la campaña presidencial. Dinero que debería invertirse en educación terminará financiando el derroche.
Pero la animadversión de Petro contra el Externado viene de tiempo atrás. En 1985, Petro militaba en el M-19, la organización terrorista que perpetró la toma del Palacio de Justicia, una tragedia que fue, entre otras cosas, un golpe directo al corazón del Externado: la universidad perdió ese día a varios de sus más brillantes maestros.
Alfonso Reyes Echandía, Carlos Medellín Forero, Manuel Gaona Cruz, Fabio Calderón Botero, José Gnecco Correa, Emiro Sandoval Huertas, entre otros, son nombres que la memoria del Externado conserva con dolor y dignidad.
Por eso resulta todavía más ofensivo que, lejos de pedir perdón —que es lo que evidentemente corresponde—, Petro haya llegado a calificar a los autores de esa masacre como genios. No se arrepiente.
Lo más paradójico es que, previo a esa infamia, el señor Petro estudió Economía en el Externado entre 1977 y 1982. Sus notas, publicadas en artículos periodísticos, revelan que fue un estudiante más bien promedio —por no utilizar un calificativo más fuerte—. Perdió Política Monetaria y Economía Agraria, materias que apenas pudo habilitar, mas no aprender, si a su gestión de gobierno nos remitimos.
Lo que no sabemos es de dónde viene su resentimiento hacia la universidad, que en todo caso se transformó en apatía hacia la academia en general: desde que se graduó del Externado, Petro inició una especialización en la ESAP (1990), una maestría en la Javeriana (1992) y un doctorado en la Universidad de Salamanca (1996), sin graduarse de ninguno. Un patrón de mediocridad académica que, al parecer, ha usado como criterio para elegir funcionarios que padecen el mismo síndrome procrastinador: empiezan estudios que no quieren o no pueden terminar.
Soy exalumno de la Universidad Externado de Colombia. Ser abogado de esa casa de estudios es uno de los honores de mi vida. Por eso tengo claro que ahí se forman ciudadanos para la libertad, el humanismo y la democracia; no para el autoritarismo, la barbarie y la tiranía. Concluyo que, o la universidad no le pudo impregnar ese espíritu a Petro, o simplemente él estaba muy ocupado dando sus primeros pinos en la subversión como para interiorizarlo. Me decanto por lo segundo, y creo que fue esa fricción entre los valores liberales del Externado y el dogma irreflexivo de la guerrilla lo que desencadenó su resentimiento a ultranza hacia la institución.
Resentimiento que durante su mandato lo ha llevado a estigmatizar a la universidad. Por ejemplo, en agosto pasado arremetió contra el Departamento de Derecho Penal —fundado, paradójicamente, por una de sus víctimas en el Palacio de Justicia— por un texto académico que no le gustó. O cuando sistemáticamente ha usado su condición de exalumno para validar sus absurdos jurídicos, amparado en que estudiar Economía en el Externado “es una forma de estudiar derecho”. Aprovecha el prestigio de la institución cuando le conviene y la fustiga cuando no.
Que el señor Petro no espere que nos olvidemos de su animosidad contra la universidad. Sus nombramientos de externadistas en altos cargos no borran el maltrato a nuestra comunidad educativa. Hoy, desempeñar un cargo directivo en ese Gobierno, lejos de ser un honor, es una muestra del fanatismo de quienes no creen en los valores democráticos y desprecian la Constitución de 1991, cuyo espíritu se forjó en nuestra institución de la mano de grandes maestros.
El Externado ha sobrevivido embates más poderosos que este: sobrevivió a Núñez y Caro, a la Ley de los Caballos, a la Hegemonía Conservadora, a una dictadura militarista y a la barbarie del narcotráfico. Sobrevivirá al intento de quebrarla de Petro y su Gobierno. Vendrá la luz.
