Nadie nos aclaró que el cerebro no está diseñado para hacernos felices. Nos vendieron una idea contraria y es hora de saber que el cerebro tiene una tarea específica: mantenernos vivos, y que para eso necesita hacer algo profundamente incómodo: recordarnos lo que dolió.
Sí, porque cuando recordamos eso que nos molestó, nos hirió o simplemente no nos gustó, podemos aprender sobre lo que nos hace felices, nos agrada, sobre lo que nos mantiene a salvo. Resultado final: experiencia aplicada gracias al conocimiento de lo que, en una generalidad, tiene perdón con el olvido.
El dientes de sable sigue acechando, pero tú ya sabes cómo evitarlo.
Por eso lo que nos hizo daño aparece una y otra vez, incluso cuando ya no está, y no, no es mala suerte, no es debilidad emocional, es biología.
Esa es la razón por la que los momentos difíciles se quedan por más tiempo, gravitando, convirtiéndose en monstruos medievales que corroen la memoria —como en un divino infierno, absurdo y quizás necesario, por decir lo menos—, para permitirnos sobrevivir.
Pero los seres humanos somos increíblemente multifactoriales y por eso no podemos abordar nuestra vida exclusivamente desde un solo ángulo; hay que darle la vuelta a esto y volver a masticar.
La mente archiva lo doloroso porque necesita asegurarse de que no lo repitamos.
Ese es el punto. El problema es que nadie nos dijo absolutamente nada sobre esto. Entonces crecemos suponiendo que estamos fallando, que sobrepensamos, que no hay solución…
Nos pasa alguna vez o todos los días y entramos en el túnel en llamas de lo cotidiano, muchas veces sin encontrar salida. Para algunos, recibir la ayuda de los bomberos es más fácil; para otros, es un esfuerzo diario del que pende la subsistencia —que a su vez cuelga del hilo del carácter, que se forma todos los días— y del que en la vida, el equipo de bomberos con el que se cuenta —ergo, la familia y los amigos, sean verdadera familia y verdaderos amigos—, por llevar ese nombre, no es que siempre lo sea.
Lo han dicho los maestros, los iluminados, filósofos, intelectuales, buenos, regulares, mercachifles y los verdaderos profetas: la vida es percepción y es esa interpretación la que nos esculpe como el agua a la roca.
Depende entonces de nosotros si le permitimos a la mente ser nuestra brutal dictadora o una gentil vasalla. Esa diferencia lo cambia todo. Tú y yo jamás tendremos la misma percepción sobre el mismo hecho y, sin embargo, solo desde ese punto de partida, que es un acuerdo, es posible transitar hacia un discurso diferente, honesto, propio y, especialmente, respetuoso del otro.
No es que el pasado se vaya, no es que deje de existir; es más, no es que los recuerdos se olviden, pero es que la percepción, siendo la vida misma —y anoto “la percepción”, no la relativización de los recuerdos y menos aún la victimización en juego con ellos—, es el inicio de la mayor conquista que el hombre, la especie —que hoy día todo toca aclararlo— pueda lograr; esto es, la posibilidad de darle sentido a la existencia desde el lugar en el que narro mis memorias, escribo mi pasado y construyo mi presente. Del futuro no hablo, porque de él nadie sabe nada, esa es la verdad.
La percepción entonces no es una realidad absoluta, pero define en quién nos vamos convirtiendo, porque es el sustento de lo que queremos para nuestras vidas. De lo contrario, creer que se vive en la ‘completa’ realidad o en la ‘total’ verdad individual e incluso colectiva —es decir, en la tiranía de la relatividad sin respeto, sin virtud y sin ética— es entregarnos en bandeja de plata al poder de un sistema que, al igual que el cerebro, no fue diseñado para hacernos felices y que, como una entidad viva, también hace todo para sobrevivir.
Por eso aquí traigo a colación el concepto de gratitud, que no es, solamente, una palabra bonita. Es una decisión. Es un acto consciente por recordar lo bueno, de hacerlo con constancia y con esfuerzo, como tarea, como el diario de los adolescentes, para equilibrar la balanza, para decirle a la mente: sí, entiendo tus razones para guardar lo difícil, pero yo voy a traer a mi presente eso que me sostiene, lo que no sesga mi curiosidad, lo que abre los ductos de ventilación del túnel en llamas, lo que me refresca, lo que me hace sonreír, la razón por la que este viaje tiene sentido.
Eso, dicho sea de paso, requiere entereza, disciplina, un trabajo activo, laborioso, porque la vida no se acomoda sola; la vida se camina todos los días y en ese camino hay dolores, hay pérdidas y, especialmente, hay momentos en los que todo parece cerrarse.
Al plantear la necesidad de hacer hincapié en redireccionar nuestros pensamientos, no intento alardear de un optimismo ingenuo; esto no es moral de privilegio, no es incomprensión, ni ausencia. Estoy convencida de que es posible observar lo que pensamos sin obedecer a la mente en su ceguera. Podemos entrenarnos para que deje de ser un mecanismo automático de defensa y se convierta en una herramienta y, spoiler, esto tampoco es new age, que vaya, aquello sí que es tela marinera.
Todo lo anterior no significa negar el dolor, significa no quedarnos atrapados en él. Hay vidas en las que se sufre tanto que, aunque quienes lo habitan así lo quieran, de ahí no pueden salir.
Los psicólogos llaman a esto desesperanza aprendida, pero mientras ese no sea nuestro caso, mientras la respuesta todavía sea quedarnos aquí por un tiempo más, vivamos sin romantizar la resiliencia; sin decirles a los demás que sean fuertes, que no pasa nada; dejemos de repetir discursos vacíos sobre salir adelante; dejemos de juzgar la percepción de cada quien.
Pongámonos, más bien, en la tarea de redefinir la manera en la que nos encontramos con ese aire de realidad que recibimos a través de los sentidos, para escribir una verdad personal y conjunta, coherente y más parecida a lo que soñamos, sin tener que andar decretando un mundo sin piso, alimentando generaciones ansiosas que siguen convencidas de que la palabra salvavidas se llama merecimiento.
Yo provengo de un matriarcado violento, crecí entre trazas de dolor que no eran mías, pero que igual tuve que aprender a cargar en mi mente, en mi cuerpo y en mi alma. Llevo cicatrices que no se ven, pero que moldearon la forma en la que entiendo el mundo.
Ese es mi punto de partida. No uno perfecto, no uno ideal, uno real. Desde ahí he tenido que hacer algo todos los días: trabajar. Trabajar en cómo pienso, trabajar en cómo interpreto lo que me pasa, trabajar en no repetir automáticamente lo que la mente me muestra como verdad. Porque si no lo hago, la mente —déjame decirte— gana y cuando la mente gana sin cuestionamiento, la vida se achica.
Por eso, esto no es un discurso edulcorado, es la propuesta hacia una práctica a la que se debe asistir a diario, como al gimnasio.
Aquí está; en esto radica la verdadera libertad de construir la vida que queremos. Vivimos en nuestra mente y, si nuestra mente percibe bonito, eso, en un mundo que no siempre es amable, es —te lo aseguro, con conocimiento de causa— incluso más que suficiente.
P. D.: Esta columna es publicada un día antes de ingresar a una sala de cirugía. Nos reencontramos en unas semanas.
