OPINIÓN

Fernando Ruiz

En defensa de nuestra institucionalidad

Es urgente que todos los líderes conscientes del país se dirijan a los colombianos con mensajes concretos y muy claros sobre la gravedad de este momento que es histórico.
6 de abril de 2026, 10:10 a. m.

El furibundo ataque del presidente a la junta directiva del Banco de la República, es tan solo el último episodio del insólito abuso del poder presidencial al que hemos asistido durante los pasados tres años y ocho meses de un malogrado experimento progresista, que sumergió a nuestro país a partir del 7 de agosto de 2022.

Cada vez es más reiterativo cómo el presidente se ensaña contra sus propios nominados a los altos cargos de la nación. El frondoso panorama de lapidación pública y defenestramiento de sus ministros ha pasado a la cotidianidad de cada lunes, cuando los colombianos asisten a morbosas puestas en escena donde el guion siempre es el mismo: un presidente que no acepta la más mínima responsabilidad de sus actos de gobierno y unos ministros completamente enanos frente al desafuero presidencial.

Traer a cuento los desenfrenos presidenciales estando a punto de cerrar el gobierno no sirve de nada. Simplemente nada se puede cambiar en lo que resta de este gobierno, pero debe servirnos para el futuro. Esto pasa por la elección de la persona que ocupará la Casa de Nariño a partir del próximo 7 de agosto. Esa decisión seguramente determinará el futuro de nuestro país para los próximos 20 años.

Sin embargo, el tema va más allá que definir quién nos llama la atención como futuro presidente de la República. El país, en las próximas elecciones, también estará definiendo el estilo de gobierno. ¿Queremos los colombianos continuar con un presidencialismo determinado por la personalidad del gobernante o queremos un estilo más basado en la moderación y concertación? Esa inquietud es fundamental y deberá ocuparnos de aquí al 31 de mayo.

Usualmente ese espacio de la moderación lo ocupa el centro político. Pero, a no ser que surja un incidente de marca mayor, quienes hoy dicen aspirar en su representación no pasarán a la segunda vuelta. Es la repetición de la implosión auto infringida que se hizo ese sector en las elecciones de 2018. Las encuestas y consultas lo demuestran. No obstante, en esta ocasión la abulia de sus representantes ha generado tantos bostezos ante la tibieza de unos y el reiterado oportunismo demostrado por otras. El centro dejó ya de existir para esta elección.

Lo grave es que el próximo presidente tendrá la posibilidad de transformar toda la institucionalidad del país y esto incluye, por supuesto, a la junta del Banco de la República, la Corte Constitucional, los órganos de control y la Fiscalía. Además del poder derivado de la nominación directa de los superintendentes y demás organismos que sustentan la organización del Estado, a través de las diferentes comisiones reguladoras. Será un escenario del todo o nada: O se fortalecen las entidades que representan nuestra institucionalidad, o desaparece completamente el sistema de pesos y contrapesos que soporta al Estado.

Ya la izquierda colombiana ha demostrado que su escenario y propuesta de futuro es la aún mayor radicalización. No hay puentes, ni manos tendidas, y su visión es la de un Estado controlado por el gobierno. Cada manifestación pública de sus líderes lo demuestra hasta el cansancio. Será su mayor error frente a la historia, pero realmente no estamos en un momento para deleitarnos con la posibilidad que en 50 años denominen este como el periodo más oscuro de nuestra nación. Estamos para actuar ya y evitar semejante desastre.

Tan solo tenemos 60 días para desarrollar una pedagogía y una comunicación asertiva sobre lo que viene para nuestro país. Es totalmente desgastante y fútil el ejercicio de involucrarse para defenderse ante los ataques del presidente, que son certeramente dirigidos y con el objetivo de sentar precedentes con base en falacias, acabar reputaciones y posicionar imaginarios.

Es urgente que todos los líderes conscientes del país se dirijan a los colombianos con mensajes concretos y muy claros sobre la gravedad de este momento que es histórico. También sobre la imperiosa necesidad de movilizarnos hacia la defensa de la institucionalidad que nos ha permitido sobrevivir como nación a pesar de la violencia, el narcotráfico, las pandemias y el malogrado progresismo.