En 1962 apareció en Neiva, sin previo aviso, el embajador de la India. Lo agasajaron durante varios días como si fuera un huésped ilustre, hasta cuando se descubrió que era un antiguo seminarista de Garzón, Huila, que había decidido jugarles una broma pesada a sus paisanos. Jorge Villamil compuso un sanjuanero titulado El embajador de la India, la canción que más sonó en la radio colombiana en 1963. En 1987 se filmó una película con ese título en que el actor Hugo Gómez hizo
de embajador. Marcos Fabián Herrera, un gran periodista del Huila, rastreó cómo sucedieron los hechos y acaba de publicar un artículo muy bien investigado en Universo Centro. Encontró que la prensa nacional no registró la visita; nada publicaron la revista Cromos, El Tiempo o El Espectador y tampoco el único diario de Neiva. Tal vez se debió a la vergüenza que sintieron las autoridades y personas importantes de la ciudad, que quedaron como unos pastusos cuando se supo la verdad. El embajador se llamaba Jaime Torres Holguín, nacido en Yaguará, Huila. Estudió un tiempo en el seminario de Garzón con la ayuda de su tío, monseñor Félix María Torres, que fue arzobispo de Barranquilla entre 1987 y 1999.
En 1962, el embajador tenía 26 años y había viajado a Bogotá con su esposa a solicitar un puesto en el correo de Teusaquillo, con una recomendación de su tío. Antes fue jornalero en un cultivo de arroz y vaquero en una finca de ganado. Después de la entrevista de trabajo, le dijo a su esposa que iría a Yaguará a pasar unos días. Se embarcó en el ferrocarril que comunicaba la estación de La Sabana en Bogotá con Neiva, un trayecto férreo inaugurado en los años treinta. Al llegar a Neiva “protagonizaría la historia central de su vida”, escribió Marcos Fabián Herrera.
En la estación de Neiva, un comerciante esperaba a un ingeniero que venía en el mismo tren desde Bogotá. Al bajar del tren, el ingeniero señaló a un hombre de rostro cetrino con vestimenta llamativa y dijo que era el embajador de la India. En el tren venía leyendo la revista Life. El comerciante llevó al embajador al hotel Plaza, el mejor de Neiva, que entonces tenía 70.000 habitantes. Por medio de un conocido, avisó al gobernador que en la ciudad se encontraba el embajador de la India. El gobernador llamó al gerente del hotel, el cual confirmó que allá se alojaba una persona que parecía originaria de la India. El gobernador, Gustavo Salazar Tapiero, caminó hasta el hotel con tres secretarios del despacho y el comandante de la Novena Brigada para presentarle un saludo protocolario al embajador. Este hablaba un idioma que no se le entendía.
Le tout Neiva organizó una fiesta para el embajador en el Club Campestre. Allí don Oliverio Lara, el hacendado más rico del sur del país y el único huilense que había estado en la India, dudó de la autenticidad del agasajado. En una finca, el embajador anunció la importación de razas de ganado de la India para mejorar los semovientes del Huila. El día de Santa Bárbara lo invitaron a la celebración de la patrona de los artilleros en el casino de oficiales del batallón Tenerife. Mientras el embajador bailaba con una joven dama, Urbano Cabrera le espetó a la cara al diplomático: Jaime Torres. Cabrera, que era cultivador de arroz, le dijo a otro asistente a la fiesta: “Ese pendejo no es ningún embajador. Fue compañero mío de estudios en Garzón”.
Cabrera le contó la verdad a un juez amigo suyo y dos días más tarde el embajador terminó en los calabozos del DAS. Lo sacó de la cárcel el abogado Guillermo Plazas Alcid, que después fue presidente del Senado y embajador en Moscú. Plazas alegó que no hubo suplantación porque no había representación diplomática de la India en Colombia. Solo en 1968 se establecieron relaciones.
Después de la calaverada, Jaime Torres fue profesor de un colegio en Ibagué y trabajó en Barranquilla en una embotelladora de gaseosas. Cuando alguien contaba la historia del embajador de la India, él escuchaba y al final remataba: “Esos opitas son bien pendejos”. Una empresa barranquillera que abrió una distribuidora de pescado en Estados Unidos contrató a Jaime Torres. Él terminó viviendo en New Haven, Connecticut. Tuvo cinco hijos. Escribe Marcos Fabián Herrera: “Sus hijos guardan la imagen del padre bailarín, melómano, laborioso y buen conversador. Él mismo se encargaba de alimentar los mitos sobre sus andanzas”. Una vez se encontró a un neivano en la Florida y le contó que residía en Madrid y tenía una cadena de casinos en Italia, un hotel en Baleares y unos viñedos en Grecia.
Ya había relaciones diplomáticas entre la India y Colombia cuando una vez viajó el embajador a Neiva. Informado el gobernador de turno, respondió: “Dígale que coma…”.
